Cuando se hunde el Titanic, aparecen los Bolsonaro
Raúl Zibechi
Cuando se hunde el Titanic, aparecen los salvadores vociferantes, los que gritan asegurando que la salvación consiste en seguirlos, los que insultan señalando a los supuestos culpables, pero nunca argumentan ni explican. La solución son ellos, su autoritarismo patriarcal intransigente y violento que sólo atina a dar órdenes, promoviendo la salvación individual de los elegidos y despreciando a los que van lentos y a los que simplemente dudan.
Cuando se hunde el Titanic, no tiene el menor sentido culpar a los capitalistas que construyeron un barco defectuoso (por más que sean culpables), ni al capitán que estaba distraído o alcoholizado en el momento de mayor peligro. El análisis racional y positivista no lleva a ningún lado porque no ofrece caminos concretos para superar la inminente muerte colectiva. En esos momentos, siempre ganarán los profetas autoritarios aunque su intervención sea, supuestamente, irracional y embebida de fanatismo.
El sistema-mundo se está hundiendo. Bueno, lo están hundiendo las grandes potencias que luchan contra otras grandes potencias por la primacía global. Estados Unidos, China, Rusia, la Unión Europea, y una pequeña legión de potencias aspirantes a las hegemonías regionales, como Irán, Turquía, Arabia Saudita, India, Brasil, Sudáfrica, Pakistán, Japón, y alguna más.
Cuando la barca-mundo se está hundiendo, como señalaba Fernand Braudel, es el momento en el que se hacen visibles los puntos débiles en la construcción. “El naufragio siempre es el momento más significativo; mucho más significativos aún que las estructuras profundas de la vida son sus puntos de ruptura, su brusco y lento deterioro bajo el efecto de presiones contradictorias”, escribió en Historia y ciencias sociales.
Pero cuidado: hay un punto débil, ciego, que no queremos ver: nuestra cultura política también se está hundiendo; está enseñando sus límites, sus “puntos de ruptura”, en palabras del sabio. El principal, a mi modo de ver, es la confianza ciega en el Estado, en los gobernantes, en las políticas de de-rechos, en el valor de las leyes y los discursos. O sea, en todo aquello que no va a conseguir nada más que adormecer a las multitudes con cuentos. “La cuna del hombre la mecen con cuentos. Los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos”, verseaba León Felipe. En suma, leyes y programas sociales.
Las izquierdas son maestras en el arte de contar cuentos, en creerlos y hacerlos creer a sus seguidores. En tanto, los Bolsonaro ofrecen salidas, señalan dónde están las puertas, aunque conduzcan al abismo.
En esa construcción de salvadores y profetas fanáticos, confluyen varias vertientes: desde los herederos de las dictaduras militares (incluyendo las dictaduras electorales), hasta los criminales y mafiosos que podemos sintetizar como capitalistas. Porque ese es el capitalismo realmente existente, el de las mafias de las drogas, de las armas y los medicamentos, a los que deben sumarse las mafias de las biblias, los evangélicos y neopentecostales.

Aquí es necesario detenerse. Un reciente artículo del diario El País sintetiza el bolsonarismo como la suma de “pánico moral, furor evangélico y guerra cultural”. Cierto, pero es necesario preguntarse por qué millones de brasileños –o de cualquier otra nacionalidad– siguen a los profetas fanáticos; por qué las mujeres pobres y faveladas eligen a un machista violento que las desprecia.
La corresponsal lo dice de forma muy clara: “el motor del cambio social lo encarna la mujer negra pobre a la que la comunidad religiosa le ofrece una red de ayuda más eficaz que la estatal. Es esa brasileña a la que el marido no maltrata desde que dejó el alcohol, que aprendió a leer con las Escrituras o que ve las clases de guitarra de sus hijos como una alternativa segura a unas calles donde la delincuencia ofrece dinero fácil y estatus” ( El País, 27/09/26).
Esas son las razones por las cuales siguen a los fanáticos. No las opciones ideológicas en las que piensa la izquierda. En el momento del naufragio, lo que necesitan los pueblos son salvavidas colectivos, y los únicos que conocemos cuando los Estados-barcas están zozobrando se llaman autonomías. No hay más. Cuando colapsen San Pablo, Ciudad de México, Lima, y muchas otras, los de arriba escaparán en helicópteros, aviones y caravanas protegidas por bandas armadas.
Los de abajo, los que fueron encerrados por los de arriba en las bodegas del Titanic porque no alcanzaban los botes salvavidas, estarán condenados. Salvo que desde ya se pongan a construir auto-nomías, del más diverso tipo. Tenemos maestros que nos están enseñando ese camino, porque ya lo están haciendo, porque “la metateoría de los zapatistas es nuestra práctica” (subcomandante Galeano), y esa no necesita discursos.
Las izquierdas no pueden ir más allá del Estado-Titanic por muchas razones. Entre otras, porque no pueden acompañar a los pueblos del color de la tierra sin la pretensión de dirigirlos.
* Periodista, escritor y pensador-activista uruguayo, dedicado al trabajo con movimientos sociales en América Latina.