Donald, ¿El Supremo?
Aram Aharonian
Yo el Supremo es una novela del escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, publicada en 1974, cuando todavía vivía exiliado en Buenos Aires. Obviamente, Roa no hablaba de Donald Trump (murió en 2005 y ni sabía de su existencia) sino del dictador perpetuo de su país, José Gaspar Rodríguez de Francia.

A Donald Trump le llevó cinco años sentarse en el despacho presidencial para alcanzar una epifanía que podría sacudir el mundo, que descubrió que existe más allá de Mar-a-Lago y Washington, enfrentando obstáculos legales o constitucionales en su país en búsqueda del poder total, infinito. El último jueves dijo al New York Times que solo había “una cosa” para limitar su poder global. “Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. Y añadió: “No necesito el derecho internacional”. De su moralidad, mejor no hablar bajo pena de terminar en Guantánamo.
La prensa estadounidense habla del complejo carácter del presidente. Es volátil, despiadado y performativo y, en ocasiones, desafía las limitaciones constitucionales y legales. Trump ha desdeñado durante mucho tiempo el derecho internacional, los tratados, las instituciones multilaterales, el libre comercio y las alianzas que presidentes anteriores consideraban multiplicadores de la influencia estadounidense. Todo debe pasar por su ego.
El envío de varios cientos de efectivos, múltiples aviones y ataques contra objetivos venezolanos sobrepasó el límite de lo que el presidente está autorizado a hacer, según la Constitución y tras secuestrar al presidente Nicolás Maduro (y su esposa) y causar un centenar de muertos en su bombardeo, declaró que supervisará personalmente las exportaciones petroleras de Venezuela, que él cobrará. Es el resurgimiento de la política colonialista y a la aplicación del corolario de la Doctrina Monroe (América para los (norte) americanos”), con la amenaza de extenderla a todo el mundo.
Pero no le alcanzó con robar el petróleo venezolano y sus rutas de abastecimiento. Ahora tiene en la mira a
Groenlandia, sin duda con un alto valor estratégico, llave del paso ártico, y con alto valor estratégico por sus minerales d tierras raras y la previsión de que el derretimiento del hielo polar abre una nueva competencia geopolítica y puede dejar en sus manos una ruta geopolítica y estratégicamente codiciada.
Las apetencias de Trump son inmensas. En una entrevista colectiva con cuatro periodistas estadounidenses, se mostró envalentonado por su reciente operación bélica exitosa en Venezuela, se abstuvo de hablar sobre cuánto tiempo mantendrá el control sobre ese país , despreció las normas del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial, que Estados Unidos contribuyó a establecer, y las calificó de carga innecesaria. Cuando se le preguntó si sus acciones podrían sentar un precedente en Ucrania o Taiwán, se encogió de hombros ante la idea. Dijo que el presidente de China, Xi Jinping, no se atrevería a atacar Taiwán bajo su mandato.
En la entrevista colectiva Trump habló del ataque a Venezuela y de sus planes de anexionarse Groenlandia. Y dejó claro que, en su mente, podía seguir —y seguiría— haciendo uso del poder estadounidense para obtener ganancias y supremacía política. Dijo que Estados Unidos seguirá al mando de Venezuela todo el tiempo que él quiera, quizá durante años y aseveró que no estaría contento con nada que no sea obtener la “propiedad” de Groenlandia. Dijo que Europa tenía que ponerse “en forma” y que la OTAN era inútil sin Estados Unidos.
En un ataque de sinceridad, manifestó que no se sentía limitado por ninguna ley, norma, control o equilibrio
internacionales. Cuando lo periodistas le preguntaron si había algún límite a su capacidad de utilizar el poderío militar estadounidense, dijo: “Mi propia mente, es lo único que puede detenerme”. “No necesito el derecho internacional”, añadió. “No busco hacer daño a la gente”.
Fue el reconocimiento más contundente hasta ahora de la visión del mundo de Trump: solo la fuerza debe ser el factor decisivo cuando chocan los intereses de su país. En su opinión, los anteriores presidentes de Estados Unidos han sido demasiado cautelosos a la hora de ejercer el poder estadounidense. Cuando se le preguntó si sus acciones podrían sentar un precedente en Ucrania o Taiwán, se encogió de hombros ante la idea. Dijo que el presidente de China, Xi Jinping, no se atrevería a atacar Taiwán bajo su mandato. “Puede que lo haga después de que tengamos otro presidente, pero no creo que lo haga conmigo como presidente”, dijo.
Trump habló de sus planes sobre Groenlandia, controlada por Dinamarca, aliada de la OTAN. En su opinión, no basta con ejercer el derecho de Estados Unidos, en virtud de un tratado de 1951, a reabrir bases militares cerradas desde hace tiempo en la enorme masa de tierra, sino que quiere apoderarse del territorio para desde allí controlar el tráfico por la región ártica y poder controlar no es Rusia, sino a toda Europa y China.
“La propiedad es muy importante”, dijo Trump. “Porque eso es lo que considero psicológicamente necesario para el éxito. Creo que poseer un territorio te da algo que no puedes conseguir con un arrendamiento o un tratado. La propiedad te da cosas y elementos que no puedes conseguir con la simple firma de un documento”.
“La necesitamos desde el punto de vista de seguridad nacional. Es muy estratégica”, Trump ha insistido en que “la Unión Europea necesita que nosotros la tengamos, y ellos lo saben”. El objetico es hacerse con el control de una región geoestratégica clave para el futuro de Estados Unidos. El deshielo en el ártico está abriendo nuevas rutas comerciales que las grandes potencias quieren explotar, y Groenlandia también es, un punto crítico en la estrategia de defensa frente a Rusia. De hecho, EEUU tiene bases militares activas en Groenlandia, pero Trump considera que ahora es importante tomar el control efectivo de la isla, bajo bandera de Dinamarca.
Dijo que esperaba que Estados Unidos dirigiera Venezuela y extrajera petróleo de sus enormes reservas durante años, e insistió en que el gobierno encargado del país “nos da todo lo que consideramos necesario”. “La reconstruiremos de una forma muy rentable”, dijo Trump. “Vamos a utilizar petróleo y vamos a sacar petróleo. Vamos a bajar los precios del petróleo y vamos a dar dinero a Venezuela, que lo necesita desesperadamente”, obviando que el petróleo es de Venezuela.
Dominar los mares y las conexiones marítimas permitirían un mejor y más efectivo manejo de la flota comercial y militar, prever una mayor distribución del petróleo robado a Venezuela, e incluso utilizar los grandes petroleros para poder exportar a Europa y Asia el producto de mayor rendimiento: las drogas, garantizando y masificando el abastecimiento de drogas. Es un negocio que ni él ni su Secretario de Estado Marcos Rubio, quieren que se escape.
…
La novela de Roa Bastos desarrolla la insistencia del dictador en defender su revolución y enaltecer su figura, frente a la denuncia de una voz anónima que le reprocha la violencia del régimen y el fracaso de su revolución, consecuencia de confundir al Estado con su persona. Mientras el Dictador se resiste a abandonar su mandato, se evidencia paulatinamente, a través de distintas situaciones y personajes, que él ya está muerto
*Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)