El derecho a disentir/ ¿Qué pasó con la lealtad a Chávez?

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José Manuel Rodriguez|

El TSJ le jugó adelantado, en futbol lo llaman offside, al CNE. Decidió, sin ningún procedimiento administrativo, designar por su cuenta la juntas directivas de los partidos que no han cumplido con hacer elecciones internas. No es nada bueno que eso suceda. Pero, es frecuente que los avatares políticos establezcan sus propios caminos, así sean torcidos.

El ejercicio de la política, que es la lucha de una corporación por el poder, siempre buscará atajos para alcanzarlo. Es parte de su naturaleza. Pero, eso no debería suceder en las instituciones del Estado, que es un aparato para hacer viable a una sociedad siempre confrontada. Sin embargo, es el poder lo que mantiene ese aparato a su servicio, esté apegado o no a la constitución.

Escribí tan ilusas líneas porque me llamó la atención la declaración de Islenia Medina, la designada por el TSJ como interventora del PPT. Ella dijo: ningún proyecto que pretenda la división puede ser una alternativa… Decirlo es una absurdidad, pues son cosas como las señaladas lo que genera la absoluta necesidad de desmarcarse.

¿Qué pasó con la lealtad a Chávez?

Qué extraño maleficio hace que las palabras que suelta la gente pública tengan el mismo valor que las hojas desprendidas del árbol…

Durante años he agitado la bandera del buque insignia de Chávez. La enarboló en el 2007, cuando perfiló lo que era el socialismo del siglo XXI. Hablo de aquella propuesta que el Comandante plasmó en el artículo 16 de la Reforma de la CRBV. Con persistencia la he incluido en mis notas, artículos, charlas y talleres de formación política. La he llevado, inclusive, a las clases de postgrado.

Y no he dejado de señalar lo que sucedió cuando ella fue sometida a referéndum: una parte, incuantificable pero definitiva del chavismo, votó en contra o se abstuvo. No tengo la menor duda sobre la responsabilidad del PSUV en los tres millones de votos menos que Chávez obtuvo en relación a su votación del año anterior. Trece años después, el Partido sigue corroborando tal oposición.

Seguramente fue el Comandante el primer sorprendido por esta contradicción partido-poder popular, pero no se desalentó. Empecinado como ninguno, buscó que le aprobaran las leyes del poder popular, y lo logró. Inclusive trató en dos ocasiones (2009 y 2011) de reformar el vetusto Código de Comercio para incluir en él la propiedad colectiva comunal como una nueva forma de mercado. Las dos veces la Asamblea Nacional con mayoría del PSUV, se lo engavetó. Pero continuó insistiendo. En la propuesta electoral para su reelección en el 2012, él mismo se encargó de colocar lo esencial de ese objetivo en el Plan de la Patria 2013-2019 y ya al borde de la tumba dio el grito que aún hoy sigue retumbando: Comuna o nada…

Con Maduro nada de lo descrito ha variado, sólo que, paradójicamente, las razones asociadas con defendernos de la violencia de la derecha, abrió una puerta para entrar a aquel escenario tan evasivo por el cual luchó Chávez. La convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente, para enfrentar la agresión reaccionaria, hizo efectiva la posibilidad de darle piso constitucional al poder comunal. Sin embargo, luego de dos años y medio, derrotada la violencia y fracturada en pedazos la oposición, se anuncia para diciembre el fin de la Constituyente. Sé que la Comisión de Comunas fijó posición muy clara y firme sobre el fraude al pueblo que esto sería.

Ahora bien, resulta notorio que, en los cuatro meses que faltan, con la pandemia impidiendo toda reunión, con un acuerdo secreto con los sectores democráticos de la oposición de terminar con la ANC, y con una elección por delante que es vital ganar; lo único trascendental que se concretará será una derrota mortal para el poder comunal. La paz republicana parece requerir la deriva del rumbo. El circunspecto Estado Social de Derecho vence otra vez al riesgoso Estado Socialista. En medio de un enorme silencio crítico sólo se oye el megáfono que exige lealtad a Maduro, olvidándose de la que le deben a Chávez. Es una lealtad que le pone un velo a los hechos. Claro, hay una gran excusa, estamos en guerra. Bien, haré lo que hacen los viejos, guardar como un tesoro ese estandarte, doblado cuidadosamente lo pondré junto a aquel edicto que lanzó Chávez después de las elecciones del 2006: el que votó por mi, votó por el socialismo… Ya vendrán nuevos tiempos.

Para esta situación

Fue así como llamó Alfredo Maneiro a una de las partes de sus “Notas Negativas”. Era un llamado a la búsqueda consciente de una apreciación adecuada de aquel momento político. Era el año 1971, caracterizado por él como un momento especial. Sin pretender asociación alguna de la situación actual con aquel momento referido por Alfredo, lo cierto es que hoy estamos en una encrucijada como nunca antes se nos había presentado.

Si enfrentamos la fe con el pensamiento crítico, podemos entender que una revolución implica no sólo la intención de hacerla, necesita efectivamente construir un modo de producción y de intercambio que esté absolutamente en manos de colectivos organizados lo suficientemente fecundos para que el mercado, monopolizado por el empresariado privado, pueda ser equilibrado, apuntalado ahora por la producción del Estado en las áreas Alfredo Maneiro: Hay que reunir la leña para el incendio que viene | Ciudad CCSestratégicas.

Es por eso que las tareas fundamentales del gobierno son: blindar la estructura del Estado para una confrontación de largo plazo (creo que lo ha estado haciendo) e impulsar con todas sus fuerzas y capacidades el desarrollo de la asociación colectiva para la producción.
Sin embargo, el gobierno y el partido se han empeñado en relativizar lo anterior a un hipotético acuerdo de desarrollo económico compartido entre el Estado y un empresariado “bien intencionado” que ayude a distender la confrontación. Este es el drama que confrontamos hoy. Es un dilema mortal.

No se trata de izquierdismo presuntuoso, la revolución se gana o se pierde en esta encrucijada, pues la guerra contra nosotros no va a parar, como no ha parado contra Cuba. La absoluta evidencia de lo anterior hace urgente construir una unidad de las fuerzas progresistas y revolucionarias con la suficiente capacidad crítica y movimiental que obligue al gobierno a rectificar sus políticas económicas.

Comenzando por rechazar todo aquel ajetreo verbal que impulsa, como movimiento hacia atrás, el prefijo “re-“. Hablar de re-cuperación, re-habilitación, re-lanzamiento o re-impulso sólo significa volver a intentar lo que no hicimos, sin pagar esa deuda.