Stephen Miller, autor de la política migratoria, nuevo jefe de gabinete de Trump

El ultranacionalista sustituye a Susie Wiles

Mirko Trudeau

El recambio se produce tres días después de la mayor derrota de los republicanos desde los años setenta en las elecciones de medio mandato y sustituye a Susie Wiles, en el puesto desde enero de 2025.

El nombramiento de Miller, arquitecto de la política migratoria de la Casa Blanca con campañas de redadas y deportaciones masivas, plantea nuevas incógnitas sobre la actitud del republicano en el último tramo de su mandato justo cuando parecía que el trumpismo se desinflaba. ¿Mantendrá esa imagen de hombre obsesionado con su legado o querrá ir a la guerra política para impulsar su agenda conservadora? Esa es la gran pregunta ahora, especula la prensa estadounidense.

Miller es un nacionalista radical, de ideas xenófobas y defensor de algunas de las políticas más polarizadoras de la Casa Blanca. Durante semanas dejó saber que quería el puesto de Wiles si ella renunciaba por sus problemas de salud (superó un cáncer hace unos meses), cansada de las intrigas internas y desesperada en sus intentos de frenar las iniciativas radicales de Miller y otros miembros del Gabinete, lo que le hizo perder la confianza del presidente. De familia judía, es considerado una figura clave del nacionalismo dentro del entorno del movimiento MAGA (Make America Great Again). Estudió ciencias políticas en la Universidad de Duke y empezó su carrera trabajando para la congresista republicana Michele Bachmann y después para el senador Jeff Sessions.

El ascenso de Miller revela otra característica de la personalidad de Trump: su carácter volcánico y vengativo. Aunque en los primeros compases parecía ajeno a la derrota en las midterms, el presidente estadounidense se fue enfadando conforme veía la cadena conservadora Fox News y leía los informes de prensa sobre la cobertura de la histórica derrota. La furia y la indignación se han ido extendiendo por la Casa Blanca a medida que transcurrían los días, buscando culpables del fracaso, según la CNN.

Cuando se especulaba sobre el extraño comportamiento de Trump tras las elecciones —aceptó el resultado de primeras, cuando había dudas de que lo hiciera, y se mostró dispuesto a colaborar con los demócratas—, este viernes protagonizó su enésima jugada de prestidigitador al nominar a Stephen Miller, uno de los hombres más radicales de su entorno, como nuevo jefe de Gabinete de la Casa Blanca, en sustitución de Susie Wiles, considerada la más moderada dentro del grupo de confianza del presidente.

Miller, sin embargo, es conocido por su extremismo, con discursos que algunos comparan con la retórica fascista de los años treinta del siglo pasado. Entre ellos, el que pronunció durante el funeral de Charlie Kirk, activista de derechas asesinado hace un par de años: “Nuestros enemigos no pueden comprender nuestra fuerza, nuestra determinación, nuestra resolución y nuestra pasión. No tenéis ni idea del dragón que habéis despertado”, dijo en referencia a sus adversarios políticos.

Al nombramiento de Miller se suma el mensaje que publicó Trump en redes sociales la noche electoral cuando difundió la imagen de una gorra roja con la palabra “VETO” en mayúsculas, en referencia al poder presidencial para bloquear las iniciativas del Congreso. Al día siguiente colocó la misma gorra sobre el histórico escritorio Resolute que preside el Despacho Oval.

Aunque ahora tiene menos poder, nadie cree que la era Trump haya concluido. “No debemos esperar que pase a un segundo plano. Y este no es (todavía) el final de su era”, advierte Lindsay Newman, investigadora del think tank Chatham House. “Como tantos otros aspectos de la política estadounidense en la última década, Trump está destinado a redefinir la presidencia saliente. Con las elecciones de mitad de mandato ya concluidas, el presidente puede ahora (re)centrarse en lo que más le importa: su legado”.

A dos años del final

Trump, en el Despacho Oval junto a una gorra con la palabra «VETO», en referencia a la capacidad presidencial de bloquear leyes del Congreso.
Trump afronta los dos últimos años de mandato como un octogenario desafiante obsesionado con las obras.
Al día siguiente de recibir un histórico revolcón electoral, Donald Trump solo parecía interesado en presumir de las obras del monumental salón de baile que está construyendo en el ala este de la Casa Blanca. Allí, entre material de obra oculto por banderas estadounidenses, imprimió su firma en la última viga de acero de la estructura, junto a dos pequeños sellos dorados que recuerdan su presidencia.

Durante la visita trató de eludir las preguntas sobre el resultado de las elecciones de medio mandato, en las que los demócratas le han arrebatado el control del Congreso en el mayor giro político desde los años del Watergate. La escena simboliza la actitud de un presidente desgastado que ha perdido abrumadoramente las últimas elecciones de su carrera: convertido de la noche a la mañana en un octogenario ensimismado en las obras que ha emprendido por todo Washington, obsesionado con dejar su legado en la arquitectura de la capital y eludiendo cualquier responsabilidad por el fracaso electoral.

Stephen Miller cruza el Jardín Sur de la Casa Blanca en Washington

¿Acorralado y enfadado?

Confirmado, además, como pato cojo, como se denomina a los presidentes que encaran los últimos años de su mandato, sin control sobre el Capitolio y con un partido, el republicano, en el que empiezan a aflorar las primeras fisuras del trumpismo, Trump afronta un difícil final de su mandato. Pero lo hace sin visos de que vaya a dejar a un lado su actitud retadora, pese a estar acorralado por unos índices de popularidad bajo mínimos y por un Congreso dominado por el Partido Demócrata decidido a condicionar su agenda, desmontar sus políticas más agresivas e investigar sus desmanes.

“Ahora que los demócratas controlan la Cámara de Representantes y el Senado, la amenaza de un juicio político o de investigaciones sobre los negocios de la familia Trump probablemente haría que el presidente se sintiera acorralado y enfadado”, advierte Daniel W. Drezner, en Foreign Affairs. “Y eso es lo que hace que el resto de su mandato sea tan peligroso. Un Trump acorralado, sin una vía clara para canalizar su energía en política exterior constructiva, bien podría reaccionar con agresividad internacional”.

Sin embargo, el republicano tendrá enfrente un Capitolio con ánimo de revancha tras dos años de desmanes y abusos de poder. “Un Congreso controlado por los demócratas podrá cuestionar las acciones del presidente en cada paso, ralentizando y tal vez deteniendo la constante expansión del poder ejecutivo desde el comienzo del segundo mandato de Trump y dificultando que un presidente posterior de cualquier partido siga los pasos de Trump”, señala William Galston, de la Brookings Institution.

La actitud desdeñosa de Trump con las elecciones es el resultado de su fracaso en la campaña electoral. A finales de septiembre, cuando las encuestas parecían sombrías para los republicanos, emprendió una frenética gira que le llevó a participar en mítines a lo largo del país. Visitó 30 Estados tratando de movilizar a sus seguidores. Pero sus votantes estaban frustrados por las promesas incumplidas por la guerra contra Irán y el consecuente encarecimiento de la vida.

* Economista, politólogo y analista estadounidense, asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE).