La Guaira: relato de un viaje de ida y vuelta a la “zona cero”

Marlon Zambrano – Últimas Noticias

A 44 días de los dos terremotos del 24 de junio de 2026, llegué a la “zona cero” de La Guaira buscando comprobar la verdadera dimensión del desastre. En ese lapso, con sus horas y minutos, creo que ni por un instante dejó de machacarnos la tristeza. Había estado acumulando muchas razones para acercarme a las diversas locaciones devastadas de esa franja costera, pero había hallado todas las excusas para no hacerlo. La principal: evitar a toda costa la manida instrumentalización del sufrimiento ajeno, lo que algunos han llamado “turismo de tragedia”.

La sobresaturación de videos de YouTube, transmisiones en directo de la televisión venezolana y global, escandalosos posts de Instagram, el tratamiento superficial de las víctimas, de las consecuencias y, sobre todo, de las causas, me habían dejado una lesión emocional y una especie de inquietud intelectual, que florecían como una fuente desbordada por cada episodio de heroísmo o de desgracia absoluta.

Obviamente, renegué de Dios, me arrepentí, culpé al hombre, a los espíritus realengos y a la ciencia de la construcción, antes de reconocer que toda búsqueda de respuestas frente a la relación dilemática entre la vida y la muerte pasa por una discusión inacabada que tuvo su cúspide con el famoso debate entre Jean-Jacques Rousseau y Voltaire tras el terremoto de Lisboa de 1755. Aquella refriega, en pleno brote de la Ilustración, no hizo sino desnudar la idea de que el “estar bien” del optimismo judeocristiano, regulado por una divinidad inescrutable, tiene su contrapeso en la desmesura de la razón: ese territorio donde la vida encuentra un límite inequívoco que es el fin, es decir, la nada.

Los ojos de Lady

Desde el 3 de enero de este año quedé atento a cualquier señal. Todo movimiento, ruido o pestañeo de mis compañeros de trabajo me ha parecido sospechoso por inesperado. Aquella vez me sorprendió levitando sobre el quinto sueño el ataque de las fuerzas norteamericanas a Caracas y el secuestro del presidente Maduro, tanto que no logré escuchar los helicópteros que entraron a la ciudad rozando el Waraira de este a oeste, retumbando cerca de casa, en Guatire, donde todo el mundo se despertó sobresaltado cerca de las dos de la madrugada, menos yo.

En la guardia del miércoles 24 de junio -día de San Juan Bautista, para alegría de los cofrades y los parranderos, no laborable para la mayoría de los venezolanos por la conmemoración de la Batalla de Carabobo-, éramos pocos los que ocupábamos los puestos de la redacción del diario Últimas Noticias frente a nuestros monitores.

A las 6:04 de la tarde, una playlist de Spotify se detuvo a la mitad de Linger, el icónico himno de The Cranberries, cuando la mirada desorbitada de la periodista Lady Gómez, desde un ángulo diametral de la mesa de redacción, me advirtió de algo que no comprendí de inmediato por estar absorto en los riffs de la canción. Los segundos valieron una eternidad cuando pasé de la intriga a la certeza de que algo estaba mal, pero sin saber si se trataba de otro ataque o una simple detonación, hasta que el violento forcejeo de la tierra nos sacó de toda duda y nos encaminó a la estampida que a duras penas nos permitió llegar al lobby del diario para observar, con sorpresa, el balanceo de las lámparas y el ruido de las calles, que se convirtió en un persistente pitido de carros y motorizados desesperados por escapar de la avenida Rómulo Gallegos.

Las guarimbas, el covid-19, el 3-E y algún apagón dentro del Metro de Caracas me habían sembrado la angustia en el cuerpo. Un miedo existencial y razonable, tomando en cuenta que en los casi tres minutos de los terremotos del 24 de junio, incluyendo los borrosos 39 segundos que separaron a uno del otro, sentí que en cualquier momento llegaba el fin: el mío y el de un puñado de periodistas y diseñadores que en desbandada huimos como pudimos de un edificio que apenas se contoneó, pero aterró a todos, incluyendo al también periodista Reinaldo Linares, quien expresó algo que en ese momento me pareció exagerado: «Yo estaba muy pequeño, pero tengo buena memoria, y este temblor fue más fuerte que el del 67».

A las 6:54 salí del periódico al terminal suburbano de Petare, con la suerte de que enseguida conseguí puesto en un autobús donde tres borrachos se columpiaban en la puerta posterior. Era el pueblo obrero que continuó con su ebriedad de día festivo sobre el vehículo que me depositó en Guatire dos horas después, mientras mi incertidumbre crecía a extremos desesperantes, hasta que la noche me sorprendió agradecido por el abrazo con el que me fundí sobre el cuerpo aún tembloroso de mis hijos y su madre, en la penumbra de un apartamento regado de objetos domésticos como si se tratara de un campo minado.

Hablar con los muertos

A pesar de todo, la noción de la muerte, abstracta y amenazante, me seguía pareciendo lejana. Hasta las 10:30 am. del sábado 8 de agosto, cuando el palpitante perfume a mar de nuestro sutil Caribe se mezcló con el saturado almizcle de restos humanos, una esencia aplastante que finalmente me hizo desandar los pasos del horror, entre Caraballeda y Tanaguarena, para confirmar que más de seis mil personas, con sus pequeñas o enormes aventuras cotidianas, yacían bajo los escombros o como formas incorpóreas vagando entre la memoria de familiares y amigos que no cejan en su búsqueda, su hallazgo o su recuerdo.

Así lo refrendó el Topo Mayor azteca, Héctor Hernández, quien más tarde me recordaría lo fácil que resulta para un mexicano dialogar con el más allá, afirmando que en La Guaira había hablado con gente que no sabía que ya no era de este mundo.

No hay indulgencia en los actos de fe. Nadie, creyente, ha dejado de decir que se han hecho evidentes las señales del Creador y que estamos en los albores de los últimos días. Una infinidad de diversas confesiones religiosas y cultos (incluso misioneros de la cienciología) tomaron el territorio físico y el virtual para invocar los favores de las tres Divinas Personas en procura de la salvación mediante el perdón de los pecados.

Una mujer de aspecto taciturno blandió su ¡Despertad! sobre mi rostro en una plazoleta de San Bernardino, otro de los espacios golpeados por los sismos, para predicarme un salmo bíblico (46:1-2) que persuade con clarividencia redentora sobre el destino de la especie: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar”.

El drama de la vulnerabilidad no es nuevo en esas costas. En un conmovedor ejercicio imaginativo, el periodista Jesús Rosas Marcano evocó el proyecto frustrado de la revista El Lucero, ideada por Andrés Bello en 1810, para recordar cómo ya en el terremoto de 1812 se contabilizaban en medios nacionales y extranjeros al menos cuatro mil desaparecidos en La Guaira.

Sismos históricos y devastadoras vaguadas han intentado desdibujar esa franja de tierra, pero la identidad local se impone siempre a las tragedias.

El milagro de un café

Es que el guaireño es bonchón, jodedor, alegre, solidario. No lo digo yo, que la última vez que visité esa alucinante geografía fue hace tres años, y apenas me embalé sobre una silla encajada en la arena y resguardada por una sombrilla multicolor, totalmente embadurnado de protector solar. Lo asegura el historiador y docente Jesús Cumare, cronista oficial de La Guaira, quien sobrevivió a los terremotos y se sobrepuso para ayudar en diversas jornadas de solidaridad, como casi todos.

Insiste Cumare: “En La Guaira todos sufrimos el terremoto. Los que perdimos casa, familias. Aquí todo el mundo está afectado. Pero el guaireño no se va, el guaireño se queda. La historia nos ha demostrado que es así. La Guaira tiene un no sé qué que genera un sentimiento de arraigo muy profundo”.

Ese espíritu festivo e indomable se manifiesta en lo cotidiano. En Catia La Mar y en Playa Grande, entre la arquitectura golpeada y edificaciones trágicas, la gente prefiere limpiar el entorno y rehacer la vida. El cronista ilustra esa mentalidad colectiva mediante la pasión beisbolera: “El ejemplo más pertinente es el equipo de los Tiburones de La Guaira. Cuando va perdiendo 10 a 0 en el 9.º inning con 2 outs, es cuando más resuena la samba y la gente celebra como si estuviera ganando”.

Es el mismo espíritu que acompaña a Valentina Marchena, una morena hermosa y locuaz que en medio del sobresalto de la tierra abrazó a sus hijos con firmeza bajo un dintel de su casa en Corapalito, y desde entonces no ha parado de llorar y de ayudar. La vivienda salió ilesa, como toda su gente, pero sus chamos -Alma, Alonso y Daniela- perdieron compañeros de clases, del fútbol, del karate, de la vida, y aun así se reponen bajo un espíritu de absoluto desprendimiento y algo de irreverencia natural.

Curada de supersticiones, Valentina tiene una forma singular de explicar el entorno que se dibujó desde la sacudida tectónica. Se refiere con lirismo espontáneo a “la gente que huele a salitre y a pescado frito”, que deambula cazando sorbos de esperanza en medio de un paisaje, a ratos, desolador.

Ella, como muchos, no ha perdido la fe en la alquimia terrenal para la supervivencia. Lo resume con una determinación imperturbable cada día desde esa terrible tarde: “Me maquillé, por supuesto, y me planché mi pelo. Nunca derrotada, ¿oíste?, no hay necesidad de eso”.

Una semana después del sismo, decidió salir junto a su esposo, José Xavier, a repartir café caliente y arepas de pollo mechado recién hechas entre los vecinos, voluntarios y rescatistas golpeados por la tragedia. La respuesta de la comunidad fue un intercambio instantáneo de hermandad: “Y al que le daba café, era una vaina como que si yo le estaba entregando la casa nueva”.

La casa

Cien años de soledad, contaba Gabriel García Márquez, se iba a llamar originalmente La casa. Para el Gabo, el centro del mundo era la vieja casona de sus abuelos en Aracataca, punto fundacional de su universo vital y espacio mítico. Y es que el hogar es una analogía del vientre materno, la estabilidad, sitio de cobijo, descanso y convivencia, por lo que no existe, probablemente, una contradicción civilizatoria más oprobiosa que el hecho de que una casa se convierta en tu propia tumba.

Así les pasó a miles en La Guaira y Caracas. Así lo vivió Pedro Pérez en la avenida La Costanera de Los Corales, donde lo encontramos ofreciendo sus servicios de tapicería con los restos que a duras penas salvó de la catástrofe: dos máquinas inmensas y maltrechas que los saqueadores no le pudieron robar por el peso, y los restos de una pancarta donde explica sus servicios y exhibe algo imprescindible para conectar con sus potenciales clientes, un número telefónico que parece que grita que su dueño vive y sigue luchando.

Nos muestra los restos de lo que fue su hogar y su taller de tapicería en la Quinta Monreve, que se vino abajo de forma aparatosa. Perdió vivienda, moto, camioneta y enseres. Con herramientas básicas que pudo comprar gracias a préstamos de sus clientes, trabaja a la intemperie: “Y bueno, gracias a Dios, tenía algo de dinero ahorrado y pude comprarme la engrapadora y el resto de mis cosas para seguir trabajando. De hecho, mira (y señala hacia un mueble despedazado en una esquina), ya tengo chamba”.

Pérez es la expresión viva de la capacidad humana para remontar la adversidad. Con 65 años y una colostomía, pero con su familia intacta y 47 años de experiencia en su ramo profesional, nos confirma lo que al final de la tarde terminó pareciéndonos un mantra de la guaireñidad: “Yo de mi Guaira no me voy. Yo no me iré, no me iré”. Pedro solo aspira a conseguir una camioneta pick-up usada para transportar sus trabajos y continuar el oficio de toda su vida.

Pese a la desgracia, La Guaira siempre ha sido -y creo que lo seguirá siendo- referencia obligatoria de la felicidad. Los paseos a la playa de fin de semana, las vacaciones familiares en Los Caracas o Naiguatá, el delirio de Reverón por Macuto, la partida y el regreso de viaje desde el aeropuerto de Maiquetía.

Para el habitante de La Guaira, la frontera entre el miedo y la rutina se vuelve difusa. Mientras algunos recuerdan el susto inicial, la vida recobra su pulso y los comercios, servicios y negocios populares abren sus puertas.

“El mar no está recogido, el mar está como estamos nosotros”, suelta con ternura poética Valentina, quien no deja de reafirmar su sentido de pertenencia a un lugar que, aunque no es el de su origen, le dio abrigo y ahora la suma entre los suyos. Un sitio de mar ancho, convulso, que sigue golpeando la costa mientras sus habitantes vuelven, una y otra vez, a comenzar de nuevo. Gente que, por una razón mágica (o tremendamente terrenal), siempre se pone de pie.

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