Desafío oficialista, oportunidad opositora

Marcos Salgado – Miradas al Sur

Cuando Barack Obama firmó la orden ejecutiva que señalaba a Venezuela como una amenaza contra la seguridad nacional de los Estados Unidos, una de las líneas argumentales del chavismo aseguraba que el decreto no era más que el reconocimiento de que la oposición interna había fallado una vez más en su intento de terminar con la Revolución Bolivariana, y que por eso llegaba la Casa Blanca a ocuparse directamente de la tarea.

Pero las aguas se aquietaron, al menos un poco. Aunque el “decreto imperial”, como se lo denomina aquí, sigue vigente –y por ende listo para ser utilizado contra Venezuela– dos visitas del consejero del Departamento de Estado, Thomas Shannon a Caracas y declaraciones algo más templadas de parte y parte bajaron la tensión entre Washington y Caracas.

Al punto que ahora el gobierno de Nicolás Maduro asegura ahora que desde dentro (la oposición) y desde fuera (sectores de la prensa hegemónica occidental) pretenden sabotear el acercamiento entre Venezuela y los Estados Unidos y hasta aseguran que pronto habrá novedades al respecto.

¿EE.UU. le dará el placet como embajador a Maximilien Arveláiz, actual encargado de negocios de la embajada de Venezuela en Washington? Es probable. Por lo pronto, la hasta hace poco subsecretaria Roberta Jacobson dejó la puerta entreabierta, diciendo que su gobierno está “dispuesto a considerar” la aprobación del “francesito” Arveláiz, un colaborador directo y por muchos años del presidente Maduro cuando éste fungía como canciller de Hugo Chávez.

Pero más allá de las señales diplomáticas, lo cierto es que -al menos por ahora– la oposición antichavista no cuenta con la Casa Blanca como mascarón de proa y parece tener que arreglársela sola en lo que al discurso público se refiere. Y ahí empiezan los problemas.

El nido de víboras. Si un handicap fundamental tuvo la Revolución Bolivariana desde que Chávez la echó a andar hace casi dieciséis años es el escaso músculo político de la oposición. Unida por el espanto y con nada de amor, la variopinta derecha venezolana fue un baile de sordos que se pisan los pies, al ritmo de una danza de conveniencias tácticas de vigencia mínima.

La pelea entre Leopoldo López y Henrique Capriles es indisimulada. El primero, referente más radical, preso por promover disturbios violentos para salir del gobierno constitucional de Nicolás Maduro que dejaron más de 40 muertos y decenas de heridos en 2014, parece estar recuperando terreno frente al dos veces derrotado candidato presidencial y gobernador del importante estado Miranda.

De hecho, las concentraciones simultáneas del 30 de mayo tenían en el centro de la convocatoria el reclamo de libertad para López y otros políticos presos y en algunos discursos pareció entreverse una linea de campaña electoral hacia las elecciones para la Asamblea Nacional, que se realizarán en el último trimestre de este año: si la oposición obtiene mayoría, será el pasaporte para la libertad de López y los otros.

Estrategia que abonan entusiastas los ex presidentes latinoamericanos que se alternan en Caracas. En coincidencia con la movilización por López llegaron Jorge “Tuto” Quiroga, fugaz ex presidente de Bolivia y Andrés Pastrana, ex mandatario de Colombia, quien repitió visita con el supuesto objetivo de visitar a López en la cárcel y eligió una confrontación personal con el presidente Nicolás Maduro, que lo puso a la cabeza de la entente antibolivariana, que sumó una declaración de 27 expresidentes “preocupados” por la situación de los derechos humanos y las instituciones en Venezuela.

Pastrana pidió a través de los medios una reunión con Maduro, a lo que Miraflores no contestó ni sí ni no. ¿Una puerta que está abierta? Parece difícil (Maduro dijo que Pastrana forma parte de un “club de vagos” y éste contraatacó asegurando que el venezolano “no sabe qué es democracia”) pero, aún así, un acercamiento no es imposible.

Si ese diálogo ocurre –tal como ocurrió con Washington– la oposición podría perder pegada y quedar, de nuevo, al garete, inmersa en sus internas y hasta acumulando lastre con bloopers lastimosos, como el de Richard Blanco, un referente opositor que en el palco del 30M se quitó la camisa de su partido para mostrar, lo que dijo era la camiseta de Venezuela, sin reparar que llevaba puesta la roja y realista casaca de la selección de España.

Después, por si fuera poco, dos dirigentes intermedios se raparon la cabeza en el escenario, en solidaridad con otro político preso a quien –dicen– lo pelaron a la fuerza en la cárcel. Un gesto solitario. Pero nadie entre los asistentes osó acompañar tamaño acto estético–político.

Según algunos medios antichavistas –que cubrieron profusamente la pintoresca concentración– en el lugar se encontraban los ex presidentes Pastrana y Quiroga. Si estaban, se abstuvieron de dejarse ver.

Frentes de tormenta. Aún a pesar de sus dislates, la falta de consensos mínimos y su discurso oportunista, la oposición parece tener en las elecciones parlamentarias aún sin fecha una oportunidad para ganar cuerpo, si el gobierno de Nicolás Maduro no da señales claras de resolver –al menos parcialmente– el problema más álgido para el venezolano de a pie: el abastecimiento de productos básicos a precios accesibles y –viene de la mano– la imparable inflación que amenaza pulverizar el ingreso popular.

El presidente ha prometido más medidas contra la especulación cambiaria –uno de los factores que influye en el alza de precios– luego que la instauración oficial de un tipo de cambio alto para algunos segmentos del mercado no detuviera el alza de la cotización ilegal del dólar frente al bolívar, pero éstas –y lo más importante, sus anhelados resultados prácticos– están por verse.

El gobierno ha afirmado que en gran parte de los hechos delictivos que vienen ocurriendo participan grupos articulados con sectores políticos de la ultraderecha colombiana y venezolana: paramilitarismo. La sospecha tiene fundamento, es posible que así sea, pero se ha fallado en realizar una investigación de fondo que aporte indicios y elementos probatorios.

Apenas comienzan a calentarse los motores de las elecciones parlamentarias: todavía falta un semestre. Eso podría explicar la frialdad en la que transcurrieron las primarias de la alianza opositora Mesa de Unidad Democrática y la poca participación en los sectores populares. Pero nadie puede confiarse, porque los votos de la oposición están allí, son numerosos y en el transcurso de los próximos meses se les pueden sumar los indecisos descontentos, alertan los analistas.

Mientras tanto, el oficialismo apuesta a una carta probada y –en general– exitosa: la movilización de su maquinaria electoral. A fines de junio habrá primarias del Partido Socialista Unido para elegir la mayor parte de sus candidatos a la Asamblea Nacional. Varios ministros y referentes importantes del chavismo dejaron sus carteras para “bajar” a esa compulsa, lo que muestra la importancia estratégica de la misma.

Todo estará condicionado a la próxima contienda electoral, desde la economía hasta las subjetividades, pasando por el manejo comunicacional, que transitará una estrategia polarizante: esperanza–desesperanza, legitimidad–ilegitimidad, legalidad–ilegalidad, éxito–fracaso… El fantasma de la abstención acompañará las campañas y probablemente se agudicen los ataques al contrario ante la expectativa de rematarlo en las urnas. En consecuencia, la convivencia y el diálogo quedarán suspendidos hasta “nuevo aviso”, alerta la socióloga Maryclén Stelling.

¿Podrá la oposición al menos encaminar sus dislates y estructurar un discurso valiéndose principalmente de los problemas económicos –entre ellos el desabastecimiento– que el gobierno no logra resolver? ¿Podrá el oficialismo mostrar más efectividad en esa materia y sortear así un eventual castigo (o deserción de los propios) en las urnas? Como todas hasta aquí desde que comenzó la Revolución Bolivariana, las elecciones de fin de año serán estratégicas para el chavismo. Falta poco, pero no todas las cartas están echadas.

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