La guerra paramilitar

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Luis Britto García|

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Ningún conflicto  respeta  fronteras. Desde el pasado siglo denuncio una infiltración paramilitar que según la revista colombiana Semana, invierte   en bingos, casinos, salas de juego y prostíbulos, así como en generosos donativos que logran la pronta reapertura de dichos locales cada vez  que son clausurados. Antes que seguir confrontando el conflicto en su propio país, grupos armados de toda índole pasan a operar en Venezuela, donde encuentran menos competencia y autoridades a veces desprevenidas.

Dotados de entrenamiento, disciplina y armamento militar,  suplantan al hampa criolla y controlan sus territorios. A veces operan como supuestas agencias de seguridad,  que “vacunan” para proteger de ellas mismas.

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Durante décadas recibo rumores de que capitales de dudoso origen compran fundos cerca y lejos de las fronteras e importan braceros colombianos, y paramilitares para someterlos. También adquieren estratégicas empresas de transporte cuya parálisis podría acarrear la de la economía. Conocidos me aseguran que casi dominan el cultivo de la papa y el plátano en la región andina. Durante la bonanza regentaban el lucrativo contrabando de extracción de gasolina y bienes subsidiados por el cual, según el Presidente Maduro, se iba por la frontera cerca del 40% de lo que nuestro país producía o importaba.

Legalizado en la Venezuela socialista el  corrosivo tráfico del dólar imperial, compran con él a precio de miseria todo tipo de activos constituyendo poderes económicos que podrían pasar a políticos desde el momento en que, como en su país de origen, financien  candidatos y partidos. Cada vez que voy al Delta del Orinoco contrato lancheros para alguna exploración privada de los caños: el año antepasado amigos me disuadieron alegando que en ellos operan grupos armados irregulares.

Ese año estuve en la frontera occidental: quienes debían ir enmascarados eran los cuerpos de seguridad. Sólo se escuchaban los medios colombianos. En una fuente de soda,  un mural de celebridades otorgaba sitio prominente a Pablo Escobar Gaviria. 

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Que esta infiltración ladina, taimada, de bajo perfil en algún momento debía dejar de lado la máscara y plantarse desafiante, era sólo cuestión de tiempo. Para 2004 fueron detenidos más de un centenar de paramilitares con falsos uniformes del  ejército venezolano,  acuartelados cerca de la capital, comprometidos en un plan magnicida y entretenidos en practicar ejecuciones macabras. Desde entonces asistimos a un goteo constante de agresiones protagonizadas o apoyadas por bandas armadas foráneos.

Estuvieron presentes durante el terrorismo de calle de las “guarimbas” 2014-2017. Participaron en el intento de invasión disfrazada de ayuda humanitaria que murió en las fronteras de San Cristóbal y Santa Elena de Uairén. Colaboraron en el entrenamiento del intento de magnicidio con drones de 2019. Apoyaron y adiestraron la desdichada invasión de mercenarios de Silvercorp en 2020. En todas y cada una de esas operaciones montaron tiroteos y  operativos de perturbación del orden para distraer a las autoridades. 

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El combate de La Victoria abre una nueva fase en esta táctica de ocupación progresiva. Se intenta descaradamente ejercer  poder político en una región estratégica. Se utilizan armas especializadas de control territorial, como las minas, cuyo empleo de paso constituye crimen de lesa humanidad. Se atacan alcabalas, vehículos oficiales, servicios públicos. Se agrede frontalmente a la Fuerza Armada Bolivariana.  Se articula una vez más el parapeto de la “intervención”, eso sí, humanitaria, para destruir con la coartada de que se ayuda.

A mediados de febrero de 2021 se reúne en Bogotá James Story, el embajador estadounidense reconocido por el autonombrado presidente fantoche Juan Guaidó, con los opositores Julio Borges y Leopoldo López,  soñando todos  ser personeros de un gobierno por el cual no ha votado nadie. Por los mismos rumbos incursiona la inefable Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA de Almagro.

A fines de febrero la ministra de Relaciones Exteriores de España se aparece en Cúcuta, conmocionada por el problema de los migrantes venezolanos, e indiferente al hecho de que en su España funcionan verdaderos campos de trabajos forzados para explotar a los migrantes que no conocen el idioma. Pero claro, interesa ver la brizna de polvo en el ojo venezolano y no la viga en el de España. Se trata de pavimentar de excusas el camino interventor de la OTAN y de las siete bases de Estados Unidos que ocupan Colombia, a las cuales, por cierto, estos curiosos paramilitares jamás han atacado ni con el pétalo de una rosa.

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¿Qué hacer contra esta invasión nada silenciosa? Nuestras acciones debieron comenzar desde la toma del poder por el bolivarianismo. Como ciudadanos de a pie, sugerimos: Investigación sociológica sobre la presencia paramilitar en el hampa común que opera en Venezuela.

Indagación financiera sobre el origen de los capitales de industrias a las cuales las propias publicaciones colombianas vinculan con fondos provenientes del paramilitarismo: casinos, bingos, maquinitas, prostíbulos de lujo. Auditoría sobre la composición y funcionamiento de  empresas de seguridad instaladas en los estados fronterizos y en general de cualquier compañía cuyo crecimiento y desarrollo no guarde relación con las actividades que aparentemente desempeña.

Refuerzo de los medios de comunicación en todas las fronteras, tanto para el contacto expedito con las autoridades nacionales, como para la intensificación de la presencia de prensa, radio y televisión nacionales. Vigilancia constante con patrullas fronterizas y, si fuere técnicamente posible, con los satélites de los que todavía disponemos y drones de fácil operación. Examen riguroso de fondos que intenten legitimarse.

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Facciones neoliberales nos incitan a besarle los pies y entregarle el país a todo capital que llegue. ¡No! Mucho de él, como las monedas que pagaron a Judas, es precio de sangre. Con los dineros paramilitares llegan la explotación, la corrupción y la entrega de la soberanía a criminales comunes. No vendamos por un plato de lentejas lo que tanto nos costó  crear.

  

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