Venezuela: aún no es tiempo de conclusiones
Luis Manuel Arce Isaac
Los gravísimos sucesos en Venezuela por la flagrante violación de la soberanía de un país independiente legalmente reconocido por la comunidad internacional, y perpetrada bajo el amparo de un potencial militar de la mayor envergadura para atemorizar hasta los tuétanos, confirman la escandalosa decadencia de un imperio más inmoral y retrógrado que el romano, y la certeza de que ya estamos saliendo de una época de cambios y sintiendo, al mismo tiempo, los vientos del cambio de época que se viene.
Un excelente analista y amigo, doctor en Estudios Latinoamericanos, y puntal principal de la Fundación Ciudad del Saber, de Panamá, Guillermo Castro Hernández, me decía hablando hace poco de ese proceso de cambio social, que “el límite entre un tiempo que ha sido y otro que está por ser, constituye una zona gris entre un pasado que persiste y un futuro que va siendo constituido en torno a diferentes opciones de mañana”.
Estimo que en ese sentido se enfoca la seria advertencia que le hizo hace unos días el expresidente de México Andrés Manuel López Obrador al de Estados Unidos, Donald Trump, cuando lo criticó por el bombardeo y secuestro del jefe de Estado venezolano, Nicolás Maduro, llevado como prisionero de no se prueba cuál delito, cuando le dijo: “Presidente Trump: no caiga en la autocomplacencia ni escuche el canto de las sirenas. Mande al carajo a los halcones; usted tiene capacidad para actuar con juicio práctico”. “No olvide que la efímera victoria de hoy puede ser la contundente derrota del mañana. La política no es imposición”. “Recuerde que ‘el respeto al derecho ajeno es la paz’, como nos enseñó Benito Juárez en el siglo XIX”.
Con esas simples pero impactantes frases, López Obrador ubicó a Trump en tiempo y espacio, pero, con precisión, en esa zona gris entre un pasado que persiste y el futuro que se construye, como definía Guillermo, la cual podemos ilustrar como la semipenumbra que empieza a notarse cuando te acercas al largo trecho en el cual empieza a verse la luz al final del túnel.
Esta apreciación no es retórica, y mucho menos una parábola de Cristo, sino una evidencia de la suprema debilidad de Estados Unidos como centro del imperialismo contemporáneo y máximo exponente de un sistema socioeconómico que, política, cultural, ideológica y tecnológicamente, se agota a pasos agigantados sin posibilidades de lograr el regreso a los tiempos de fementida grandeza, al menos dentro de la perspectiva emocional, pero antihistórica, en que la valora Donald Trump.
La episteme de esta moción es tan clara como el agua de manantial: el modo de producción con sus relaciones sociales capitalistas que llevó
a la creación del imperialismo como su fase superior, está agotado y no le es posible mediante energía propia o sistémica, seguir adelante, como lo fue hasta el momento gracias a su modelo de desarrollo liberal y luego neoliberal.
En palabras más sencillas: Estados Unidos, como la meca del capitalismo, carece del potencial científico-técnico para liderar los cambios planetarios y, lo peor, su retraso en ese campo, en particular la Inteligencia Artificial y la renovación energética, la cual no está en los hidrocarburos y ni siquiera en las renovables conocidas, es que no tiene certeza de que sus recursos fósiles, cuyas reservas son muy dudosas e insuficientes, les concedan el tiempo que se requiere para desarrollar con éxito la actual revolución en el campo de la electricidad que, al mismo tiempo, será la nueva base de la industria y de la IA.
¿Cómo salir de esa zona más oscura que gris y garantizar que Estados Unidos, con su estancado o ralentizado desarrollo de la IA frente a la ultramodernización de absolutamente todos los parámetros de la ciencia y la tecnología, cuando las propias trabas de su modelo de producción y la concentración de capitales se los está impidiendo?
En 50 años o más, China no ha provocado ni participado en una guerra, mientras Estados Unidos lo ha hecho decenas de veces, gran parte de ellas responsabilidad directa de la Casa Blanca. La mayor parte del PIB de China se gasta en el desarrollo de las ciencias y la tecnología, la de EEUU en armas.
La única posibilidad que los pobres cerebros del equipo republicano generan para salir avante, es la fuerza bruta, el desprecio a un mundo ordenado bajo leyes y derechos, y la violación de todo lo que consideren adverso a metas retrógradas, inútiles y criminales como el MAGA, que solo operan con la pólvora como combustible y neuronas deformadas.
Trump, y su antecesor Biden, perdieron la oportunidad de hacerles caso a López Obrador cuando, visionero del futuro de esta humanidad, percibió que la mejor manera de hacer era ampliando al máximo los caminos de la cooperación americana, hacer del continente una unidad monolítica que únicamente podría funcionar bajo los preceptos del respeto a la soberanía, independencia y autodeterminación de cada cual, y los principios juaristas de libertad y respeto al derecho ajeno.
Entendieron algo: que América Latina les era vital por sus riquezas naturales, pero no por sus pueblos que para ellos no valía nada y, en consecuencia, la vía no era la colaboración a la que los invitaba López Obrador, sino la dominación, y es lo que ha prevalecido, y prevalece, en la visión neocolonial de Donald Trump, pero no bajo la Doctrina Monroe, sino la de Donroe, como acaba de calificar su pensamiento político.
Eso significa que no es necesario que en cada capital de nuestros países haya un presidente, o un parlamento, ni siquiera un tribunal, sino que basta con Washington y un Capitolio desde los cuales pretende gobernar el continente, primero a Venezuela, hasta dejar seca la faja del Orinoco como los Bush, padre e hijo, hicieron en Irak en favor de la Hallyburton, la cual no sorprendería si encabeza el staff de las empresas estadounidenses a las que Trump, ya desde ahora, sin terminar la faena de ocupación militar del país bolivariano, les dará la administración del petróleo que el pueblo les robó miserablemente a esas depredadoras compañías. Debe entenderse por qué la insinuación de “pensar algo para México” en estas horas de júbilo pernicioso.
Bueno, pero no nos adelantemos. Todavía no es tiempo de conclusiones, y esperemos a ver si hay alguna reacción positiva a la nalgada didáctica de López Obrador como la recomendaba el educador Makarenko a los maestros cuando los alumnos sobrepasaban la línea de la malcriadez.
*Periodista y corresponsal de Prensa Latina