Obama no quiere ir solo a la guerra

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IÑIGO SÁENZ DE UGARTE | Obama ha tomado la decisión de no tomar ninguna decisión hasta que el Congreso permita el uso de la fuerza contra el régimen de Asad. En una decisión sorprendente que no estaba en los cálculos de nadie, y más desde la derrota de Cameron en la Cámara de los Comunes, el presidente ha pasado la responsabilidad al legislativo, donde el resultado de la votación es imprevisible.

obama-siriaGuerra Eterna

“Leading from behind”, lo llamaron algunos cuando Obama dejó que Cameron y Sarkozy llevaran la iniciativa en la guerra contra Gadafi. Luego los republicanos utilizaron esa idea para burlarse del presidente y de sus supuestas carencias de liderazgo. Aun así, Obama nunca pidió permiso al Congreso para intervenir en Libia.

De repente, toda la urgencia de los últimos días desaparece. Antes de anunciar el voto del Congreso, dijo que EEUU había decidido responder con la fuerza al uso de armas químicas en Siria, pero que el ataque podía producirse “mañana, la próxima semana o el próximo mes”. De entrada, la única fecha segura es la de la vuelta al trabajo del Congreso tras sus vacaciones, el 9 de septiembre.

Obama confirma así su imagen de guerrero reticente. Vendió en su momento la idea de que en su presidencia tenía que ponerse fin a las dos guerras que habían definido los ocho años anteriores. No parece que estuviera muy interesado en que Libia y Siria formaran parte de su legado. Los sondeos confirman que la mayor parte de los norteamericanos no quieren implicarse en nuevas guerras en Oriente Medio, ni siquiera cuando la Casa Blanca les promete que no habrá tropas sobre el terreno.

Claro está que siempre habrá alguien que piense que todo forma parte de una conspiración para conseguir el mismo objetivo. Imperialismo disimulado, quizá.

La noticia puede tener un gran impacto político en EEUU y en el juego de poderes entre el ejecutivo y el legislativo en relación a la política exterior. En las últimas décadas, la Casa Blanca ha asumido más poderes de decisión y ha habido numerosas críticas al arrinconamiento de las competencias de los congresistas. Pero esa presidencia imperial ya existía desde hace mucho tiempo. El problema contemporáneo venía del hecho de que el Congreso ha sido progresivamente desde los años 70 mucho más levantisco y menos controlable por la Casa Blanca, y de ahí que en cuestiones de guerra el presidente mantenía a distancia a los legisladores.

Es indudable que Obama no estaba obligado a delegar esta decisión, aunque jurídicamente hay un considerable debate al respecto, que por otro lado nunca ha impedido que el presidente imponga su voluntad.

Otra consecuencia de este discurso es la duda algo más que razonable sobre si Obama y su secretario de Estado, John Kerry, piensan lo mismo en este asunto. Desde luego, el tono dramático, muy poco diplomático, que Kerry empleó el lunes casa muy poco con las declaraciones más mesuradas de Obama, que hasta ayer decía que aún no había tomado una decisión y que el sábado ha decidido aplazarlo todo para dentro de unas dos semanas.

Es por cierto el mismo plazo de tiempo que la ONU se ha dado para informar al Consejo de Seguridad sobre la misión de sus inspectores en Damasco. Es cierto que la ONU no ha aparecido muy destacada en el discurso de Obama.

Quién sabe si al final el informe de los inspectores sea lo que decida el resultado de la votación del Congreso.

En 1991 George Bush, padre, recibió autorización del Congreso para emprender la guerra del Golfo con la que el Ejército iraquí fue expulsado de Kuwait. El Senado votó por 52 a 47 votos en favor de la resolución, y la Cámara de Representantes, por 250 a 183.

En octubre de 2002, el Congreso aprobó el uso de la fuerza en Irak bajo ciertas condiciones (la invasión se produjo seis meses más tarde). El Senado votó por 77 votos a 23 en favor de la guerra. En la Cámara de Representantes, el resultado fue 297 a 133.

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