El imperio, complicado: vulnerabilidad estratégica y cambio de era en el Golfo

(Xinhua)
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Pablo Rodríguez

La guerra contra Irán podría marcar un punto de inflexión en el equilibrio estratégico del Golfo Pérsico y acelerar el declive de la influencia estadounidense en Oriente Medio. Dos semanas después del inicio de la ofensiva, Estados Unidos e Israel no han logrado su objetivo declarado de provocar un cambio de régimen. Según estimaciones del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos (IISS), más del 70% de los ataques aéreos estadounidenses se han dirigido contra infraestructuras militares y logísticas iraníes, sin éxito decisivo. Al mismo tiempo, Irán ha demostrado una capacidad de respuesta que ha sorprendido a los analistas del Pentágono.

De acuerdo con fuentes regionales, más de una docena de misiles iraníes de precisión alcanzaron bases estadounidenses en Irak, Jordania y los Emiratos Árabes Unidos. Dos radares AN/TPY‑2, fundamentales para el sistema antimisiles THAAD, quedaron fuera de servicio, lo que redujo en casi 40% la cobertura de defensa en el Golfo occidental. La reposición de estos sistemas podría costar más de 4.000 millones de dólares y demorar meses. Para los aliados locales, este es un mensaje claro: la disuasión estadounidense ya no es infalible.

La ecuación de seguridad que sustentó durante medio siglo la relación entre Washington y las monarquías petroleras se está erosionando. Desde los años setenta, Arabia Saudí y sus vecinos vendían petróleo en dólares —sosteniendo el llamado “petrodólar”— y reciclaban los excedentes financieros en activos estadounidenses, garantizando una fuente estable de liquidez para Wall Street. A cambio, el Pentágono ofrecía garantías de defensa y presencia militar permanente. Hoy, ese acuerdo implícito enfrenta su mayor desafío. Las bases estadounidenses, lejos de brindar protección, se han convertido en posibles blancos.

Baréin, sede de la Quinta Flota, ha vivido manifestaciones espontáneas en comunidades chiíes tras los ataques iraníes que inutilizaron parte de la base naval principal. En paralelo, Emiratos Árabes y Arabia Saudí evalúan medidas de contingencia ante la posibilidad de nuevos ataques sobre su territorio. Un informe del Banco Mundial advierte que un cierre prolongado del estrecho de Ormuz —por donde circula el 30% del crudo mundial— podría aumentar los precios del petróleo por encima de los 150 dólares por barril y provocar pérdidas diarias de hasta 500 millones de dólares a las economías del Golfo.

Una marcha en contra de los ataques estadounidenses e israelíes en Irán, en Londres, Reino Unido. (Xinhua)
Crisis económica

La dimensión económica de la crisis es igualmente delicada. Dubái y Catar basan buena parte de sus ingresos en sectores no petroleros —inversiones, turismo, centros de datos y logística— que dependen de un entorno percibido como seguro. Tras los ataques, las reservas hoteleras en Dubái cayeron un 18% y las bolsas de la región registraron pérdidas promedio del 7% en una semana. Además, Irán ya ha reivindicado ataques contra centros de datos estadounidenses en Baréin, afectando servicios de Amazon Web Services (AWS) y Oracle, lo que demuestra que el frente digital también se ha militarizado.

En lo político, el aislamiento estadounidense se ha agudizado. Washington pidió a la OTAN apoyo naval para proteger el Golfo, pero ninguno de sus principales aliados respondió favorablemente. Reino Unido y Francia se limitaron a ofrecer asistencia diplomática. Alemania y Japón descartaron abiertamente participar. Esta negativa colectiva refleja el desgaste de la autoridad estadounidense y su creciente dependencia de coaliciones ad hoc.

Mientras China y Rusia amplían su influencia económica, diplomática y tecnológica en la región —con acuerdos energéticos y de seguridad por más de 120.000 millones de dólares en la última década—, las monarquías del Golfo comienzan a diversificar sus alianzas estratégicas. Pekín, que ya es el mayor comprador de petróleo saudí, aparece como un socio más confiable en términos de estabilidad y mediación.

Incluso si un alto el fuego se alcanza pronto, sus repercusiones serán duraderas. Estados Unidos probablemente mantendrá su presencia militar, pero su papel como garante único de la seguridad regional ya no parece viable. La guerra contra Irán ha hecho visible una realidad que venía gestándose: la estructura de poder que Estados Unidos construyó durante medio siglo en el Golfo está, por primera vez, seriamente cuestionada.