Protectorados

(Xinhua/Peng Ziyang)
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Álvaro García Linera – Diario Red

El capitalismo nació de la mano del colonialismo. Y desde entonces esta cualidad de origen histórico lejos de desaparecer solo ha mutado y diversificado. Se puede decir que es una manera de organización de las jerarquías mundiales, sustancial a todas las modernas formas de acumulación económica empresarial.

El capitalismo europeo en 5 siglos desplegó múltiples variantes de colonialismo, cada cual más cruel que la otra, tanto en América, África como en Asia. EEUU, por su parte, en solo dos siglos, ha concentrado todas ellas y las ha complejizado en su cualidad expoliadora. Aplicó los clásicos moldes europeos de “colonialismo de exterminio” y de “colonialismo de asentamiento” durante el siglo XIX, en la mayoría de las tierras de propiedad indígena de Norteamérica. Reivindicó el “destino manifiesto” de una América anglosajona para invadir y apoderarse de 2 millones de km² mexicanos, en lo que hoy corresponden a los estados de California, Utah, Nevada, Texas, Nuevo México, Colorado, Kansas, etc.

Pero, a diferencia de sus predecesores, EEUU empleó estos tipos de ocupación espacial como modo de construcción de la unidad territorial del Estado; no como expansión extraterritorial de su dominio. La usurpación de tierras indígenas y mexicanas, fueron absorbidas como parte de un Estado continental protegido por los mares Atlántico y Pacífico. En tanto que el sometimiento de otras sociedades y países del globo, pese a las 11 guerras declaradas y cerca de 400 invasiones ejecutadas, incluyendo el uso de bombas atómicas y la instalación de bases militares permanentes (Japón, Alemania, Reino Unido), no han desembocado en “colonialismos de asentamiento”, con la presencia permanente de población invasora ejerciendo el control administrativo, militar y económico del país ocupado. Ello hubiera requerido la erogación de enormes sumas de dinero, una burocracia gigantesca, gobernadores y numerosas tropas desplegadas en más de 150 países del mundo. Y es que, a diferencia del colonialismo inglés, holandés, francés, alemán o belga que tuvieron áreas limitadas de expansión colonial en distintas partes del mundo, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el dominio estadounidense tuvo una dimensión geopolítica de pretensión universal. Por ello, prefirió perfeccionar los mecanismos de sujeción colonial fundados en la “muda coacción económica”, que se aplican por la fuerza global de su poderío tecnológico, comercial y financiero o, en otros casos, que se aplicaban inmediatamente después de los periodos de ocupación militar (Panamá, Irak, Libia, Afganistán…).

Así, una vez cumplido el “aplanamiento” de las naciones agredidas por la acción de las cañoneras, los aviones, los tanques y marines estadounidenses, indefectiblemente llegaban las empresas privadas norteamericanas a extraer materias primas; en tanto que el FMI y el Banco Mundial también desembarcaban para endeudar más al país. Pero, en la mayoría de los casos, las acomplejadas y serviles élites políticas locales cumplían el mismo papel de “aplanamiento” de las sociedades, ya sea por sumisión voluntaria (neoliberalismo) o de guerra interna (dictaduras militares), que daban paso a las mismas corporaciones y bancos estadounidenses.

Es lo que se ha venido a llamar el “neocolonialismo”. En este caso, la extracción de recursos y la explotación laboral no requieren de ampulosas burocracias ni ejércitos extranjeros. Las jerárquicas relaciones del intercambio desigual (Emanuelle, 1973), la deuda externa (Toussaint, 2018), fuga de capitales, (Roberts, 2021) y la subordinación cultural (Said, Orientalismo, 2003) crean una trama de sujeción que posibilitan la transferencia de materias primas, dinero, trabajo, conocimiento y subordinación moral hacia la potencia imperial, de una manera más efectiva, y menos costosa, que la clásica ocupación de asentamiento.

El neocolonialismo supone un Estado con soberanía fragmentada y unas instituciones locales que mantienen cohesionada a la sociedad. Pero la extracción de las riquezas hacia el extranjero, y la propia influencia sobre la vida política, se la realiza con la aquiescencia de la burocracia política nativa. Como lo han mostrado Nievas y Sodano entre 1970 y 2022, el equivalente al 1-2% del PIB anual de EEUU y de los países más ricos, provienen de transferencias netas desde los países pobres (Wid.World, 2024).

En las décadas del dominio absoluto de las élites liberales globales y el aparente declive irreversible de los Estados, surgieron utopías libertarias que imaginaban un flujo de negocios globales sin necesidad de soporte estatal. Se habló de “Ciudades Privadas” o de “Zonas Económicas Especiales” (Roatan en Honduras), en la que se establecían estatutos especiales y los servicios gubernamentales los proporcionaban empresas privadas. Sin embargo, estos ensueños pronto chocaron con una cruda realidad: hasta hoy no se ha inventado otra manera de unificación social, de base territorial y con efecto vinculante, que puedas sustituir al Estado. Los mercados no lo lograron.

Pero ahora son otros tiempos, y ya no hay espacio para esas veleidades globalistas. EEUU está siendo desplazado del dominio mundial que disfrutó los últimos 30 años, teniéndose que replegar cada vez más a su “área de influencia” primordial. Los datos son elocuentes. China que en 1980 generaba el 2,3% del PIB mundial, medido en paridad de poder adquisitivo (PPP), hoy lo hace del 19,8%; en tanto que EEUU de alcanzar el 21%, hoy llega al 14,5% (FMI, X, 2025). China ya genera el 30% de la manufactura del mundo. EEUU el 15,4% (Sefeguard Global, 2025).

Por su parte, Rusia ha podido mostrar con la invasión a Ucrania que tiene la musculatura militar y económica para erigirse otra vez como la principal potencia euroasiática. En tanto que la UE, a raíz de la reciente amenaza de anexión de Groenlandia, le ha mostrado a EEUU que también puede infringirle daño económico, como, por ejemplo, mediante la venta de los bonos del tesoro norteamericano que posee (2 billones de dólares); o la posible reversión de los ahorros que están en bancos de New York (otros 2 billones), etc.

En un mundo así fragmentado por la competencia de potencias e imperios, las formas coloniales también se están transformando.

Las invasiones y bombardeos estadounidenses en cualquier lugar del mundo no van a desaparecer, pero serán cada vez más cortos en el tiempo, devastadores en su eficacia técnica, y sin ocupaciones militares prolongadas. El arma preferida para la subordinación de los Estados ahora serán las guerras arancelarias, bloqueos y chantajes económicos. Es decir un tipo de “poder económico duro” propio de los tiempos de hegemonías competitivas; diferente del “poder económico blando” (deuda, intercambio desigual…) que fueron los predilectos de la ya extinta fase de la exclusiva hegemonía norteamericana. Este tipo de “poder blando” no desaparecerá. Pero ya no será el más activo.

Y, ya al interior del “área de influencia” estadounidense, la forma colonial atravesará dos modificaciones sustanciales.

La primera. Asistiremos recurrentemente hechos de fuerza dirigidos a ampliar el espacio territorial de Estados Unidos. Las declaraciones de Trump de cambiar de nombre del Golfo de México por el de “Golfo de América”; su amenaza de retomar el control del canal de Panamá; de convertir a Canadá en el 51 estado de EEUU o de asumir la propiedad de Groenlandia, habla de una manifiesta voluntad estatal de ampliar el territorio soberano de los EEUU entre sus vecinos. Estas pretensiones expansionistas hacia el norte y centro del continente para integrarlos en un “espacio vital” se mantendrán en los siguientes años.

La segunda. Se reflotará la figura de los Protectorados para mantener el control económico y político de países poseedores de materias primas “estratégicas” (petróleo, tierras raras, litio, cobre, etc.) para la industria norteamericana, o de espacios geográficos de alto interés para inversionistas privados.

Un Protectorado es un Estado formalmente independiente que ha cedido alguno de los principales resortes de su soberanía a un Estado más fuerte (el “Protector”). El Estado sometido mantiene el conjunto de su legislación y sus instituciones que permiten la cohesión política-cultural de la población en el territorio. Eso es parte de la autoridad social local que el “Protector” no tiene la capacidad de reemplazar, al menos sin un elevado costo económico y político. Pero el mando de las relaciones exteriores, de sus principales actividades productivas (extractivas) y financieras, están bajo tutela de la potencia extranjera. En ocasiones esta forma de “gobierno indirecto” (Lugard, 1905), o compartido, puede darse con pequeñas, pero efectivas, ocupaciones militares y burocráticas; en otros casos basta la amenaza de intervención armada, para dirigir también desde afuera las principales esferas de la economía y la defensa.

Protectorados fueron Marruecos, de Francia y España, entre 1912 a 1956; Egipto, de Gran Bretaña, entre 1982-1922. En Latinoamérica, EEUU ejerció el protectorado en Nicaragua (1912-1933), en República Dominicana (1916-1924) y, entre otros, en Cuba entre los años 1903-1934.

Es sintomático que al mismo momento que EEUU este pretendiendo resucitar versiones renovadas de protectorados, para controlar el petróleo y los flujos de divisas en Venezuela, o sobre Groenlandia, para apoderarse de sus minerales y las rutas de comercio polar Ártico, el presidente Donald Trump haya rebautizado la Doctrina Monroe (que sentenciaba a las potencias europeas con un “América para los americanos”) con el nombre de “Doctrina Donroe”. Bajo ese paraguas legal y moral, los distintos gobiernos que tuvo EEUU en sus primeros 150 años, cuadruplicaron la territorialidad estatal inicial y erigieron numerosos protectorados sobre varios países latinoamericanos. Es el engrandecimiento interior, a costa de la mutilación de los vecinos. Para América Latina, es una reconfiguración sustancial de las condiciones de posibilidad de la soberanía política y de la propia democracia, que serán diferentes a las que prevalecieron en los últimos 40 años.

Pero también es una dramática confesión: la de la contracción imperial. EEUU abdica de dirigir al mundo, como lo logró desde 1989. Ahora controlará su “área de influencia” continental con la aplicación de agresivas formas coloniales de facto. Buscará contener y atenuar las redes comerciales que tiene China y, luego, se vinculará con el resto del mundo bajo relaciones de competencia hostil o sumisión, según la fuerza que los otros países logren desplegar.

Hemos entrado a un mundo geofragmentado, no solo por el retraimiento de las cadenas de valor a cálculos de “seguridad nacional” y rivalidades estratégicas; o por el ascenso de políticas proteccionistas y guerras arancelarias de todos contra todos, sino también por la lenta implosión del hegemón norteamericano que, de superpotencia global, pasa al sitial de furiosa potencia regional. Y, para el resto de los países que quieran antagonizar contra este destino de subyugación, lo que tienen por delante, es una renovada agenda de soberanía nacional, industrialismo regional y anticolonialismo.