Argentina: Se le pincha el globo a Macri, el FMI es el que decide y el pueblo el que sufre

Juan Guahán-Quesrion Latinoamérica|

Al final el vaso rebasó. Todos les avisaron que iban a chocar. No quisieron cambiar de política. Ahora es el fin. La fecha de vencimiento puede ser diciembre de 2019 o antes, pero Macri prácticamente ya no decide los grandes temas económicos: lo hace el FMI por él. Un macrismo sin futuro augura un futuro con hegemonía peronista.

 La bronca del pueblo fue creciendo y se iba manifestando de las más diversas maneras. El gobierno le respondía con dos mecanismos complementarios. Apelando a la tapadera mediática de todo lo que les pudiera servir (desde los chismes de la farándula, hasta montarse sobre los “cuadernos de la corrupción”), e ignorarando, negando y/o desacreditando las movilizaciones, volviendo al viejo mote de “destituyentes” o golpistas.

Pero la realidad allí estaba, cada día más intensa y multitudinaria. La fábrica de esas protestas estaba en el propio gobierno y sus políticas. No quisieron escuchar y la fuerza de la verdad les pasó por encima. Verdad mata posverdad.

A fines del año pasado, desde el sistema financiero internacional, les avisaron que se había terminado la política de financiar lo que les pidieran. Le hacían ese aviso no porque estuvieran en desacuerdo ideológico con las políticas del gobierno de Mauricio Macri, sino porque veían que ellas conducían a una debacle que los pondría en problemas para cobrar esos préstamos.

El gobierno no terminó de creerles. Imaginaron que encontrarían en otras fuentes el financiamiento necesario para sus políticas. El paso de las semanas los fue convenciendo de la gravedad de la situación, mientras aquí se debatían en feroces e inconducentes debates sobre si aplicar el “gradualismo” o políticas de “shock”.

La corrida bancaria de abril y sus consecuencias

Así fue como llegamos a la segunda quincena del mes de abril y apareció la “corrida bancaria” que terminó, tres semanas después, en el acuerdo con el FMI y una aparente “calma”. Pero detrás de esa apariencia quedó el “saldo” de esa maniobra. El peso perdió el 20% de su valor (pasó de 21 a 25 pesos por dólar); las tasas bancarias mudaron del 27,5% al 40%; el “riesgo país” de 383 a 482 puntos; el Banco Central perdió 8.461 millones de dólares solamente en esas tres semanas.

El gobierno quedó advertido que debía olvidarse de la posibilidad de una actividad económica favorable para el 2018 y que se preparara para la continuidad de una alta inflación que, en ese momento, se suponía no sería menor al 30%. Pero el mismo sector financiero, que –de un modo irresponsable- le había prestado al gobierno lo que pedía, ahora le exigían de todo ..e inmediatamente El gobierno había decidido gobernar con y para los “mercados” y ahora tenía que aguantárselas.

Durante los tresmeses y medio que transcurrieron desde la “normalización” de la “corrida” de abril hasta la última semana de agosto, la parte dura de la crisis había transcurrido pero la economía siguió un constante deslizamiento de efectos nocivos que preparaban las condiciones para un nuevo salto.

El peso se siguió devaluando y llegó el viernes 24 de agosto a 31 pesos por cada dólar; el “riesgo país” fue de 700 puntos; las tasas bancarias seguían en el orden 40% y el Banco Central siguió poniendo plata para mantener “controlado” al dólar.

En ese tiempo período se fueron otros 13 mil millones de dólares, lo que sumado a lo anterior significaba que más de 20 mil millones se habían “fugado” de nuestra economía, desde el inicio de la crisis. El dinero del FMI no había servido para que el dios mercado estuviera satisfecho, quería más.

La explosión de la última semana de agosto

El gobierno crujía y había algunos dentro del mismo gobierno, con Rogelio Frigerio, María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta a la cabeza, que pensaban que la cosa no daba para más y pedían la vuelta de algunas retenciones y la suba de impuestos a específicos sectores que fueron los más beneficiados con estas devaluaciones.

Mauricio Macri salió a “calmar” los mercados el día miércoles. En una aparición de menos de dos minutos no dio mayores precisiones y trasmitió su optimismo sobre el futuro saliendo a decir que el FMI, sin que ello hubiera sido aprobado por ese organismo, adelantaría los fondos que aseguraran el cumplimiento de las obligaciones del 2019.

Esa “trampita” rebalsó el vaso. La cosa pintaba fea y al día siguiente, Marcos Peña, el Jefe de Gabinete, pretendió darle mayor fuerza al discurso presidencial. Los “mercados”, con quienes quieren gobernar y para quienes efectivamente gobiernan, les respondieron rotundamente. No les creyeron, perdida la confianza –hasta en la figura presidencial- fueron librados a su suerte y les demandaron algunos “últimos favores”.

Ahora, seguramente crearán las condiciones para un próximo salto (o asalto), sin excluir un recambio institucional. Durante la semana se profundizó el “riesgo país” y por lo mismo las tasas que los bancos cobran; el dólar siguió su acelerada devaluación; nadie sabe el nivel de la inflación; la caída del consumo y de la actividad económica. Los que dependen de ingresos fijos (asalariados, jubilados) quedaron sin resguardo alguno ni defensa, a la intemperie. El punto máximo llegó durante la jornada del jueves, en la cual no había precios y nadie sabía qué podía pasar.

El viernes las cosas se calmaron un poco, el Banco Central volvió a tirar dinero para que se lo lleven y queda por ver cómo sigue esto el lunes y antes pasar una mirada sobre el “saldo” –en números- de la “locura” de esta semana. El peso se devaluó verticalmente: perdió alrededor del 20% en una semana y cerró a un promedio de 38 pesos por dólar, luego de haber llegado a cerca de los 42 pesos durante el día anterior.

El famoso “riesgo país” lo llevaron a 771 puntos, un 11% más; Las tasas de interés se fueron del 40 al 60%, un 50% más que una semana antes y sobre la inflación ya nadie puede dar una idea cierta, pero nunca será menor al 40% para el este año 2018.

El Banco Central siguió rifando las reservas y solo el viernes redujo el monto de las mismas en 1.133 millones de dólares, una buena parte de esa disminución fue destinada a la contención del dólar.

Ahora queda claro que el gobierno argentino ha sido abandonado a la “buena de Dios”, por sus propios promotores y usufructuarios cansados de la falta de idoneidad para darle una mínima sustentabilidad al actual sistema. Las grandes decisiones están en manos del FMI. La situación argentina y este fenómeno “Tango” terminaron siendo, para la economía global, un punto destacado de la actual crisis que recorre al mundo capitalista.

No quedan dudas que los sectores afectados por estas medidas, la mayor parte del pueblo argentino, saldrán a protestar. Los incipientes saqueos del día viernes (Comodoro Rivadavia, Mendoza y Jujuy) parecen preanunciar la tendencia hacia la cual nos encaminamos. Eso se hará sentir en los próximos días y se lo podrá verificar, de un modo amplificado, en la masividad del Paro Nacional y las movilizaciones previstas para los días 24 y 25 de este mes.

 Un macrismo sin futuro augura un futura hegemonia peronista

En esta última semana el gobierno volvió a comprobar que no son el peronismo y su vocación de poder; ni la acción de los promotores de lo que llaman el “Club del helicóptero”; ni los pedidos de los sindicalistas, quienes detonaron esta crisis actual. Por el contrario, los principales responsables de que ella haya estallado son sus amigos y beneficiarios de este plan.

Son aquellos que ahora no pretenden más que consolidar sus ganancias, transformando sus pesos en dólares e irse en busca de nuevos mercados –con cipayos más eficaces- que les permitan, como ya ocurriera aquí, multiplicar sus ganancias.

Otro es el problema que tiene el sistema de poder político de los países centrales de occidente. Gran parte de esa dirigencia vio en Macri la persona adecuada para terminar con el “populismo” cristinista y las tradiciones peronistas. De allí que estos poderes todavía y con la obligación de llegar al próximo G 20 tratan de ayudarlo. Ese sería el sentido que tiene el aval de Donald Trump a un eventual adelanto de fondos para el 2019.

Salvo grandes modificaciones, si Macri logra mantenerse en el gobierno, estaremos en las vísperas de un progresivo proceso de transferencia del poder a manos de sectores peronistas. Tal tendencia se reflejaría –obviamente- en las elecciones del año próximo. El macrismo muy difícilmente recupere sus plenos poderes, hoy en manos del FMI. Su posible reelección parece cosa del pasado y hasta es discutible su posibilidad de acceder a una segunda vuelta electoral.

El país se encuentra ante la paradoja que el macrismo, que fuera aceptado y ayudado por representar la posibilidad de terminar con el peronismo, ahora puede dejar como saldo la alternativa electoral de tener que elegir al futuro gobierno entre dos grupos o frentes hegemonizados por diferentes expresiones peronistas, donde los límites, alcances e integrantes de cada uno son –todavía- muy difusos y sujetos a variaciones.

Por un lado el peronismo K, cuyo referente unificador es la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, y que reúne al cristinismo, a gran parte del tradicional kirchnerismo, a sus históricos aliados de izquierda, sectores que vienen desde diferentes agrupamientos juveniles, agrupamientos de distintas organizaciones sociales e importantes sectores sindicales (CTA, conducida por Hugo Yasky y la Corriente Federal de Trabajadores, que forma aparte de la CGT).

Este sector tiene la gran ventaja de un liderazgo indiscutible, como lo es Cristina. Será ella quien definirá si será o no candidata o si prefiere colocar alguna otra persona (Máximo Kirchner, Agustín Rossi, Alberto Rodríguez Saa, Diana Conti, Eduardo “Wado” de Pedro, Juan Grabois, Oscar Parrilli)

Lo integran los nucleamientos más enfrentados con el gobierno macrista. Posiblemente allí confluya la mayor parte del voto peronista pero tiene –por ahora- la dificultad del “techo” de la ex presidenta lo que puede ser un límite para una eventual segunda electoral.

Desde otra óptica peronista y desde el punto de vista electoral se encuentran los agrupamientos más moderados y que tienen mayor diálogo con el gobierno. Gran parte de los gobernadores y el bloque de senadores encabezados por Miguel Ángel Pichetto constituyen su fuerza más significativa, junto a varios y tradicionales dirigentes sindicales.

Su mayor problema radica en que no tienen un liderazgo reconocido. La multiplicidad de dirigentes que aspiran a lugares expectables (Juan Manuel Urtubey, Sergio Uñac, el propio Pichetto, Sergio Massa, Florencio Randazzo, Juan Schiaretti) dificulta sus acuerdos políticos y mucho más el armado electoral.

Cercano a estos últimos se mueven los promotores de la candidatura del economista Roberto Lavagna. El expesidente Eduardo Duhalde está a la cabeza de esa gestión lo novedoso es que tal tarea es compartida con Ricardo Alfonsín, al frente de un radicalismo que no está dispuesto a volver a apoyar al macrismo.

 

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