La batalla por el legado de Mandela

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ANA AGOSTINO | Símbolo de la resistencia contra la segregación racial, primer presidente de la Sudáfrica pos apartheid, impulsor de una polémica salida al régimen que privilegió el conocimiento de la verdad sobre la justicia, Nelson Mandela -internado la semana pasada en grave estado, a los 94 años-­ se fue convirtiendo con el paso del tiempo en un ícono nacional incuestionado. También en una marca. Y en una de las pocas fuentes de legitimidad ante su base social de un gobierno que invoca la herencia del líder pero que ha profundizado la brecha social entre la propia población negra.

tumblr_mmjuilQHX11re166lo3_1280Brecha – brecha.com.uy

El sábado pasado al mediodía nuestro amigo Verne Harris estaba invitado a almorzar a nuestra casa en Pretoria. Fue uno de esos almuerzos en los que apenas se puede conversar porque el invitado no para de atender su celular. Verne es el director del Centro de Memoria de la Fundación Mandela y la información sobre el estado de salud del ícono sudafricano no dejaba de hacer sonar su Blackberry. Había algo de déjà vu en esa escena: muchas otras tardes o mediodías sentados en el jardín a la espera de que tras el sonido de su celular llegara la noticia que podía cambiar la cara de Sudáfrica, y del mundo. Verne sin embargo estaba tranquilo. Está convencido de que su país hace tiempo que vive una realidad pos Mandela, sólo que en el imaginario colectivo esto no se termina de aceptar. Mucho menos aun en el Congreso Nacional Africano (cna), consciente de que en gran medida su legitimidad como organización política está atada a la figura de quien fuera el primer presidente negro de Sudáfrica.

A pesar de las resistencias hay indicios de que la población ya ha comenzado a aceptar la no inmortalidad de su líder y en la prensa del domingo se citaron varias voces llamando a «dejar partir a Madiba», que pueda irse con dignidad, que «Dios lo libere de sus sufrimientos», o expresiones similares. El Sunday Times tituló «Es hora de que lo dejemos ir». El presidente de Sudáfrica, Jacob Zuma, en cambio, se resiste. «Nuestro presidente Madiba se debe recuperar rápidamente porque queremos que se quede con nosotros por mucho tiempo», dijo.

Quién hace declaraciones sobre el estado de salud de Mandela era un hecho cargado de significados. Es parte, en realidad, de la batalla por lo que hace ya bastante tiempo es un territorio en disputa: el legado de Mandela. Verne dice sin embargo que este legado no está dado, porque los legados no se reciben sino que se construyen. La batalla por lo tanto es quién, cómo y para beneficio de quiénes se crea y recrea ese legado. Los actores más visibles de la disputa son la familia, la fundación y el partido, pero están muy lejos de ser los únicos. A nivel de la opinión pública el partido viene ganando la batalla. Y el partido, además, desde hace muchos años, no se distingue del gobierno. Por lo que las declaraciones oficiales sobre el estado de salud de Mandela salen de la oficina del presidente de Sudáfrica.

El Congreso Nacional Africano es con seguridad el que más necesita a Mandela vivo. El ejemplo más claro de lo que podría llamarse la desesperación por mantener la imagen del partido inexorablemente ligada a la del líder histórico fue la visita en abril de este año de una delegación partidaria encabezada por Jacob Zuma a la casa de Mandela en Johannesburgo en la que hubo numerosas fotos, filmación y trasmisión al país y al mundo de un ex presidente apenas alerta y casi sin movimiento apoyando su mano sobre la del actual presidente sonriente y deseoso de ser captado por todas las cámaras posibles. Hubo enojos de la familia, críticas de la oposición, y una incomodidad que encontró expresión en varios medios de prensa con respecto a la utilización indigna de una enorme figura para los intereses de un partido cuya imagen pública viene deteriorándose progresivamente.

Es que, a pesar del convencimiento que desde el Centro de Memoria de la fundación se tiene con respecto a que esta ya es una Sudáfrica pos Mandela, el hombre vivo es una figura de la que se puede sacar dinero, fama y votos. La pelea por seguir sacándolos luego de su partida será atroz, no hay dudas.

En mayo se hizo pública la batalla legal que iniciaron dos de las hijas de Mandela, Makaziwe y Zenani, para acceder a los fondos provenientes de la venta de pinturas realizadas por su padre. Según informes de prensa sudafricanos, en 2005 Mandela indicó que no quería que sus hijas se inmiscuyeran en sus negocios, y dos compañías formadas para ese fin se hacen cargo de estas obras. Uno de los representantes de éstas es George Bizos, uno de los más conocidos abogados por los derechos humanos en Sudáfrica, que defendió a Mandela hace 50 años y con el que mantiene una gran amistad. Makaziwe y Zenani, con apoyo de 17 miembros de la familia, iniciaron un juicio para remover a Bizos y a sus dos socios de modo de acceder a las ganancias de la venta de estas pinturas y sketches, incluidas copias de litografías de la mano derecha de Mandela, supuestamente con una palma que recuerda la forma del continente africano, y firmadas por el ex presidente.

La venta de los derechos de filmación del funeral de su abuelo en la villa de Qunu por parte de Mandla Mandela ha estado en la prensa sudafricana intermitentemente al menos desde 2009. Cuando Mandla se divorció en 2012, su ex esposa reclamó parte de los fondos supuestamente negociados con la bbc, lo que determinó que él se presentara ante una corte negando tal acuerdo. El rumor nunca ha cesado desde entonces con respecto a qué cadena televisiva se vio favorecida con los derechos de filmación. Lo que es un hecho es que varias cadenas internacionales hace ya varios años intentan obtener acuerdos con poblaciones locales para garantizar buenas posiciones cuando llegue el momento de despedir al líder sudafricano.

Personas no tan allegadas también se han visto involucradas en acusaciones y contraacusaciones por intentos de obtener recursos aprovechando su conocimiento personal o cercanía con Mandela, ya sea para beneficio propio o incluso de otros. Una de ellas es la actriz sudafricana Charlize Theron, quien fuera recibida personalmente y con gran honor por el ex presidente cuando obtuvo un Oscar de la Academia en 2004. En 2009, sin embargo, tuvo un enfrentamiento con la fundación pues recolectó 130 mil dólares en un remate de beneficencia cuyo premio era una cena con Mandela para la que nunca pidió autorización. Ese mismo año la fundación también se vio involucrada en un incidente con el gobierno de la República del Congo por la inclusión en un libro escrito por el presidente Denis Sassou Nguesso de un prólogo firmado por Mandela. Cuando directivos de la fundación cuestionaron la inclusión de este texto indicando que nunca había sido escrito por el ex presidente sudafricano, voceros del gobierno del Congo declararon en una entrevista a la bbc que la fundación trataba a Mandela como una marca comercial y que su nombre no les pertenecía a ellos sino a todo el continente africano.

Si bien finalmente se comprobó que Mandela nunca había escrito ese prólogo, la acusación respecto al tratamiento de Mandela como «marca» no ha sido nunca rebatida. Es que desde finales de los noventa, cuando la figura pública claramente se consolidó con un estatus de celebridad internacional, se comenzó a hablar en varios círculos allegados al primer presidente pos apartheid del «fenómeno marca Mandela». Desde entonces la utilización de su imagen en souvenirs, ropa y varios otros objetos para la venta turística, así como en exhibiciones, galerías, museos, acontecimientos culturales y por diversas causas ha crecido de manera exponencial, en Sudáfrica y en el mundo. Sólo a modo de ejemplo, además de las pinturas de su autoría, se han vendido sus diarios personales, cartas, notas y otros archivos. La recaudación de todos estos emprendimientos se utiliza en parte para las diversas iniciativas benéficas como el Fondo de Niños Mandela y otros. Un caso especial es el de la campaña 46664 iniciada por la Fundación Mandela, cuyo nombre proviene del número de preso del ex presidente en Robben Island. Surgió en 2002, originalmente como una campaña global de sensibilización y prevención del vih-sida y tuvo gran repercusión, particularmente en Europa, con conciertos multitudinarios que simultáneamente buscaban honrar a Mandela y recaudar fondos para causas en las que él cree, y en torno a las cuales se moviliza muchísima gente, incluidos Embajadores 46664. En los últimos años la campaña se amplió más allá de la temática del sida y tiene como fin, según se lee en la página web, responder a lo que Mandela planteó en su discurso durante el concierto de 2008 en Londres, respecto a que había llegado la hora de «encontrar nuevas manos para levantar el peso». Así en 2009 Naciones Unidas declaró el 18 de julio, día de su cumpleaños, el Día Internacional de Nelson Mandela. Desde la campaña se ve este día como una de las oportunidades para «demostrar el rol que cada persona puede cumplir en llevar adelante el legado humanitario de Mandela» realizando distintas actividades y proyectos. Pero además la campaña 46664 se asoció a varias empresas de modo de no depender económicamente de donaciones y ha puesto en marcha varios proyectos, entre otros la Pulsera Oficial 46664, el paquete inicial para telefonía celular Vodacom 46664 y acuerdos con Brand id 46664 Apparel, que se encarga de comercializar ropa y otros productos. Quien entre a la página www.46664.com podrá ver cartas del obispo Desmond Tutu, publicidad de ropa interior y mallas, acciones por el Día de Mandela, historias sobre el origen de la marca e incluso la invitación a sumarse a oportunidades de negocios.

Omnipresente

Para la población sudafricana la presencia de Mandela está en todas y cada una de estas iniciativas que forman parte de la realidad cotidiana. Es infinita la cantidad de calles, pueblos, municipalidades, escuelas, universidades, centros comunitarios y todo tipo de edificios que se llaman Mandela. Los animales («the big five») que distinguían cada uno de los billetes sudafricanos según su valor quedaron de un solo lado, y en todas las denominaciones del otro lado sonríe Mandela. Podría decirse que Mandela es casi sinónimo de Sudáfrica. En uno de los tantos «Mandela scares» (sustos por la salud de Mandela que se han ido sumando a lo largo de los años), Nic Dawes del Mail and Guardian escribió en febrero de 2011 que «lo que los sudafricanos sienten por Mandela no es simplemente afecto o respeto. Incluso el amor no es una palabra lo suficientemente fuerte. Su presencia es parte de la estructura de nuestro ser nacional. Nos preocupa que tal vez no seamos exactamente nosotros sin él». Como parte de aquel mismo «susto», en una entrevista de prensa donde surgió el tema de la salud de Mandela el obispo Desmond Tutu preguntó: «¿Qué más queremos de él?»

La realidad del país es sin embargo muy distante de la «nueva Sudáfrica» que se anunciaba con la liberación de Mandela y de la «nación arco iris», según un término acuñado precisamente por el obispo Desmond Tutu. Mandela y sus esfuerzos por la reconciliación nacional fueron una seña de identidad en el esfuerzo por construir ese país. La otra gran seña, asociada precisamente con estos dos hombres, fue la entrega del informe final de la Comisión de Verdad y Reconciliación en 1998. Mandela culminó su mandato en 1999 y el país continuó su marcha embriagado con su nuevo estatus internacional, su hombre estrella, su proceso ejemplar, sus riquezas supuestamente ahora a disposición de todos sus ciudadanos. Pero la realidad mostró niveles de vih-sida inaceptables, una violencia endémica con cada vez mayor número de víctimas, niveles de pobreza persistentes, indicadores sociales desagregados por raza que apenas si mostraban mejorías respecto a los años del apartheid, con la educación ocupando las peores posiciones, brotes de xenofobia con ataques recurrentes a extranjeros provenientes sobre todo de otros países africanos, ineficiencia estatal reflejada en múltiples crisis de servicios públicos, niveles de corrupción crecientes que fueron alcanzando cada vez más a los líderes partidarios, incluyendo parlamentarios y altos jerarcas gubernamentales que terminaron presos, siendo el propio presidente Zuma uno de los que no quedó inmune frente al fenómeno.

Aun cuando Mandela ya no juega un rol político en el país, su mera existencia es el recordatorio de otra realidad posible. Hay una nostalgia de Mandela, por él, pero por el país que él encabezó al final del apartheid. Mientras viva, esa nostalgia duele menos. Cuando llegue el momento de despedirlo también se despedirá aquella Sudáfrica que nació en 1994 y que efectivamente ya no es. Retomando a Verne, la elaboración -y reelaboración- del legado de Mandela no implica el esfuerzo por hacer revivir aquel país sino por reimaginarlo. Con la convicción y la claridad que marcó la lucha de muchísimos hombres y mujeres en su resistencia al apartheid, pero con la capacidad para saber que los desafíos actuales son otros y requieren nuevas respuestas. Desafíos que incluyen, entre otros, superar la seducción del capital que ha condicionado el ejercicio del poder por parte del cna y que ha colaborado a convertir en «marca» al «padre de la patria». En Mandela por sí mismo (Mac Millan, Pretoria, 2011), un compendio de citas, el ex presidente dice: «La nuestra es una visión de una Sudáfrica justa y democrática, en la que toda su gente pueda disfrutar de una vida plena y provechosa». La sencillez de esta frase da cuenta de la inmensidad de la tarea.

 

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