El fanatismo de Milei por Trump y la triste realidad económica

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Claudio della Croce

El fanatismo de Javier Milei por Donald Trump lo empuja a humillarse pero no a imitarlo. La sumisión alcanza a la diplomacia, donde la Argentina fue arrastrada a votar en contra de una resolución de Naciones Unidas destinada a prevenir y poner fin al uso de la tortura.

Votó junto a Estados Unidos, en cuyas bases militares instaladas en los países invadidos practicaban vejaciones y tormentos que quedaron expuestos por la filtración del ex soldado Chelsea Manning; e Israel, cuyo primer ministro Benjamin Netanyahu tiene una orden de captura internacional por cometer un genocidio en Gaza que incluye crímenes de guerra, ataques directos e intencionales a población civil, asesinato, persecución y el uso del hambre como método de guerra.

Esta semana Milei recibió al canciller israelí Gideon Sa’ar: si lo hiciera con Netanyahu tendría que detenerlo, ya que Argentina es firmante del Estatuto de Roma que crea la Corte Penal Internacional que libró su orden de captura, recuerda el analista Alí Lijalad.

Esa sumisión de Milei a la agenda de Estados Unidos es tan virtuosa en el cortísimo plazo como frágil del corto plazo en adelante. La última semana Trump retó públicamente a Scott Bessent porque no logra que la Reserva Federal estadounidense baje sus tasas de interés. “Si no logras que la FED baje las tasas rápido, te despediré”, le dijo Trump a Bessent, en ese tono que usa como chiste como amenaza sin distinción. En esa discrecionalidad barrena la economía argentina, atada a los vaivenes de Bessent y de Trump.

La euforia financiera de los días posteriores al triunfo en las elecciones legislativas de octubre de se apagó. El Banco Central sigue careciendo de dólares y la promesa de  20.000 millones de dólares provistos por grandes bancos se esfumó. Cifra maldita, el Riesgo País sigue demasiado alto para el objetivo que el aún ministro de Economía  Luis Caputo declama a cada paso: acceder al crédito internacional. Los “milagros” de Vaca Muerta y el litio son, todavía, promesas.

Trump y Bessent

En las elecciones legislativas del 26 de octubre ganó el chantaje; ganó la extorsión. La presión feroz de Trump, Bessent y EEUU, ofreciendo la dualidad entre el ajuste mileísta o una eventual catástrofe económica asociada al peronismo. La victoria electoral de La Libertad Avanza no equivalía a un triunfo social, a la legitimación masiva de su programa de ajuste salvaje. editorializa La Izquierda diario.

Los verdaderos combates aún están por librarse. La contrarreforma laboral, que entrará en días al Congreso, aparece como el primero. No es, sin embargo, la única batalla. Hoy es esencial rodear de apoyo activo cada pelea contra despidos o cierres de empresa. Llenar de solidaridad cada lucha, para fortalecerlas y convertirlas en puntos de apoyo para una pelea general, añade.

Crece la morosidad en el pago de créditos. Crecen, también, los juicios por deudas de expensas comunes en edificios residenciales. Subieron casi un 60% entre el primer semestre de 2024 y el mismo periodo en 2025. Todo eso acompañando un estancamiento y caída del consumo, contrapesado con un festival diario de promociones, para tratar de despertar el consumo.

Recesión: Argentina sufrió 14 episodios en 6 décadas - Suplemento ...Milei podrá sortear la “recesión técnica”, pero la recesión real, la que se siente en el bolsillo de millones de trabajadores y trabajadoras, sigue ahí, intensa y violenta. Y el bolsillo sigue siendo la víscera más sensible, analiza Eduardo Castilla. “Entregándose en cuerpo y alma, Javier Milei ató su suerte a la del presidente norteamericano. Las crisis que atraviesen a la administración estadounidense inevitablemente repercutirán en este suelo. Decir el cuándo, el cómo y el cuánto…sería hacer futurología barata”, añade.

La crisis social emerge en otras variables. Crece la morosidad en el pago de créditos. Crecen, también, los juicios por deudas de expensas. Subieron casi un 60% entre el primer semestre de 2024 y el mismo periodo en 2025. Todo eso acompañando un estancamiento y caída del consumo, contrapesado con un festival diario de promociones.

Ese fanatismo sin imitación se aplica al vínculo con Brasil y China, los dos principales socios comerciales de la Argentina. Trump entabló una guerra arancelaria con China que casi bloquea el comercio; en el caso de Brasil, amenazó a Lula con subir los aranceles de los productos brasileños si no liberaba “INMEDIATAMENTE” (lo puso así, en mayúscula) a Jair Bolsonaro, con un trasfondo vinculado a la inversión china en los puertos de Santos (Brasil) y Chancay (Perú) y su conexión a través de un corredor ferroviario bioceánico que rompe la hegemonía yanqui del transporte vía el Canal de Panamá.

Era la forma de negociar de Trump que, finalmente, en su última gira por el sudeste asiático se reunió con Xi Xinping y con Lula. El primer ministro chino se mantuvo firme y logró un retroceso de la avanzada arancelaria de Trump, más vinculada al declive del patrón dólar y el dominio de los estándares de patentes y mercados industriales; el presidente brasilero no sólo no cedió, sino que hace unos días Estados Unidos anunció una baja de aranceles a productos agrícolas brasileros y Bolsonaro no solo no fue liberado sino que pasó a una cárcel común luego de intentar quitarse la tobillera con un soplete.

Milei, por el contrario, solo compartió el anuncio de un acuerdo comercial delineado por Trump solo con compromisos para la Argentina. No es negocio la sumisión. O al menos no lo es para la Argentina.

Demián Verduga señala que la derecha argentina tiene un razonamiento muy parecido al del capitán del Titanic de la película de James Cameron. Las señales que indican que varios icebergs están cerca se multiplican y el presidente Javier Milei, como a él le gusta, decide acelerar.

Siempre queda la duda de si son fracasos o si en realidad el objetivo de la derecha explícitamente es hacer de la Argentina un país más subdesarrollado: sin industria, sin ciencia, sin universidad pública, sin cine, sin clase media. Una gran estancia que produzca granos, gas, petróleo, minerales, con 50% de pobres estructurales y estabilidad monetaria.

“Las mismas ideas y dogmas fracasados se repinten como si fueran algo nuevo. Federico Sturzenegger festejó en su cuenta de X el anunció de la privatización de las hidroeléctricas del Comahue, en la Patagonia. Producen entre el 15 y el 20% de la energía del país. Como siempre, la inversión de riesgo que fue construirlas, la difícil, la hizo el Estados, el conjunto de la sociedad. Ahora un grupo de empresas locales se quedará con el negocio. Los medios del establishment celebraron a coro la noticia. “El gobierno tendrá 685 millones de dólares para las reservas”. Si no fuera tan grave, podría ser un chiste”, añade Verduga en Tiempo Argentino.

Números mágicos

El centro CIFRA de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA, segunda central laboral) detectó que el poder adquisitivo del salario mínimo es el peor en 30 años. El registro de la década del 90, con un modelo también basado en el dólar barato (el 1 a 1) y la inflación controlada hizo que el salario real se estancara: no solo bloqueó la puja distributiva, sino que terminó con más pobres, más indigentes, más desempleados, menos industria e implosionó en 2001.

El gráfico de CIFRA muestra la mejora del poder adquisitivo del salario real desde 2002 hasta 2012, luego una pequeña merma que desde 2015 empieza a declinar de forma sostenida: durante el gobierno de Mauricio Macri bajó 25 puntos el poder adquisitivo, en la gestión de Alberto Fernández cayó en pandemia y no se recuperó; y Milei lo mandó al subsuelo, al peor registro en 3 décadas.

Hoy el salario mínimo apenas alcanza para cubrir el 59,8% de la Canasta de Indigencia y el 26,8% de la de Pobreza; en noviembre de 2015, última medición de CFK como presidenta, el salario mínimo cubría el 143% de la Canasta de Indigencia y el 60,7% de la de Pobreza.

 

*Economista y docente argentino, investigador asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)