El huracán bolivariano

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JOSU MONTALBÁN | NO deseo ser demasiado malpensado ni perverso, pero no habrán sido pocos los que se habrán sentido defraudados por la Divina Providencia al comprobar que la salud del actual presidente de Venezuela resiste los embates del cáncer que sufre desde hace algún tiempo.

Josu Montalban – DEIA

Durante trece meses, Hugo Chávez viene sometiéndose a un tratamiento para derrotar al cáncer y, curiosamente, en lugar de acudir a Houston para ser asistido por científicos y médicos de fama internacional ha acudido a Cuba donde, a tenor de tantas informaciones divulgadas por los enemigos del castrismo, debe haber carencias importantes que debilitan claramente la eficacia y eficiencia de su sistema sanitario. Tras no pocas visitas, idas y venidas debidamente anunciadas e informadas, la salud de Hugo Chávez es aún suficiente como para afrontar las trascendentales y decisivas elecciones presidenciales de Venezuela del próximo domingo. Va a ser la decimocuarta vez que se somete a la aceptación de los venezolanos, desde aquel día del mes de diciembre de 1998 en que ganó sus primeras elecciones democráticas.

Cuando en el pasado mes de julio se inició la campaña electoral de forma oficial, el cáncer arreciaba de modo tan brutal que todos mirábamos hacia la pantalla de la televisión con la curiosidad de ver si la gravedad de la situación se iba reflejando en las facciones del rostro de Chávez. Supongo que cada cual interpretaría cada visión conforme a sus conveniencias: los chavistas, es decir, las gentes más humildes y sensibilizadas, queriendo ver salud ostensible donde había rasgos de enfermedad; los opositores, es decir, los adinerados y oligarcas; viendo signos de decrepitud donde había suficientes muestras de salud. Hasta aquí lo anecdótico. Lo más importante es otra cosa. La derecha venezolana no soporta cómodamente catorce años en la oposición bajo un gobierno realmente socialista que no les concede respiros ni privilegios, en tanto siga habiendo pobres y necesitados que requieren que el Estado les proteja y les confiera dignidad. Tal ha sido el nerviosismo y la prisa de la derecha que recurrieron a un proceso de elección del candidato que debía competir con Chávez. Lo hizo convocando a todos los partidos conservadores y ultraliberales (además de algún partido que se declara socialdemócrata despechado) alrededor de una Mesa de Unidad Democrática, como dando a entender que la democracia se encuentra en peligro. Alrededor de esta Mesa se arremolina el antichavismo, que recoge a treinta formaciones entre las que se encuentran las clásicas AD (Acción Democrática) y COPEI que aportaron entre las dos once presidentes a la IV República, anterior a la actual República Bolivariana.

También Hugo Chávez se presenta respaldado por una alianza importante (GPP, Gran Polo Patriótico), pero el partido al que pertenece -del cual es su fundador-, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), obtiene más del 45% de los sufragios del país. Hugo Chávez es un líder indiscutible, aunque discutido en las filas retrógradas que copaban el poder económico y político hasta su llegada. No es extraño tratándose de un gobernante poco dado al pragmatismo y profundamente convencido de que el objetivo de su acción política es la gente pobre de las capas bajas y medias. No trata solamente de atenuar los rigores o ayudar a que los sufrimientos sean menores, porque se trata de construir el socialismo venezolano del siglo XXI. Se muestra inconformista, lo que es una garantía de futuro. Él mismo da voz a su propia conciencia crítica: «Soy mi primer opositor… Uno puede criticar a la revolución, pero no puede votar a la burguesía porque sería una traición. A veces podemos fallar, pero tenemos en el corazón amor de verdad por el pueblo». Y eso queda demostrado cuando se repasa el inventario de sus catorce años como presidente.

Fue atacado en su persona y en su honor. Ciertamente, su comportamiento democrático actual contrasta con el intento de golpe de Estado que protagonizó en 1992 contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, por el que pagó en la cárcel hasta ser indultado por el presidente Caldera. Quienes quieren aprovechar este hecho para combatirle han enmudecido tras elegir a quien va a liderar el bando opositor en estas próximas elecciones. Henrique Capriles fue uno de los autores del golpe de Estado de abril de 2002 contra Hugo Chávez, y partícipe directo del asalto a la Embajada de Cuba en Caracas, a la que intentó prender fuego. Además, procede de una de la familias más ricas de su país. Su adscripción al partido ultraconservador Tradición, Familia y Propiedad no le impide asegurar que su modelo político es Lula da Silva, en una impostura en la que solo está presente la artera y exclusiva intención de debilitar a Hugo Chávez.

Esta carta de presentación del opositor Capriles contrasta con el listado de consecuciones del presidente, a pesar de que Chávez no vaya a encontrar demasiadas facilidades para extender sus logros a través de los medios de comunicación de su país. Solo un 10% de las emisoras de radio son públicas y solo un 12% de los canales de televisión lo son. En ese sector privado, la inmensa mayoría de las radios y televisiones, además de los dos diarios más importantes -El Nacional y El Universal-, son sistemáticamente hostiles al Gobierno. El programa Aló Presidente, en que Chávez responde a todo tipo de preguntas que le hacen los venezolanos, solo es un oasis en el inhóspito desierto informativo volcado en la propaganda antichavista. La fuerza que le asiste son sus dotes de convicción y la acción política desarrollada hasta ahora. Lo definió Noam Chomsky de este modo: «Lo emocionante es ver en Venezuela cómo se está construyendo ese otro mundo posible y ver a ese hombre que ha inspirado esa nueva situación».

La nueva situación se escribe y concreta en cifras. Durante los años de presidencia de Hugo Chávez la pobreza extrema de Venezuela ha descendido en un 63%. La tasa de mortalidad infantil ha disminuido a la mitad, a pesar de las condiciones en que aún nacen y viven muchos niños venezolanos. El analfabetismo ha sido erradicado casi por completo y ya solo se produce en proporciones asimilables a cualquier país desarrollado. El número de maestros de la enseñanza primaria se ha multiplicado por cinco, pasando de 65.000 a 350.000. En la región es el segundo país con mayor número de estudiantes matriculados en educación superior, por delante de Argentina y de Chile; y es además el quinto país a escala mundial, superando a EE.UU., al Reino Unido, a Francia y a España. Ha multiplicado por cinco la construcción de viviendas a precios asequibles, y ha concedido pensiones, en diferentes modalidades, a todos los ancianos con independencia de que hayan cotizado o no lo hayan hecho. Las ayudas económicas a familias o personas que soportan cargas o situaciones graves para su vida con dignidad se han multiplicado de tal modo que nadie sufre carencias importantes. Es justo subrayar que a su llegada al Gobierno, Chávez detuvo la privatización del Instituto Venezolano de la Seguridad Social, e inició una vía de incremento del número de pensionados mediante decretos especiales, pasando de 380.000 en 1998 a más de dos millones de pensionados en 2011, incorporando a muchas personas que no habían cotizado a causa de la condición informal de sus trabajos. A la llegada de Hugo Chávez, el desempleo estaba en el 20%, ahora fluctúa entre el 7% y el 8%. Y frente a quienes le achacan haber convertido a Venezuela en un país de subsidiados, lleno de gentes subvencionadas, es justo resaltar que su economía crece por encima de los parámetros que se dan en los países más prósperos de Europa.

Pero además de la consolidación de un sistema que se ha demostrado bueno para los ciudadanos, en las elecciones del domingo se juega el equilibrio de la región. La importante influencia de Venezuela en la economía de los países de su entorno es trascendental. No solo Ecuador, Nicaragua y Bolivia, cuya relación con la Venezuela de Chávez, a través de sus respectivos presidentes, es estrechísima, sino también Argentina, Uruguay y Brasil mantienen relaciones preferentes desde que Hugo Chávez tomó las riendas e hinchó el pecho contra las viejas estructuras y las organizaciones que mantenían a todos los países bajo los designios y el mandato de EE.UU. Hugo Chávez no solo se ha erigido en el líder venezolano por antonomasia sino que ha propiciado importantes transformaciones en la región. La entrada de Venezuela en Mercosur, después de que durante bastante tiempo fuera vetada por Paraguay, y la creación del ALBA para sustituir a la antigua ALCA, que ejercía bajo las ordenes USA, han sido avances importantes en la reubicación de los países de la región en el mundo. A sus adversarios políticos no les ha sido posible conseguir el descrédito ni el debilitamiento de Hugo Chávez. Orador de corte mesiánico, como es, la devoción de los parias de Venezuela hacia su figura resultará decisiva para su victoria, como también lo será el grado de cansancio que impere en la masa electoral tras tantos años de Gobierno. «Mientras Dios me dé vida estaré luchando por la justicia de los pobres», les dice. Pero su compromiso trasciende: «…pero cuando yo me vaya físicamente, me quedaré con ustedes por estas calles y bajo este cielo,…, Chávez es ahora todo un pueblo invencible». El mesianismo que rezuma esta frase solo es valioso cuando se le contrasta con las acciones ejecutadas. Hasta ahora Chávez ha sido leal al socialismo más humano. Por todo eso merece volver a ganar. También los venezolanos más humildes, los pobres y los desheredados de los ranchitos merecen que Hugo Chávez vuelva a ganar.

Termino como empecé. Chávez no ha muerto, a pesar del cáncer y, quizás, de los deseos de sus adversarios y enemigos. Así lo ha expresado el mismo Hugo Chávez cuando anunció a los venezolanos su decisión de «retomar las calles»: «Dijeron de mí: Ese va a estar encerrado en Miraflores (el palacio presidencial) en una campaña virtual, por Twitter y vídeo; se burlaron de mí como les dio la gana, pues aquí estoy de nuevo, retornando con la fuerza indómita del huracán bolivariano. Ya extrañaba yo el olor de las multitudes y el rugir del pueblo en las calles».

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