Lula se prepara para la reelección en 2026
Brasil: récord de empleo y con la pobreza en mínimos históricos
Néstor Prieto Amador
Lula da Silva (Pernambuco, 1945) vive una segunda juventud política pese a haber cumplido 80 años el pasado 27 de octubre. El tres veces presidente de Brasil (2003-2007, 2007-2011 y 2023-2027) encara su último año de mandato con una aprobación cercana al 50% y la vista puesta en la reelección en las elecciones generales de octubre de 2026. El veterano sindicalista avanza hacia un cuarto periodo presidencial apoyado en un marco macroeconómico favorable, marcado por niveles récord de empleo, caída histórica de la pobreza extrema y mejoras tangibles en seguridad alimentaria, elementos que se han convertido en su principal carta electoral.
“Puede estar seguro de que tengo la misma energía que cuando tenía 30 años y voy a disputar un cuarto mandato”, afirmó el presidente, tratando de disipar las dudas sobre su edad. De resultar reelecto en octubre de 2026, Lula cumpliría 85 años durante su último año de mandato y alcanzaría un total de 16 años en el poder, consolidando un legado histórico como uno de los presidentes con mayor longevidad política en la historia del país y de América Latina.
La economía impulsa a Lula
Brasil cerró 2025 con datos récord de ocupación, reducción de la pobreza y la hambruna. En el último informe publicado por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) la tasa de desempleo de Brasil se situaba en el 5,4% de la población activa al cierre del año. Se trata del nivel más bajo registrado en los últimos 14 años. En total, algo más de 103 millones de brasileños están ocupados, el mayor número de personas empleadas que jamás ha alcanzado en el país.
Los indicadores sociales también se tiñen de verde. El Gobierno federal ha destacado que el país cerró 2025 con menos del 1% de la población en situación de inseguridad alimentaria. A mediados de año, la FAO avaló esta evolución al retirar al país del mapa mundial del hambre, al que había regresado en 2021 durante el Gobierno de Jair Bolsonaro.
En apenas dos años, el Ejecutivo sostiene haber sacado a cerca de 30 millones de personas de la inseguridad alimentaria gracias al programa Brasil sin Hambre, buque insignia del PT que ya puso en marcha durante el primer Gobierno de Lula. Se trata de una estrategia integral que articula el refuerzo de bancos de alimentos, la expansión de cocinas comunitarias y transferencias directas de ingresos condicionadas a la escolarización de los hijos; todo con el objetivo de garantizar el acceso regular a la alimentación y reducir la vulnerabilidad de los hogares más pobres.
De la misma forma, la extrema pobreza mantuvo su trayectoria descendente durante todo el mandato y cerró 2025 situándose en torno al 4,4% de la población, un nivel que, de confirmarse con los datos definitivos, sería el más bajo desde que el IBGE comenzó a sistematizar la serie actual en 2012.
La economía brasileña, la más grande de toda América Latina, creció este 2025 un 2,4%. Un crecimiento moderado pero sostenido pese a la incertidumbre internacional y con una inflación controlada, cercana al 4,5% en 2025. Cifras que contrastan con el crecimiento intermitente y las elevadas alzas de los precios que viven países vecinos como Chile, Argentina, Bolivia, Perú o Ecuador.
La economía impulsa a Lula
Brasil cerró 2025 con datos récord de ocupación, reducción de la pobreza y la hambruna. En el último informe publicado por el Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE) la tasa de desempleo de Brasil se situaba en el 5,4% de la población activa al cierre del año. Se trata del nivel más bajo registrado en los últimos 14 años. En total, algo más de 103 millones de brasileños están ocupados, el mayor número de personas empleadas que jamás ha alcanzado en el país.

Los indicadores sociales también se tiñen de verde. El Gobierno federal ha destacado que el país cerró 2025 con menos del 1% de la población en situación de inseguridad alimentaria. A mediados de año, la FAO avaló esta evolución al retirar al país del mapa mundial del hambre, al que había regresado en 2021 durante el Gobierno de Jair Bolsonaro.
En apenas dos años, el Ejecutivo sostiene haber sacado a cerca de 30 millones de personas de la inseguridad alimentaria gracias al programa Brasil sin Hambre, buque insignia del PT que ya puso en marcha durante el primer Gobierno de Lula. Se trata de una estrategia integral que articula el refuerzo de bancos de alimentos, la expansión de cocinas comunitarias y transferencias directas de ingresos condicionadas a la escolarización de los hijos; todo con el objetivo de garantizar el acceso regular a la alimentación y reducir la vulnerabilidad de los hogares más pobres.
De la misma forma, la extrema pobreza mantuvo su trayectoria descendente durante todo el mandato y cerró 2025 situándose en torno al 4,4% de la población, un nivel que, de confirmarse con los datos definitivos, sería el más bajo desde que el IBGE comenzó a sistematizar la serie actual en 2012.

La economía brasileña, la más grande de toda América Latina, creció este 2025 un 2,4%. Un crecimiento moderado pero sostenido pese a la incertidumbre internacional y con una inflación controlada, cercana al 4,5% en 2025. Cifras que contrastan con el crecimiento intermitente y las elevadas alzas de los precios que viven países vecinos como Chile, Argentina, Bolivia, Perú o Ecuador.
Lula, único candidato competitivo de la izquierda

La candidatura de Lula ha sido prácticamente unánime dentro de la izquierda brasileña, que sigue incapaz de formar sucesores competitivos. La transición hacia una era pos-Lula, tras su primer ciclo de gobiernos entre 2003 y 2011, se vio interrumpida por el golpe blando contra Dilma Roussef en 2016 y el fracaso electoral de su exministro Fernando Haddad en 2018. Frente a la irrupción de la extrema derecha, el PT demostró incapacidad para consolidar nuevos liderazgos y se vio obligado a recurrir nuevamente al veterano sindicalista para recuperar la presidencia en 2022.

No obstante, no todo han sido luces en este Gobierno. Lula impulsó desde el principio la idea de un frente amplio para aislar políticamente a Bolsonaro, algo que cristalizó en la elección de Geraldo Alckmin como su vicepresidente —un político veterano y figura moderada de la derecha brasileña que fue gobernador de São Paulo y que aporta al Ejecutivo una impronta más pragmática que ideológica—. Un reflejo de la amplitud de su gobierno y cómo sus aliados parlamentarios han limitado sustancialmente el alcance de las políticas petistas.
En materia de integración regional o política exterior, la actual administración ha exhibido un perfil menos ideologizado que en el primer ciclo de Lula a comienzos de siglo. Aunque Brasil sigue reforzando sus lazos comerciales con China, ha criticado la agresión contra Venezuela, el bloqueo a Cuba o el genocidio en Gaza; no ha jugado un papel activo en estos conflictos y ha mantenido una agenda marcadamente más doméstica.
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*Politólogo y periodista español especializado en política internacional y geopolítica