La “Transición” en Venezuela: más chavismo, no menos

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Juan Carlos Monedero – RedH

Siempre he pensado que la revolución bolivariana tuvo más éxito en pelear contra el neoliberalismo, que en ese momento estaba en su apogeo, que en superar los problemas estructurales históricos de Venezuela. Tampoco es extraño.

Porque para superar los problemas históricos de un país hace falta, al menos, una generación y, lo que no es un detalle menor, que no tengas a los EEUU poniendo palos en las ruedas. En España se murió Franco hace 50 años y todavía nos huelen los pies a franquismo. La judicatura está llena de franquistas, los partidos de la derecha son franquistas y las principales televisiones son amables con el franquismo. Chávez siempre tuvo una agenda inmediata y otra a largo plazo.

La Venezuela chavista, la que acabó con el analfabetismo, devolvió la dignidad a los barrios, hizo una de las Constituciones más avanzadas del mundo, empezó a cuidar a los ancianos, abrió hospitales, escuelas y universidades, construyó casas para el pueblo, unió al continente con la UNASUR y la CELAC, le devolvió la dignidad al barrio, claro que tiene que seguir avanzando. La compleja situación actual después del 3 de enero sirve para, precisamente, seguir avanzando. Avanzar no significa, como pretende la oposición representada por una señora que se llama a sí misma terrorista y que no ha sido capaz de ganar apenas elecciones en el país, desmantelar los logros alcanzados. Todo lo contrario.

Andan los politólogos, los mismos que han estado enredados durante décadas con la mentira de que la democracia norteamericana era el ejemplo de democracia para el mundo, intentando comparar el momento actual de Venezuela con la España a la muerte de Franco. La Venezuela asediada por el ejército más poderoso del mundo -y que además posee armas nucleares que podría usar-, con la España de la Transición, intentando encontrar justificaciones para ocultar el hecho incontrovertido y más relevante: el presidente constitucional Nicolás Maduro, y la diputada y primera dama Cilia Flores, han sido secuestrados por otro país en una declaración de guerra de facto.

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La ruptura del cacareado “mundo basado en reglas”, al que recientemente también ha enterrado el presidente de Alemania Friedrich Merz, ha evitado que el gobierno de Trump cumpla con los trámites que se exigen en los EEUU para un acto como el del 3 de enero. De ahí que senador republicano Rand Paul echara en cara al secretario de Estado Marco Rubio la ilegal actuación: ¿es que si un país invadiera EEUU y secuestrara a nuestropresidente y a la primera dama no sería un evidente caso de declaración de guerra? -le preguntó el republicano. Es importante no olvidar esto porque el presidente Nicolás Maduro está en Nueva York como prisionero de guerra.

Digo que están jugando con la idea de la Transición para intentar borrar de un plumazo el pasado bolivariano y la victoria electoral de Chávez en 1998, victoria que se logró pese a todos los intentos de EEUU para evitar ese resultado. En el papel de “ejecutora” estaba la entonces secretaria de Estado, Madeleine Albright (la Marco Rubio de Clinton), a la que la democracia le importaba bien poco. Como si el secuestro de Maduro fuera equiparable a la muerte biológica de Francisco Franco, un dictador que dio un golpe contra la II República con ayuda de Hitler y Mussolini, que masacró a los maestros y a los intelectuales, que asesinó a 200.000 españoles (Lorca todavía es un desaparecido), que desterró a 500.000 republicanos, metió en cárceles condenados a trabajos forzosos y torturas a 350.000 que no secundaron el golpe y robó, según estimaciones de organizaciones civiles , a 300.000 hijos de mujeres republicanas presas. ¿Quién con una brizna de decencia puede comparar un proceso político nacido de la victoria en las urnas de Hugo Chávez con la victoria militar de un dictador apoyado por la Alemania nazi y la Italia fascista?

Además, como si la Transición española hubiera tenido lugar con el mar Mediterráneo, el Cantábrico y el Atlántico repletos de barcos y aviones cargados de bombas y misiles en una suerte de cerco medieval. Como si hubieran robado las riquezas de España para generar un levantamiento popular o como si el ejército de EEUU hubiera conminado al franquismo a disolverse, cuando lo que hizo fue todo lo contrario. Porque la misma lógica imperial de EEUU -y esa sí que es la misma- es la que condujo la Transición en España para que no ganara la izquierda y la que ha estado intentado tumbar al chavismo desde diciembre de 1998.

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La idea de concordia y entendimiento del chavismo con la oposición existen desde siempre, porque desde siempre la oposición intentó tumbar a Chávez y luego a Maduro, y siempre se les perdonó, lo que solo sirvió para que los mismos siguieran intentándolo. Ahí está María Corina Machado, que firmó el decreto de Carmona Estanga, con el que se quiso sustituir al gobierno de Hugo Chávez con un golpe dirigido por la patronal, por militares traidores y por los EEUU en 2002. Chávez perdonó a los golpistas y se lo agradecieron con el sabotaje petrolero.

Algunos han oído la palabra “amnistía” y creen que todo es lo mismo. Pero no. La amnistía en la Transición española se exigía para demócratas antifranquistas que habían luchado contra una dictadura que nació de la mano de Hitler y Mussolini. Ser antifranquista en España es una obligación de cualquier demócrata, igual que ser antifascista o antinazismo. Pero los antichavistas que terminaron en la cárcel lo son por haber ejercido la violencia o pretender acabar con gobiernos nacidos de las urnas y de la Constitución.

La amnistía en España fue un logro de los demócratas, mientras que la amnistía en Venezuela es un ejercicio, otra vez, de la enorme generosidad del chavismo en un contexto de amenaza constante contra la vida de los venezolanos por parte de los EEUU. ¿O nos olvidamos del infierno que cayó del cielo el 3 de enero, de los 120 asesinados, de las lanchas hundidas con misiles o de los barcos petroleros secuestrados? En España, una golpista y terrorista como María Corina Machado estaría en la cárcel. En la Cumbre de Seguridad de Munich en febrero de 2026 siguió pidiendo un golpe duro y violento para Venezuela. Los “demócratas” europeos y latinoamericanos hubieran pedido la “amnistía” para ella.

Vengo dándole vueltas al episodio del “tren a la Estación Finlandia”, un suceso decisivo para la revolución rusa donde hubo que decidir si dar dos pasos atrás para poder dar un paso adelante.

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Ese momento fue narrado espléndidamente por Edmund Wilson en La estación Finlandia (un libro de 1940). Ahí se resume un dilema estructural de la izquierda: cómo actuar en la historia real sin quedar paralizada por la pureza ideológica. El regreso de Vladimir Lenin a Rusia, facilitado por la Alemania imperial —enemiga del zarismo—, no fue una alianza política ni una adhesión ideológica, sino una decisión táctica en una coyuntura extrema. Rechazar esa posibilidad habría significado renunciar a intervenir en un proceso histórico abierto. De hecho, Trotsky, el enviado por Lenin, se levantó de la mesa el 10 de febrero de 1918. Tuvo que volver tres semanas después para aceptar unas condiciones alemanes mucho más duras.

Wilson muestra que las tradiciones emancipatorias no avanzan en condiciones limpias: se mueven en terrenos atravesados por guerras, asedios y contradicciones. Aceptar el “tren” implicó riesgos reales —pérdida de legitimidad, dependencia, acusaciones de traición—, pero también expresó una verdad incómoda: la alternativa a veces no es la coherencia moral, sino la irrelevancia política.

La lección no es romantizar esas decisiones, sino reconocer que la izquierda, cuando enfrenta situaciones límite, debe equilibrar principios y eficacia, asumiendo conscientemente los costos. Los “trenes a Finlandia” no garantizan el éxito ni preservan la pureza, pero pueden ser la única vía para mantener vivo un proceso político y disputar el poder real. Negarlos de antemano es elegir la derrota en nombre de una ética abstracta.

Desde una lectura de izquierda, el episodio plantea un problema más complejo y honesto: qué hacer cuando la coyuntura histórica obliga a elegir entre la pureza ideológica y la posibilidad real de intervenir en la historia. Dar dos pasos atrás para poder dar un paso adelante.

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Lenin aceptó el “tren a Finlandia” no por afinidad con el imperialismo alemán, sino porque entendió que la guerra imperialista había abierto una grieta histórica irrepetible. El cálculo fue crudo: usar una contradicción entre potencias para regresar al terreno político, intervenir en un proceso revolucionario vivo y disputar el poder a una élite incapaz de sacar a Rusia del desastre social y bélico. Rechazar esa vía habría significado, probablemente, renunciar a toda capacidad de acción en nombre de una coherencia abstracta.

Aquí emerge un dilema recurrente para la izquierda. El riesgo de aceptar ayudas, mediaciones o condiciones impuestas por actores que no comparten —o incluso combaten— el proyecto emancipador, con el riesgo de que puede erosionar legitimidad, abrir flancos morales, generar divisiones y generar dependencias futuras. Y la necesidad en contextos de asedio, guerra o bloqueo, donde negarse a toda negociación “impura” puede equivaler a dejar intacto el orden que se pretende transformar.

El “tren a Finlandia” no es, entonces, una anécdota de traición, sino una metáfora política. Representa el momento en que una fuerza de izquierda debe decidir si prioriza la supervivencia y la intervención histórica, aun pagando costos simbólicos, o si se repliega a una coherencia que, aunque moralmente impecable, resulta políticamente estéril.

La lección incómoda es que los procesos emancipatorios no avanzan en condiciones ideales. Se mueven en terrenos contaminados por relaciones de fuerza desiguales, presiones externas y decisiones contradictorias. La izquierda que aspira a transformar la realidad debe aprender a navegar esas contradicciones sin perder de vista su horizonte, sabiendo que cada “tren a Finlandia” implica un equilibrio precario entre táctica y principios. Tomar demasiados trenes a Finlandia puede acabar con el propio proyecto.

Aceptar esos trenes no garantiza el éxito —la historia también muestra cómo esas concesiones pueden volverse contra el proyecto original y ahogarlo—, pero rechazarlos de antemano puede condenar a la izquierda a la irrelevancia política, incapaz de disputar el poder real y de mejorar materialmente la vida de las mayorías.

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En ese sentido, el desafío no es negar la contradicción, sino hacerla consciente, debatirla y asumirla colectivamente, sabiendo que la historia rara vez ofrece caminos limpios para quienes intentan cambiarla.

América Latina se está llenando de obligatorios “trenes a Finlandia”, que pasan por Caracas, Bogotá, Brasilia o Ciudad de México, donde los dirigentes tienen que ganar tiempo a la espera, entre otras cosas, de que las elecciones intermedias en EEUU en noviembre de 2026 frenen o, al menos, le quiten la antorcha de la mano al presidente Trump, ya con suficientes problemas dentro de su casa.

En Venezuela, aún asediada por la marina norteamericana, las exigencias norteamericanas no son amables. Por eso hace falta que el pueblo redoble su consciencia. Para no perder el rumbo. Les han puesto una pistola en la sien. Las sanciones y el bloqueo, que incluía secuestrar a cualquier barco que saliera con gas o petróleo, no les ha dejado mucha alternativa. Porque ¿cuál era la alternativa? ¿Perder todo el proceso revolucionario que empezó hace 26 años Chávez? O, a ciencia cierta, un daño enorme para los venezolanos, que ya han visto lo fácil que le resulta a los EEUU desatar un infierno desde el cielo.

Parece sensato hacer de la necesidad virtud y, como hemos venido defendiendo, aprovechar el fin de las sanciones para recuperar todo el daño infligido en estos años y mejorar el nivel de vida de los venezolanos, incluidos los que se tuvieron que marchar. El fin de las sanciones supone poder recuperar el nivel de ventas y de compras que hundió la economía venezolana. Desplegar la colaboración que siempre ofreció Nicolás Maduro. Salir de la persecución que ha dañado al país desde hace más de dos décadas. Siempre sin olvidar el lugar desde donde se están tomando las decisiones, que está presidido por una enorme espada de Damocles.

A Trump solo le interesa el dinero y no le gustan las mentiras. Por eso no quiere a María Corina Machado, porque le hace perder dinero. ¿Pueden encontrarse en esta complicada situación esperanzas, cuando no es asumible olvidar Gaza, olvidar la bravuconería de Trump, olvidar el cerco medieval a Cuba, olvidar los riesgos climáticos del planeta, olvidar el secuestro de un presidente en ejercicio y de la primera dama, olvidar el rearme militar, olvidar el regreso de la proliferación nuclear?

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Con estos trenes al norte, los países latinoamericanos ganan tiempo. El problema estaría en que se quedaran en esa vía. Trump es todo lo contrario de los valores de la izquierda y todos los países que están negociando con EEUU no lo están haciendo hoy desde la plena soberanía y una voluntad autónoma. Ahí está México, teniendo que obedecer la orden de Trump de no mandar petróleo a Cuba, lo que hace que se le salten las lágrimas a todos los fundadores de MORENA. EEUU es una potencia nuclear, en un solo portaaviones tiene más fuerza aérea que, prácticamente ,en cualquier país latinoamericano y las sanciones, los aranceles o el cierre de las remesas condena a millones al hambre. No en vano la izquierda sensata siempre ha sido antiimperialista.

La soberanía hoy pasa por redoblar la conciencia popular y trabajar para la unidad latinoamericana. Si hoy estuviera fuerte y viva, otro gallo cantaría. Por eso le molesta a Trump Naciones Unidas, la CELAC, la UNASUR y hasta la Unión Europea.

Los cambios en marcha en Venezuela deben estar pensados para ahondar en el proceso democrático empezado por Hugo Chávez. Y no nos engañemos: las reglas de juego están rotas. Y no puede haber cambios si la oposición sigue pensando en términos golpistas o si pretende que EEUU les solvente por la fuerza lo que ellos son incapaces de lograr en las urnas.

Los cambios que permiten que un país avance en democracia son cambios de conciencia que logren, a su vez, gobiernos más eficaces y una paz social guiada por la libertad, la justicia social y el bienestar colectivo.

Y sin olvidarse que los trenes a Finlandia son solo eso: trenes a Finlandia.