Muro de Berlín: la historia que no se dice

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Berlín Oeste o Berlín Occidental era un enclave perteneciente al espacio económico de la RFA en medio del territorio de la RDA y, legalmente, no formaba parte de la RFA.

El muro se extendía a lo largo de 45 kilómetros que dividían la ciudad de Berlín en dos y 115 kilómetros que separaban al enclave Berlín Oeste de la ciudad de Berlín, capital de la RDA. Constituía la frontera estatal de la RDA con Berlín Oeste.

De acuerdo con el gobierno de la RDA, el objetivo del muro era evitar las agresiones occidentales, argumentando que la construcción del muro era consecuencia obligada de la política de Alemania Federal y sus socios de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Con el despliegue tecnológico, mediático y verbal de que son capaces los grupos de poder para disfrazar las verdades e intentar imponer sus versiones, fue celebrado en Alemania el primer cuarto de siglo de la caída del Muro de Berlín.

Globos lumínicos de neón que recordaron el trazado original de la muralla fueron liberados este 9 de noviembre como simbólica recordación del suceso, mientras los discursos de ocasión versaron —como era de esperar— en torno a la pretendida victoria de “la libertad y la democracia” sobre los “regímenes totalitarios” y las “torcidas ideas comunistas” representados en el imaginario imperial por la extinta Unión Soviética y el disuelto Campo Socialista Europeo.

De manera que todo fluyó según lo programado, incluido, por supuesto, el escamoteo de la visión objetiva de todo cuanto rodeó la existencia de la barrera de concreto y alambradas que durante decenios dividió a Berlín.

Y es que casi nadie —y alguno con toda malsana intención— se ocupó de recordar la verdadera génesis de una empalizada que simbolizó los peligros reales de destrucción del género humano impulsados por la Guerra Fría, una exclusiva creación de Washington y sus aliados occidentales frente a la alternativa que, a pesar de sus errores y desatinos, representaban por aquellos años Moscú y las naciones socialistas del Viejo Continente.

Muy pocos rememoraron que si años antes Alemania nazi llegó a adueñarse de casi todo el suelo europeo, fue gracias a la anuencia imperial, que le destinó el papel de enterrar al primer estado de obreros y campesinos de la historia, surgido en la antigua Rusia en 1917 con la Revolución de Octubre.

Que una vez iniciada la contienda y el ataque nazi a la URSS en 1941, y a pesar de la obligada alianza antifascista con el Kremlin, los aliados occidentales demoraron intencionalmente la apertura de un segundo frente continental a la espera del desgaste mutuo entre germanos y soviéticos, y que ese paso solo se decidió cuando el Ejército Rojo hizo irreversible su marcha victoriosa al oeste, hacia el corazón del Berlín fascista.

Que derrotada Alemania en mayo de 1945, apenas cuatro años después, en 1949, Washington y Europa occidental instauraron la belicista Organización del Tratado del Atlántico Norte, OTAN, para “frenar la influencia comunista” global, y que contra la URSS y los estados socialistas europeos se pusieron en marcha incontables programas subversivos y agresivos, mediante propaganda radial, infiltración de saboteadores, secuestro de aeronaves, espionaje y provocaciones fronterizas, entre otras armas del archiconocido arsenal desestabilizador de factura imperial.

Que ese torrente debió ser respondido por los destinatarios —como es lógico— con medidas defensivas contundentes, como la creación en 1955 de la alianza militar denominada Pacto de Varsovia, el desarrollo nuclear soviético, y en el caso concreto de la siempre conflictiva frontera berlinesa, con la construcción del muro divisorio en 1961.

De manera que la muralla cuya desaparición se proyecta hoy universalmente por la propaganda derechista como una sonada victoria del “mundo libre” sobre la disuelta “cortina de hierro”, tuvo sus reales orígenes en el sempiterno desboque imperial contra todo lo que se oponga a sus intereses de dominación.

Y, mientras el jolgorio y el despliegue de alabanzas recorre este noviembre las pantallas televisivas del planeta, tampoco se dice nada de las alambradas que no permiten a los cubanos completar su integridad territorial con la recuperación de la ilegal base naval de Guantánamo, ni se hace referencia a la valla kilométrica que se alza en la divisoria norteamericana con México, ni tampoco a las vergonzosas almenas con las que el Israel sionista cercena el territorio palestino y pretende inmovilizar a la población árabe.

Muestras, estos últimos ejemplos, de que en un mundo plagado de intereses violentos y malintencionados, es una condición esencial demandar y rebuscar la objetividad si queremos ser exactos y justos en nuestros criterios y apreciaciones.

Lo contrario no es más que hacer el juego a quienes están prestos a cortar las incómodas gargantas.

Fuente: http://www.cubahora.cu/del-mundo/refrescar-la-memoria