Ecuador: elecciones para un nuevo ciclo progresista/ La Revolución Ciudadana y la dignidad latinoamericana

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Maximiliano Pedranzini|

Este domingo se llevarán a cabo en Ecuador un nuevo proceso electoral que proyectará sobre el país un escenario político para los próximos cuatro años bajo el signo institucional de nuevas autoridades, entre ellas la del Presidente de la República.Un proceso que marca el corolario de un notable ciclo político para Ecuador que en estaarena electoral define su continuidad.

Una elección general que definirá, no sólo el destino de la nación ecuatoriana, sino de la región en su conjunto, tomando en cuenta el retroceso que ha venido sufriendo en términos del rumbo político iniciado a partir de 1999 con el ascenso democrático del comandante Hugo Chávez al gobierno de Venezuela. Las democracias populares de ese tiempo a la fecha, han sido golpeadas desde diferentes flancos por las fuerzas conservadores de la región auspiciadas por el imperialismo norteamericano desde las distintas embajadas. El golpe final se produjo desde las entrañas de la misma democraciacon el triunfo en 2015 del plutócrata Mauricio Macrien el caso de Argentina, y con el golpe parlamentario de 2016 en el caso de Brasil que llevó a la infame destitución de la presidenta electa Dilma Rousseff. Algo que se viene repitiendo desde 2009.

Este contexto, a priori desfavorable para los procesos populares latinoamericanos, hace que estas elecciones generales cumplan un papel estratégico en la actual lucha contrahegemónica que se está librando contra el orden conservador que pretende, a todas luces, recolonizar el continente nuevamente con las políticas neoliberales.

Sin embargo, se suceden muchos interrogantes frente a este contexto minado de adversidades y desafíos en vistas al futuro del pueblo ecuatoriano y la coyuntura electoral no lleva inmediatamente hacia algunos de ellos. El primero, esencial para la construcción política de la Revolución Ciudadana es: ¿qué pasará con Rafael Correa después de las elecciones y su figura como líder de este proceso inaugurado en 2007? Sin duda que de él dependerá mucho la continuidad de la Revolución Ciudadana independientemente de esta renovación en el plano electoral ya que, al no poder presentarse para un nuevo mandato presidencial, el liderazgo que ostenta, tanto del partido Alianza PAÍS (AP) como del movimiento de la Revolución Ciudadana, excede al cargo de mandatario y su figura a lo largo de esta década ha demostrado transcender las fronteras del Poder Ejecutivo.

Correa es consciente que, pese a la importancia significativa en la construcción de poder que tiene ocupar la presidencia, hay un proceso histórico que está más allá de las puertas del Palacio de Carondelet, lo que será un gran desafío a partir de este 2017.

La otra pregunta, no menos importante -aunque las encuestas con el correr de los minutos ya la están respondiendo categóricamente- es: ¿quién sucederá a Rafael Correa en la presidencia? Las principales encuestadoras colocan al exvicepresidente y candidato oficialista Lenín Moreno como sucesor indiscutible del actual presidente, dándole ventaja sobre el resto de los candidatos, lo que parece un hecho consumado a medida que transcurren las horas. Un político idóneo para continuar con el actual proceso democrático y de integración ciudadana.

Quizá la figura de Correa, sedimentada en este último decenio por un legado que fue creciendo y consolidándose a fuerza de políticas públicas a favor de las grandes mayorías, es el principal caballito de batalla del candidato oficialista. ¿Y por qué no verlo de esta manera? La profundización de un proyecto político necesita de un legado que lo sustente, una historia que lo solvente y le de fuerza, tanto moral como política. Es la principal estrategia para posicionar, no sólo al candidato del partido de gobierno, sino a un proyecto político, y esto es lo fundamental a comprender.

La oposición, cuyo diagnóstico es bastante predecible, muestra a una derecha partida en pedazos, difícil de unificar criterios y construir una alternativa capaz de hacerle frente al oficialismo. Lo que en definitiva es plausible si lo analizamos como un fenómeno correlativo al auge progresista del gobierno conducido por Correa. Ergo, el camino hacia la victoria delAP está más que garantizada, y con ella la continuidad de uno de los eslabones fundamentales que integran este bloque contrahegemónico que no baja los brazos en esta lucha por la emancipación definitiva de Nuestra América.

*Ensayista. Miembro del Centro de Estudios Históricos, Políticos y Sociales “Felipe Varela”, de Argentina.


Correa, la Revolución Ciudadana y la dignidad latinoamericana

Andrés Mora Ramírez |

En sus condiciones específicas, y con su horizonte de posibilidades, el pueblo ecuatoriano supo forjar en estos años de Revolución Ciudadana un camino propio para la construcción de su futuro. Sus enemigos le llaman, con mucha ignorancia y mucha más mala fe, “populismo”; para nosotros, se trata de la reivindicación de la dignidad nacional como faro de la praxis política.

A finales del año 2010 llegó a nuestras manos el libro Ecuador: de Banana Republic a la No República, del presidente Rafael Correa: una obra en la que, a partir, del recuento histórico de las desventuras y desastres del neoliberalismo en el país suramericano, desde el boom petrolero y la crisis de la deuda externa a finales de la década de 1970, hasta los tiempos del aperturismo económico, la dolarización y “el suicidio monetario” de finales de los años 1990 y principios del siglo XXI -que sumieron en la tragedia del exilio económico a 2,5 millones de personas-, el mandatario ecuatoriano exponía algunos aspectos clave de su pensamiento económico y político, en los que era posible advertir los contornos ideológicos, las aspiraciones, matices y también las limitaciones de la Revolución Ciudadana (que hoy se nos presentan vinculadas al debate y las tensiones no resueltas en América Latina entre desarrollo económico, neoextractivismo y las relaciones naturaleza-sociedad).
Leer aquella vigorosa crítica al neoliberalismo y sus dogmas de fe desde un país como Costa Rica, pequeña no república neoliberal centroamericana, inmersa en la zona de influencia inmediata de los Estados Unidos –con todo lo que esto ha implicado en nuestra historia reciente, en los órdenes de lo político, lo económico, lo cultural e ideológico-, hizo inevitable la identificación con el proceso ecuatoriano: aquí y allá, la lucha se perfilaba contra los intereses espurios de actores locales y extranjeros enquistados en gobiernos que renunciaron a la defensa del bien común; aquí y allá, el enemigo era el mismo: unas élites antinacionales que viven al pendiente del sueño de la modernidad deforme de la globalización hegemónica. Desde entonces, seguimos con interés y solidaridad nuestroamericana el proyecto político posneoliberal del presidente Correa y Alianza País, entendiendo que este se proponía dejar atrás el tiempo de la no república por medio de la convergencia de amplios sectores sociales, la reconquista de la soberanía nacional en todos los ámbitos, la acción colectiva democratizadora, la integración regional y el progresivo retorno de un Estado que regula la actividad económica y procura el bienestar social.

Al cabo de una década de gobierno, y a pesar del golpismo y las conspiraciones internas, así como el impacto de la crisis económica global de los últimos años, que ha sido especialmente fuerte para los países latinoamericanos productores de materias primas y recursos energéticos, la Revolución Ciudadana exhibe incuestionables conquistas, en una ruta que siempre podrá ser perfectible: según datos del  Instituto Nacional de Estadística y Censos, entre 2007 y 2015, el porcentaje de personas que vivían en condición de pobreza pasó del 36,7 al 23,7 (lo que corresponde a más de un millón de personas), y en pobreza extrema bajó del 16,5 al 8,5 por ciento.

Entre 2007 y 2013 la desigualdad, medida con el coeficiente de Gini, bajó de 0,55 a 0,49, un registro mucho mejor  que el desempeño general de América Latina en ese período, que experimentó una reducción de solo dos puntos (del 0,52 al 0,50). En este decenio, también aumentó la matrícula de niños en educación básica –en particular, de los sectores más pobres de la población-, creció la inversión en educación superior (2% del PIB); la inversión pública alcanzó el 9% del PIB, aumentó el salario mínimo (de $160 a $366 dólares), se amplió sistemáticamente la cobertura de seguridad social y se construyeron 21 nuevos hospitales,  entre otros logros destacados.

En sus condiciones específicas, y con su horizonte de posibilidades, el pueblo ecuatoriano supo forjar en estos años de Revolución Ciudadana un camino propio para la construcción de su futuro. Sus enemigos le llaman, con mucha ignorancia y mucha más mala fe, “populismo”; para nosotros, se trata de la reivindicación de la dignidad nacional como faro de la praxis política. Ese es el legado del liderazgo político de Rafael Correa y la lección que deja para toda nuestra América.