El puente de la Paz

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Romain Migus | 

Unas espesas nubes de humo negro se funden con la neblina de los gases lacrimógenos. Gritos y golpes retumban en el cielo, anunciando una lluvia de piedras, plomo y fuego que cae sobre siluetas encapuchadas enfrentándose en el puente.

La atmósfera irrespirable añade una tensión macabra a la escena. Si la frontera divide, el puente siempre ha sido el símbolo de la unión entre dos pueblos tan parecidos como irreconciliables. Ese día, no hubo unión. Ardió el puente en una épica tragedia.

Bajo la apariencia mediática de una “intervención humanitaria”, Estados Unidos y sus vasallos regionales del Grupo de Lima se habían embarcado en una operación para cambiar el régimen en Venezuela. El objetivo de los golpistas era intentar tomar el territorio fronterizo venezolano para establecer una base de retaguardia necesaria en la conquista del poder. La captura del puente era un objetivo estratégico para atomizar el territorio bolivariano.

Durante 16 horas, los patriotas venezolanos resistieron los repetidos asaltos de grupos de choque de la ultraderecha venezolana ayudados por grupos narcoparamilitares colombianos presentes en la región. Aquel 23 de febrero de 2019, inicio la batalla de los Puentes.

Este puente es un símbolo de la relación fraternal y tortuosa entre Colombia y Venezuela. La estructura, que lleva el nombre del Libertador Simón Bolívar, une la ciudad venezolana de San Antonio con la de Villa del Rosario, lugar de nacimiento de Francisco de Paula Santander, histórico opositor al proyecto bolivariano. Condenado a muerte y luego indultado por Bolívar, contribuyó a extinguir el sueño de una Colombia grande e igualitaria deseado por el Libertador. Dos siglos después, los proceres sigan desafiándose cara a cara.

Durante los años en que el uribismo dominó la escena política colombiana, esta tensión histórica alcanzó su máxima expresión. De cada lado del puente: dos ideologías, dos visiones del mundo. Bolívar contra Santander, Socialismo del siglo XXI contra narco-neoliberalismo, soberanía contra doctrina Monroe.

Lamentablemente, en los maravillosos pliegues de la tierra colombiana, el Estado narco-uribista ha sembrado el odio y cosechado la barbarie. Numerosos grupos armados han florecido a lo largo de la frontera. Algunos de ellos, como los paramilitares, no dudaron en cruzar el puente para desestabilizar la Revolución Bolivariana e imponer el terror en el cual habían sumergido a los colombianos en ciudades y pueblos venezolanos.

Las probadas alianzas entre la oposición venezolana y estas bandas mafiosas demuestran que esta lacra ha desbordado el río para instalarse en el país vecino. Una paz duradera en Colombia requiere una relación armoniosa entre los dos países reconciliados.

Más allá de los numerosos enfrentamientos, el puente Simón Bolívar es también un testigo de los fuertes lazos humanos, culturales y económicos que unen a esta región binacional. De San Cristóbal a Pamplona, de Rubio a Ocaña, se habla el mismo idioma, se baila el mismo vallenato, y desde hace siglos comparten apasionadamente el mismo techo, las mismas familias, los mismos amores. A pesar de las divisiones, Cúcuta y San Antonio forman una sola metrópoli, atravesada por un río, tal como el Támesis o el Sena cortan sus capitales europeas en dos orillas.

Los problemas de un país siempre han encontrado una solución en la otra ribera. Durante años, los colombianos huyendo de la guerra y del desplazamiento forzado han cruzado el puente en busca de un refugio seguro para establecer sus hogares. Recientemente, a raíz del criminal bloqueo de Venezuela por parte de Estados Unidos y sus aliados, muchos tachirenses han pasado del otro lado del puente.

La dinámica económica de esta región binacional la convierte en una de las principales fronteras comerciales del continente. Cuando Washington no se entromete en el destino común de los dos vecinos, por el puente Simón Bolívar puede transitar más de siete mil millones de dólares de mercancías anuales. El puente es un factor clave en la vida de los habitantes. Cuando se cierra, la mayoría de los negocios de Cúcuta y del Norte Santander sufren el impacto y se ubican al borde de la quiebra.

El 26 de septiembre de 2022 marca una fecha histórica. Concluye la Batalla de los Puentes, iniciada tres años antes. La reapertura de la frontera colombo-venezolana es una victoria de la fraternidad, y una inmensa esperanza para la construcción de una “paz total con justicia social” para retomar las palabras del presidente colombiano Gustavo Petro.

No obstante, para lograr enviar a las fuerzas oscuras, a los cárteles, a sus patrocinadores políticos y a la Doctrina Monroe a las profundidades del río Táchira los desafíos siguen siendo inmensos. Legalizar el comercio ilegal no será fácil, como tampoco lo será combatir el tráfico de gasolina, el contrabando y el lavado de dinero. Un primer paso importante podría ser la derogación de la ley colombiana 681 del 10 de agosto de 2001, que legaliza el expolio de los combustibles venezolanos, o de la resolución del Banco Central de Colombia del 5 de mayo de 2000, que delega en las agencias de cambio de la frontera con Venezuela la tarea de determinar el tipo de cambio del peso frente al bolívar a su antojo.

Dos países soberanos van a tener que reconstruirse sobre la base del respeto y la cooperación, retomando el sueño de Bolívar, que quedó en suspenso durante 200 años. Para que nunca más el puente que lleva el nombre del Libertador se convierta en un símbolo de la guerra y la destrucción.

Source romainmigus.info