Pensar la música: El Super Tazón de Benito Antonio Martínez Ocasio

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ExtraNews Mundo

Bad Bunny ya puede ser Benito Antonio sin miedos, sin tapujos, pero en algún momento antes de 2016 cuando comenzó a postear temas propios en SoundCloud, tuvo que escudarse en un seudónimo anglosajón, comercial, pegadizo que le garantizara acceso al mainstream. No, no era el “Conejo Malo”, era Bad Bunny.

Sin embargo, una década después abre sus títulos de presentación con su nombre completo, con los apellidos de sus padres puertorriqueños, de sus abuelos de la isla, de los millenials latinoamericanos que lo siguen y lo llevaron a la fama.

Guiño cultural también el de usar “Super Tazón” en lugar de “Super Bowl” al presentarse, para no hacer concesiones a anglicismos adoptados e impuestos a la comunidad latina, sino ensalzar su propio código.

Exactamente, nada de “mi gente latino” a lo JLO, nada de latinizarse para vender y luego blanquearse para vivir en privilegio.

Por demás, Benito también copiaba las bases del trap que otros imponían en la escena urbana estadounidense. Esa fue su plataforma y era un mal necesario. Bien lo explican los teóricos de la subalternidad y la otredad: el otro cultural no tiene palabra propia para contar su dolor, tiene que tomar primero las del opresor y ahí corre el peligro de distanciarse de los suyos, de “blanquearse” culturalmente. De Benito, sin embargo, bien puede decirse que esperó su momento.

Mirar hacia adentro: De Bad Bunny a Benito

Lo que salvó la carrera de un rapero más, de un cantante de trap más, fue específicamente lo que hizo fuera de la música. Benito Antonio en distintos momentos entendió el valor de su propia exposición y comenzó a legitimar otras voces. En varios momentos se plantó contra la misoginia en temas como “Yo perreo sola” o “Callaíta”, impulsó a la rapera puertorriqueña Villano Antillano, en un gesto sin precedentes de inclusión trans en una escena predominantemente machista, heteronormativa y hermética. A su paso también llegó Young Miko, rapera puertorriqueña abiertamente lesbiana.

Luego de desmontar los arquetipos falocéntricos desde el corazón de un género violento y estereotipado, vino desarticular la xenofobia trumpista. Esto lo hizo de a tres: primero con su residencia musical en Puerto Rico, con cerca de 31 conciertos, que le valió a la economía local un estimado de casi 700 millones en ganancias luego de que se negó a presentarse en Estados Unidos.

Todo esto, luego de la era de “Un verano sin ti” y en la plenitud de “Debí tirar más fotos”, dos álbumes de nostalgia latina millenial migrante, de quien se despide de ilusiones y pasa a la adultez, de quien añora. Todo esto, con ritmos nuestros, con salsa latina, con sombreros pava tejidos en yarey, con el sonar del coquí y raspaditos de hielo para pasar el sopor del Caribe.

Puerto Rico entonces, con sus apagones por falta de infraestructura y mal manejo de gobiernos entreguistas, Puerto Rico y la gentrificación que quiere borrar su historia y reducirlo a playa y sol, Puerto Rico y sus luchas por la emancipación, Puerto Rico que vuelve a sufrir un Trump que en 2017 obvió los destrozos del huracán María, se volvió la casa y causa de todos, de los que queremos decir Super Tazón y no Super Bowl, de los que somos Alejandros y Juanes, nunca Alexs o Johns.

Esa fue la carga que le valió el Grammy a Mejor Álbum del Año, una semana antes de su presentación en el medio tiempo. Con esa carga de rabia dulzona, de política explícita, de ataque con ritmo, Benito lloró en el corazón de la música gringa blanca y anglófona, con un material latino, morenito y en puro español de barrio. Ese fue el segundo out político que le cantó a Trump.

Todo esto se lo llevó al Súper Tazón, que ya desde su tráiler avisaba que era un baile para TODOS. No solo volvió a montar su casita, que llenó de estrellas de origen latino que hicieron cameos durante la presentación, ahí estuvo el puesto de raspaditos de hielo, los postes eléctricos inútiles en Puerto Rico, las fiestas donde los niños duermen en sillas, la boda, la familia.

Un año atrás, Kendrick Lamar tomaba la misma plataforma para denunciar el racismo sistémico estadounidense, el odio antinegro que en la cultura norteña usa a los negros, los envía a blanquearse, los limita. Si Kendrick comenzó, Benito siguió y no, esto no termina.

Muchos le critican que no fuera más agudo en sus críticas a Trump, como si su sola presencia, en una de las ciudades más atacadas por la actual administración, en medio del asedio del ICE contra la comunidad latina, en el segundo año de un mandato que ha obviado los fundamentos legales de la sana convivencia internacional y el respeto a los derechos humanos; no fuera suficiente.

En medio de tanto, hay mucho que no podemos olvidar en el anverso de estos espectáculos. Lo primero, es que por muy contestatario que parezca, cada uno de estos espectáculos es seleccionado bajo criterios de marketing y no hay nada más lucrativo que la polémica.

Lo segundo, es que el show se presenta bajo Apple Music, acusada de apoyo al sionismo, y su productor ejecutivo es Roc Nation, el emporio de Jay Z, cuyas ganancias no van a financiar mejoras de vida de latinos ni negros en situación de necesidad, sino a un capitalista más.

También, hay un velo de inocencia que rasgar en todo esto y es la historia de “superación” de Benito, que repite el esquema del sueño americano, de un supermercado a Hollywood. Esa narrativa de una supuesta superación reduce por una parte la perspectiva de éxito, sin embargo, Benito es parte del nuevo ciclo de representación: un latino por nacimiento en el mainstream, rompiendo con el mainstream, rompiendo con el arquetipo.

Quizá, más allá de las grandes pantallas y el show, el gesto que cierra el círculo para Benito y quienes le hemos seguido los pasos de alguna manera, es el momento final en que entrega la estatuilla del Grammy a un niño que mira una televisión antigua con sus padres. El pequeño, el actor infantil Lincoln Fox, interpreta a Benito de pequeño, viviendo todo lo que después sería su coraza de nostalgias.

El momento, entre tantas lecturas, puede verse como la alternativa a la entrega del Nobel de la Paz de cierta mujer latina que se dice defensora de su país, pero pide bombas e intervención en inglés de Oxford. Para otros, es volver a empezar el ciclo de la inspiración.

Como dirían los sociólogos y teóricos del arte: Nadie puede ser lo que no puede ver. A Benito Antonio Martínez Ocasio, lo vimos, lo vemos.