Entender el 7 de octubre

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REINALDO ITURRIZA | No hace falta en lo absoluto ser un analista político muy brillante para saber que en Venezuela, luego de cada elección, se abre el compás de la discusión política, multiplicándose los puntos en agenda, y sometiéndose a deliberación incluso la orientación estratégica del proceso bolivariano. Así sucede, al menos, en el campo chavista. Ya está sucediendo y pronto intentaré hacer algún aporte.

La alegría. Foto: Yuri Valecillo

 

Reinaldo Iturriza – Saber y Poder

Por lo pronto, me siento obligado a compartir algunas reflexiones sobre la manera como una parte del antichavismo, no estoy seguro de que se trate de la mayoría, ha recibido la victoria de Chávez.

De todos los comentarios que he tenido oportunidad de leer, tal vez no haya ninguno tan brutal como el que sigue:

«Se acabaron los pendejos, de ahora en adelante no dar propinas ni a parqueros, ni a bomberos, ni a caleteros, ni a los que lavan carros, ni a la señora que nos ayuda en la casa, ni a los chamos en supermercados, cero aguinaldos, no comprar a buhoneros, que se jodan, porque aunque siempre reciban ayuda directa de nosotros, siempre votan por Chávez. Que empiecen a sentir el impacto de sus acciones, porque todos ellos viven de nosotros y del rebusque. Se acabó la regaladera de propinas. Estamos en un país socialista y tendremos que vivir así. Pásalo».

 

En YouTube circula uno de los documentos audiovisuales más tristes que haya visto en mi vida. Dura un minuto y quince segundos. En él se puede ver a Esteban, un inocente niño de cuatro años, a lo sumo, que llora desconsoladamente cuando su tío le informa que ha ganado Chávez.

 

Lo anterior, junto a los jóvenes que levantan barricadas frente a la Plaza Altamira de Caracas, viene a sumarse a la infinidad de mensajes y comentarios que sugieren que el 7 de octubre ha triunfado la «ignorancia», por decir lo menos.

El colofón podría ser el sofocante silencio de la abrumadora mayoría de medios sobre un hecho que, en cualquier otra circunstancia, hubiera sido considerada una «masacre»: el asesinato, en el estado Zulia, de siete chavistas a manos de un comerciante que perdió una apuesta con las dos primeras víctimas (a quienes habría disparado). Los otros cinco murieron luego de ser atropellados a pocas cuadras de los primeros asesinatos, mientras celebraban la victoria de Chávez. Es una noticia tan escalofriante que, lo confieso, aún dudo de su veracidad.

La situación no está para la burla. Ni siquiera para la indignación. Esto hay que tomárselo en serio.

Yo mismo la he emprendido contra el «antichavista promedio», facho, políticamente inculto, acomplejado, clasista, racista, y durante esta campaña he sentado posición contra las miserias y trampas del sifrinaje metido a la política.

Pero he llegado a preocuparme, con toda honestidad lo digo, por el severo daño que la clase política antichavista, y en particular el sifrinaje que pretende hacerse con el control político de la oposición venezolana, está causando en buena parte de su base social.

No diré la tontería de que jamás habíamos presenciado demostraciones similares de intolerancia. Aún tenemos fresco el recuerdo de todas las atrocidades cometidas por el antichavismo durante los primeros años de la revolución bolivariana.

Lo que no deja de sorprender es la virulencia con que la intolerancia ha vuelto a manifestarse. Por supuesto, resulta irónico, tanto como revelador, que tales demostraciones de mal ánimo tengan lugar al término de una campaña en la que Capriles Radonski hizo alarde de un discurso pletórico de referencias a la tolerancia y la reconciliación.

Vistas tales reacciones entre los derrotados, uno no puede sino pensar que estaban absolutamente convencidos de que el triunfo era un hecho. Al parecer, muchos no se pasearon jamás por el escenario de la derrota, algo inconcebible en política. A menos, claro, que se trate de recién llegados. Pero ese argumento se cae por su propio peso: ¿cuántas elecciones no se han celebrado desde que triunfó la revolución bolivariana?

¿A qué obedece, entonces, tanta incapacidad para asimilar la derrota?

Pienso que de la misma forma que el chavismo interpela a su gobierno y fustiga a su clase política, el antichavismo debería comenzar a exigirle cuentas a su dirigencia. Hasta ahora, prevalece en éste último la actitud autocompasiva, la victimización, el desconocimiento de la voluntad popular. Se conforma con la imagen de pueblo chavista pasivo, obsecuente, inmaduro, manipulado, acrítico, ignorante, lo que le permite seguir viviendo en la burbuja de la «gente decente y pensante», que asume cada derrota como el fracaso de la civilización, la razón y lo bello.

Capriles Radonski alimenta permanentemente esta manera de entender el mundo: este martes 9 de octubre, en rueda de prensa, repetía el mismo cuento: «Aquí ganó el gobierno, no ganó Venezuela». ¿Cuántas veces no lo hemos escuchado hablar, en ese tono condescendiente tan característico de las elites, de «pueblo oficialista»?

Esta trampa retórica, que asimila al pueblo chavista con el gobierno, y que de hecho convierte al chavismo en un desterrado, en un extranjero en su propia tierra (porque no forma parte de Venezuela), es lo que explicaría la inusitada frecuencia con la que el antichavista nos exige explicaciones por las fallas de gestión, muchas de ellas graves, en que incurre el gobierno bolivariano.

En general, para el antichavismo sigue siendo inconcebible la idea de un pueblo chavista que cuestiona con dureza e interpela a sus gobernantes, y esto sí equivale a no haber entendido una de las cuestiones más básicas de este proceso político. (Mucho menos se puede pretender que entienda que, más que una «buena gestión», somos muchos los que aspiramos una radicalización democrática de este proceso).

Mientras tanto, tal pareciera que está prohibido criticar alguna falla de gestión de algún alcalde o gobernador opositor. Si existieran, estas críticas no aparecen con mucha frecuencia en los medios antichavistas. En este sentido, el antichavismo incurre en una singular forma de autocensura. Y esto, sin mencionar la censura sistemática de la obra de gobierno, lo que implica sacar ventaja de una posición de dominio.

El antichavismo debe exigirles cuentas a sus dirigentes, pero también asumir su cuota de responsabilidad. La culpa (porque ni siquiera es la responsabilidad) no la puede tener siempre otro. La razón de la derrota no puede ser siempre el «fraude». ¿Cómo pretenden triunfar alguna vez si están tan lejos de haber aprendido a perder?

Urge aprender a sacar cuentas: es falso que Capriles Radonski reunió 6 millones 498 mil 527 votos «en tres meses». Es cierto que el antichavismo resultó derrotado ¡en 22 de 24 estados! Esa es la realidad. No basta con repetirse que estos resultados confirman que la mayoría no siempre tiene la razón. Por favor. Un poco más de sensatez. Así no se llega a ninguna parte.

Es probable que ningún antichavista se tome en serio estas palabras. Tal vez muy pocos lleguen a leer estas últimas líneas. Realmente lo lamento. La oposición hace falta. Estoy convencido de que la democracia tiene sentido sólo si es también para el que piensa diferente. Lo que pasa, entre otras cosas, por aceptar que el chavismo es mayoría, y que múltiples razones históricas explican esta realidad.

Antes de indignarse por nuestra alegría, de escandalizarse por nuestras celebraciones, intenten comprender las razones de su tristeza, de su frustración. Pero ya es hora de que dejen de ver la paja en el ojo ajeno. Comiencen por ustedes mismos.

No esperarán que les pidamos permiso para sentirnos felices. Que lo estamos. Porque hemos triunfado nuevamente. Y lo hemos hecho en buena lid.