Burnham va a Downing Street como el gran revulsivo frente a la ultraderecha
Néstor Prieto Amador
La renuncia de Keir Starmer abre una sucesión que el favorito encara casi sin rivales. El cambio sin urnas vuelve a salvar a un partido de gobierno, pero una década de relevos no ha devuelto al Reino Unido ni estabilidad ni crecimiento, en un país donde el malestar engorda a la ultraderecha.
El laborismo se dispone a coronar al rey del norte. Andy Burnham, alcalde del Gran Mánchester durante casi una década, está a un paso de entrar en Downing Street sin necesidad de pasar por primarias internas, en una de esas operaciones de intriga palaciega que el sistema británico tolera con naturalidad. Keir Starmer anunció el pasado lunes su renuncia como líder del Partido Laborista —y, por tanto, como primer ministro— consciente de que había perdido la confianza de su propia bancada. Tras meses de rebelión interna, decidió dimitir antes de que el complot le pasara por encima.
Burnham llevaba meses al acecho. Sin escaño no podía aspirar al liderazgo, así lo establece la legislación británica, de modo que su llegada al poder se fraguó a base de movimientos en el tablero: la cúpula del partido le había vetado en febrero una primera vía, pero ya no tuvo fuerzas para frenar el segundo intento, en junio, cuando el hasta entonces alcalde del Gran Mánchester ganó la elección parcial del 18 de junio con el 55% de los votos y más de 9.200 de ventaja sobre Reform. Juró su escaño el día 22 y, esa misma jornada, Starmer tiró la toalla. La caída del primer ministro y el ascenso del aspirante convergieron en un mismo día.
Quien quiera disputar el liderazgo tiene hasta el 16 de julio para presentar su candidatura
A partir de ahí, el reloj corre. Quien quiera disputar el liderazgo tiene hasta el 16 de julio para presentar su candidatura, y debe reunir el respaldo del 20% del grupo parlamentario —en torno a ochenta diputados—, además del aval del 5% de las agrupaciones de distrito y de tres organizaciones afiliadas, dos de ellas sindicatos como mínimo. Si solo un aspirante alcanza ese umbral, no hay votación: el elegido se proclama líder sin pasar por las urnas, y podría estar en Downing Street el 17 de julio.
Es, hoy, la hipótesis más probable. Wes Streeting, el exministro de Sanidad que durante semanas se postuló como alternativa centrista, ha acabado respaldando a Burnham; Angela Rayner, exviceprimera ministra y referente de la izquierda del partido, suena para regresar a un Gabinete dirigido por Burnham. El horizonte, para el favorito, parece despejado.
La trituradora de Westiminster
De llegar a Downing Street en julio, Burnham será el séptimo jefe de Gobierno británico en una década. La rueda empezó a girar con la dimisión de David Cameron tras el referéndum del brexit, cuyo décimo aniversario se cumplió esta misma semana; después llegaron Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak y el propio Starmer. De los seis que le preceden, cuatro —May, Johnson, Truss y Sunak— accedieron al cargo sin pasar por unas elecciones generales. Burnham sería el quinto.
Diez años de relevos no han logrado que despegue una economía anémica
En 2022, cuando los conservadores encadenaron a Truss y Sunak sin consultar al electorado, fue el propio Starmer quien exigió comicios y denunció que relevar a un primer ministro a puerta cerrada carecía de mandato democrático. Su partido administra ahora la misma transición que entonces censuraba.

Qué laborismo encarna Burnham
Burnham, de 56 años, nacido en un suburbio de Liverpool y afiliado al laborismo siendo un adolescente —dice haberse «radicalizado» con la huelga minera de 1984-85—, se inscribe en la izquierda moderada, la llamada soft left. En el mapa interno del partido, eso lo sitúa a la izquierda de Starmer, de perfil centrista y gestor, pero a la derecha del corbynismo, la corriente de la izquierda dura que encabezó Jeremy Corbyn, hoy expulsado y al frente de su propio proyecto, Your Party.
Su trayectoria es, en parte, la de un hombre de aparato: ocupó cargos menores con Tony Blair y entró en el Gabinete de Gordon Brown como secretario jefe del Tesoro y, después, como titular de Cultura y de Sanidad. Ya aspiró dos veces al liderazgo, en 2010 —fue cuarto— y en 2015 —segundo, por detrás de Corbyn—, sin éxito.
Su pulso con el Gobierno de Johnson durante la pandemia le valió el apodo de «rey del norte»
Su capital político, sin embargo, lo levantó lejos de Westminster. Como alcalde del Gran Mánchester desde 2017 remunicipalizó el transporte con la Bee Network —una red integrada de autobuses y tranvías de control público— y fijó un tope de dos libras al billete de autobús. Su pulso con el Gobierno de Johnson durante la pandemia, reclamando más fondos para el norte frente a un poder que tachaba de «londinocéntrico», le valió el apodo de «rey del norte».
De ahí ha extraído una marca propia, el «manchesterismo», que define como un socialismo amigable con las empresas: promete revertir privatizaciones, devolver el agua y la energía a manos públicas y poner fin a la austeridad. En los últimos meses, no obstante, ha aparcado el debate programático para cargar contra la ingobernabilidad del país y del partido, y reivindicarse como un dirigente de la casa, con experiencia probada, capaz de enderezar el rumbo.
Burnham corteja a la vez al sector más conservador y se ha negado calificar de genocidio la ofensiva israelí
El retrato tiene claroscuros. Burnham es un político de geometría variable, capaz de tender puentes con casi todas las familias laboristas. Se apoya en el ala blanda de la izquierda —encarnada en figuras como la diputada Louise Haigh— y en el asesoramiento fiscal de Ed Miliband, exlíder del partido (2010-2015) y hoy ministro de Energía, una de las voces más a la izquierda del Gobierno saliente. Pero corteja a la vez al sector más conservador: se baraja a la ministra del Interior, Shabana Mahmood, adscrita al Blue Labour —la corriente más conservadora y patriótica del partido—, para un puesto de primer nivel, incluso el Tesoro.
La política exterior añade otra zona gris. Burnham se afilió en 2015 a Labour Friends of Israel, el grupo de amistad proisraelí del partido; llegó a tachar de rencoroso el movimiento de boicot (BDS) y elogió la Declaración Balfour como «valores británicos en acción». Pero también rompió con Starmer en octubre de 2023 al exigir un alto el fuego en Gaza —junto a los alcaldes Sadiq Khan y Anas Sarwar—, respaldó el reconocimiento del Estado palestino y se ha negado a calificar de «genocidio» la ofensiva israelí.
A su izquierda, voces como la de Zarah Sultana, que abandonó el laborismo para fundar Your Party con Jeramy Corbyn, lo acusan de connivencia con Israel. Esa ambigüedad calculada, junto a su negativa a readmitir a Corbyn pese a su llamada a «menos división», resume su estilo: el del hombre que aspira a contentar a casi todos sin casarse con nadie.
El revulsivo y sus incógnitas
El laborismo busca en él un revulsivo, alguien cuyo carisma conecte donde no llegó la frialdad gestora de Starmer. Los datos avalan a medias esa esperanza. Burnham es el político mejor valorado del país, pero su saldo sigue en negativo —un -4, con un 34% de opiniones favorables frente a un 38% desfavorables, según el último estudio de YouGov—, y casi un tercio de los británicos no se ha formado todavía una opinión sobre él. Entre los votantes laboristas su valoración se dispara (+40); entre conservadores y simpatizantes de Reform, el rechazo es abrumador.

Hereda, en suma, un país difícil de gobernar. Le esperan unos salarios reales que apenas se han movido pese al repunte de la inflación, una factura de la vida que no afloja y una economía que crece a duras penas. El desgaste se nota en las urnas: la ultraderecha de Farage sigue al alza, la izquierda se fragmenta entre los Verdes y Your Party, y el propio laborismo, que arrasó en 2024, ha perdido el control de decenas de ayuntamientos y un siglo de hegemonía en Gales. Dentro del partido, además, conviven demasiadas corrientes —centristas, soft left, Blue Labour, restos del corbynismo— como para que cualquier liderazgo las cosa sin costuras.
Ahí asoma el laberinto. El sistema británico permite a los partidos de gobierno –e incluso premia– descabezar primeros ministros y ungir a otros sin pisar las urnas, una práctica que premia la habilidad para la intriga palaciega, pero que en los últimos años no ha dado al país ni estabilidad ni crecimiento. Burnham llega con un relato seductor —el del norte que se rebela contra el centro— y con un programa que aún tiene más de eslogan que de letra pequeña. Si lo cumple, ofrecerá el giro a la izquierda moderada que el laborismo lleva tiempo sin ensayar. Si fracasa, será un primer ministro más en la cuenta de una década que el Reino Unido recordará como la de la inestabilidad permanente. La incógnita, esta vez, no es cómo llega al poder, sino si sabrá qué hacer con él.
*Politólogo y periodista especializado en política internacional y geopolítica. Publicado en Público.es