Construcción destrucción

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MARCOS SALGADO | Mientras el candidato opositor decía desde la tarima montada en la avenida Bolívar que como presidente entregaría título de propiedad a quienes recibieron casa a través de la Gran Misión Vivienda Venezuela, sus seguidores irrumpían en uno de los edificios en construcción cercanos a la concentración para romper sacos de cemento y robar herramientas.

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Más clarito imposible. Pocos hechos hubieran graficado mejor los dos elementos centrales del devenir opositor de la Venezuela sin Chávez presidente: mentira y odio. A Capriles no se le cae la cara de vergüenza cuando ensaya un discurso demagógico y vacío. Sin propuestas específicas, en el que sugiere que sería él y no Maduro quien continuaría las políticas sociales de Chávez.

No lo dice así, claro, no podría. Es que si lo dijera así perdería millones de votos del antichavismo duro, que se mueve por el odio de clase (sin importar demasiado a qué clase efectivamente pertenezca) y -además- parece poco probable que entre los chavistas alguien le crea.

La emocionada y multitudinaria despedida al presidente Chávez en la capilla ardiente de la Academia Militar, en las calles de Caracas y en las plazas de todo el país tuvo dos componentes fundamentales: el dolor y el compromiso. «Chávez nos abrió los ojos», me resumía un jovencísimo cadete de un supermercado pocos días después del 5 de marzo.

No hacía falta preguntar a nadie qué seguía después de la despedida: «todos con Maduro», repetían una y otra vez. Clarito.

También está claro que tras el 7 de octubre de 2012, es que la oposición no puede ganar una presidencial en Venezuela si no logra volcar una porción importante del voto chavista a su favor. El otro fenómeno que le permitiría a la derecha al menos soñar con llegar a Miraflores es una deserción importante de los más pobres en el próximo llamado electoral.

No parece este último, de nuevo, un escenario posible. Aún cuando los encuestadores que renovaron pergaminos el 7-O coinciden en que la participación el 14-A sería menor, no dejaría de ser histórica: más del 70 por ciento.

Así, el triunfo de Nicolás Maduro despejará el primer gran desafío de un chavismo que campea en su peor temporal. Así lo definió el canciller y jefe del PSUV en el Estado Miranda, Elías Jaua, en un encuentro con militantes de Caracas antes del arranque de la campaña para el 14-A: «este momento es más difícil que el golpe y el para petrolero, porque en aquellos momento él estaba aquí», graficó.

Entrampada en la democracia participativa del socialismo en construcción, la burguesía venezolana derrapa entre la participación electoral y la desestabilización. Juega a dos bandas. Por eso y no por un rapto de sinceridad Capriles dijo lo que dijo sobre la muerte del presidente.

Se lanzó a provocar a un pueblo infinitamente dolido sabiendo lo que hacía, y conocedor, además, que el discurso del odio tiene en Venezuela decenas de miles (¿o más?) de complacidos receptores, listos para ser carne de cañón cuando la situación cuadre. No hemos escuchado hasta ahora que dirigentes de la oposición repudien la turba destructora de la construcción. No lo harán, están sembrando vientos.