El seco “productivo” de la Casa Blanca dice más que la sonrisa de Netanyahu

Diego Tudares

Mientras el primer ministro de Israel califica el encuentro como “uno de los mejores” entre ambos y reivindica una coordinación total frente a Irán, la Casa Blanca se limita a describirlo como “productivo”, tras las críticas de Washington a la insistencia israelí en recrudecer la guerra.

La relación entre Donald Trump y Benjamín Netanyahu ha sido durante años una de las alianzas políticas más sólidas entre Estados Unidos e Israel. Sin embargo, las apariencias ya no bastan para ocultar que ambos líderes atraviesan una etapa marcada por los recelos, las prioridades divergentes y una visión distinta sobre cómo debe concluir la guerra con Irán.

La reunión celebrada en la Casa Blanca, de aproximadamente noventa minutos y sin comparecencia conjunta ante la prensa, dejó una imagen poco habitual. No hubo grandes anuncios, tampoco gestos de complicidad ante las cámaras. Mientras desde el entorno del primer ministro israelí se insistía en que el encuentro había sido «muy bueno y muy positivo», la comunicación oficial de Washington se redujo a un escueto calificativo: «productivo».Netanyahu scomparso? Tensioni Iran e rischio nucleare

La diferencia puede parecer únicamente semántica, pero en diplomacia el lenguaje suele decir tanto como los comunicados oficiales.

Aunque Estados Unidos e Israel siguen compartiendo un objetivo estratégico fundamental —impedir que Irán desarrolle armamento nuclear—, discrepan cada vez más sobre el camino para lograrlo. Para Netanyahu, la guerra representa una oportunidad para debilitar de forma definitiva la capacidad militar de la República Islámica. El Gobierno israelí considera que Teherán continúa reconstruyendo sus instalaciones nucleares, reforzando su programa de misiles balísticos y manteniendo una red regional de aliados armados que siguen suponiendo una amenaza para Israel.

Desde esa perspectiva, aumentar la presión militar continúa siendo una opción válida. Washington, en cambio, empieza a valorar otros riesgos. La Administración Trump observa con preocupación el impacto económico que tiene una guerra prolongada en Oriente Próximo. El estrecho de Ormuz continúa siendo una de las principales arterias energéticas del planeta y cualquier interrupción del tráfico marítimo repercute inmediatamente sobre el precio del petróleo, la inflación y la estabilidad de los mercados financieros.

Para la Casa Blanca, la prioridad ya no consiste únicamente en contener a Irán, sino en impedir que el conflicto desemboque en una crisis económica internacional.

Netanyahu busca mantener implicado a Trump

Diversas informaciones publicadas en medios estadounidenses e israelíes apuntan a que Netanyahu acudió a Washington con un objetivo muy concreto: convencer a Trump de que Irán continúa negociando de mala fe y de que no debe reducir la presión militar sobre Teherán.

Según esas informaciones, el dirigente israelí pretendía compartir nueva información de inteligencia relacionada con las instalaciones nucleares iraníes, especialmente sobre el complejo subterráneo conocido como Pickaxe Mountain o Montaña Pico. Sin embargo, horas antes del encuentro, Trump dejó entrever públicamente su incomodidad. «No necesito que Bibi me lo diga. Sabemos perfectamente lo que está pasando», afirmó al ser preguntado por ese asunto, añadiendo que Netanyahu insistía en trasladarle esa información porque «quiere que siga involucrado».

Las declaraciones fueron interpretadas por numerosos analistas como una muestra poco habitual del desgaste que atraviesa la relación entre ambos dirigentes.

Aunque la diplomacia israelí negó posteriormente que Netanyahu hubiera hecho públicas esas informaciones sobre Pickaxe, el episodio reflejó una realidad difícil de ocultar: la confianza política entre ambos ya no parece tan sólida como durante el primer mandato de Trump. De hecho, la posición del presidente estadounidense tampoco puede entenderse sin observar la evolución de su propia base electoral, ya que el movimiento Make America Great Again (MAGA) nació defendiendo una política exterior mucho más limitada que la tradicional estrategia intervencionista de Washington.

Aunque el presidente Donald Trump autorizó operaciones militares conjuntas con Israel, una facción crítica de sus votantes y asesores alineados con la doctrina «America First» teme que Estados Unidos quede atrapado en una guerra interminable en Oriente Próximo según informes de POLITICO. Ante la cumbre de este martes en el Despacho Oval —enmarcada en un contexto de hostilidades directas entre Washington y Teherán e intentos de restaurar una tregua—, diversas figuras del entorno conservador han exteriorizado su alarma por el coste inflacionario y financiero del conflicto.

El podcaster y exestratega de la Casa Blanca, Steve Bannon, resumió esta frustración interna con una dura crítica al primer ministro israelí difundida por la revista The New Republic: «Netanyahu ha tenido el doble de visitas a la Casa Blanca en 18 meses que Winston Churchill en toda la II Guerra Mundial, y cada una de ellas ha sido un desastre para ‘America First’». Con estas palabras, Bannon evidenció el malestar del ala aislacionista republicana ante el hecho de que esta representa la séptima visita oficial de Netanyahu a territorio estadounidense desde el inicio del segundo mandato de Trump, acusándolo de arrastrar a la administración hacia una escalada contra la República Islámica en detrimento de los intereses nacionales.

Economía frente a estrategia militar

Si existe un punto donde los intereses de Washington y Tel Aviv chocan con mayor claridad, es en el cálculo de costes. Mientras que Israel contempla el conflicto desde una perspectiva puramente de seguridad nacional, Estados Unidos incorpora además una dimensión económica mucho más amplia; esto se debe a que cada episodio de tensión en el Golfo Pérsico provoca movimientos inmediatos en los mercados energéticos, cuyas subidas del petróleo afectan directamente a la inflación estadounidense y complican el panorama político de un presidente que afronta unas decisivas elecciones de mitad de mandato.

La Casa Blanca también observa con preocupación la evolución del mercado de deuda y el comportamiento de los bonos del Tesoro, los cuales son especialmente sensibles a cualquier escalada militar. En otras palabras, mientras Netanyahu mide el éxito en términos de capacidad militar iraní destruida, Trump debe hacerlo también en función del precio del petróleo, de la estabilidad financiera y del impacto electoral que pueda tener una guerra prolongada.

Tanto Trump como Netanyahu llegan a esta fase del conflicto con importantes condicionantes políticos. Por un lado, el presidente estadounidense necesita demostrar que puede gestionar una crisis internacional sin embarcar al país en otra guerra interminable, cumpliendo así con uno de los compromisos que marcaron buena parte de su discurso político. Por otro lado, Netanyahu afronta un escenario interno complejo en el que requiere mantener la percepción de firmeza frente a Irán y, al mismo tiempo, preservar la alianza con Washington como la principal garantía de seguridad para Israel.

Aunque ninguno puede permitirse romper con el otro, tampoco parecen dispuestos a asumir plenamente las prioridades de su aliado, configurando así una alianza que continúa pero bajo el peso de nuevas tensiones. Pese a estas diferencias, nadie cuestiona que la cooperación militar entre Estados Unidos e Israel continúa siendo extraordinariamente estrecha.

Ambos gobiernos mantienen el mismo objetivo estratégico de impedir que Irán alcance capacidad nuclear militar y siguen coordinando buena parte de sus políticas de seguridad en Oriente Próximo. Sin embargo, la reunión en la Casa Blanca ha puesto de manifiesto que esa coincidencia ya no implica necesariamente una identidad absoluta de intereses.

Israel considera que el momento exige mantener la presión sobre Teherán hasta modificar de forma permanente el equilibrio estratégico de la región. Estados Unidos parece inclinarse por combinar la presión con la diplomacia, consciente de que una guerra abierta y prolongada amenaza con generar costes económicos, políticos y geoestratégicos difíciles de asumir incluso para la primera potencia mundial.

*Abogado egresado de la URBE, aficionado a la política internacional, a los derechos humanos y al medioambiente. Publicado en Mundiario