Marcos Salgado | 

La reunión de diálogo entre gobierno y oposición llegó en el momento justo. Al cierre de un mes de octubre en el que la tensión escaló luego de la suspensión del proceso hacia un referéndum revocatorio contra Nicolás Maduro.

Ese mismo domingo por la mañana, nadie sabía a ciencia cierta si el encuentro se realizaría. El desconcierto era tal que a media mañana la guardia periodística (más medios internacionales que nacionales) se instaló en el hotel Meliá Caracas, el lugar donde se alojan habitualmente los ex presidentes y también la delegación del nuevo actor: el Vaticano.

Recién pasado el mediodía y cuando el personal de seguridad del Meliá intentaba convencer a los tercos periodistas que allí no pasaría nada de nada, comenzó a correr el rumor de un cambio de “locación”: el Museo Alejandro Otero, en La Rinconada, suroeste de Caracas.

Y pasadas las siete de la tarde se comenzaron a descorrer los velos: el enviado especial del Papa Francisco, Claudio Celli, y los ex presidentes Martín Torrijos, José Luis Rodriguez Zapatero y Leonel Fernández recibieron primero a los delegados del gobierno y luego a los de la oposición, encabezados por Jesús “Chuo” Torrealba y un delegado por cada uno de los partidos con más peso en la MUD. A esa hora ya se sabía que el partido Voluntad Popular, de Leopoldo López, sería el ausente con más prensa.

Último llegó Maduro. Se sentó, valoró el diálogo, saludó uno por uno a los opositores, con quienes conversó brevemente y hasta tomó apoyó una mano en el hombro de Torrealba. La foto estaba lista. Se retiró, comedido, sin declarar a los a esa hora ya ojerosos periodistas.

Tras casi seis horas y ya cerca del alba del lunes los mediadores primero, el oficialismo después y los opositores últimos fijaron explicaron la noticia: el inicio de un diálogo difícil. Jorge Rodriguez como cabeza de la delegación del gobierno prefirió ver el vaso medio lleno, Torrealba, en cambio, puso condiciones.

El mismo lunes más voceros opositores pusieron más paños fríos, aunque los gestos igual llegaron. La pretendida marcha a Miraflores pautada por la oposición para el jueves 3 fue oficialmente suspendida. Sólo salieron a la calle algunos cientos de estudiantes universitarios junto a menos cientos del partido Voluntad Popular, que avalados por la MUD llegaron a las afueras del centro de Caracas para entregar un documento en la Nunciatura Apostólica.

Antes, en la sesión ordinaria del martes 1, la oposición pospuso la continuidad del cuestionado juicio político al presidente Maduro (la Constitución no lo prevé). Así llegamos al primer fin de semana de noviembre, con notable menos tensión pero con una fecha en el horizonte próximo, el viernes 11, fecha fijada para un nuevo encuentro de la Mesa del diálogo junto a los mediadores.

A juzgar por las declaraciones de lado y lado, se puede esperar un encuentro accidentado. El gobierno no bajó la disputad verbal con la oposición, el mismo presidente Maduro calificó de “terrorista” a Voluntad Popular y en la MUD va tomando cuerpo el reclamo de los “resultados inmediatos”, como condición vital para no patear la mesa.

¿Cederán los referentes principales de la MUD a la presión de sus díscolos y se apresurarán en levantarse de la mesa? ¿Y el gobierno? ¿Se prepara para ceder en alguno de los reclamos de la derecha? ¿Y en qué cederá la derecha? ¿Su mayor y única concesión será sentarse a dialogar?

Demasiadas preguntas. Por ahora está claro que noviembre arrancó con una escena política dominada por un diálogo difícil, y no por la inminencia (o la consumación) de la violencia callejera. ¿Es esto un logro en la Venezuela de estas horas? Otra pregunta.

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