Bad Bunny y su gran show en español en el Super Bowl irritaron a Trump
Beverly Fanon-Clay-CLAE
Más de cien millones de espectadores de todo el mundo vibraron este domingo al ritmo del show de medio tiempo del Super Bowl, protagonizado por el artista puertorriqueño Bad Bunny., un espectáculo completamente en español, con una fuerte reivindicación de la cultura latina y una férrea defensa de los migrantes, que fue demasiado para el presidente de Estados Unidos Donald Trump, quien calificó la propuesta como“repugnante”.
El domingo, Bad Bunny le agregó a ese ritual global una dimensión que hoy escasea en suelo estadounidense: unidad. Su espectáculo giró precisamente en torno a eso, en medio de un clima político áspero, donde el inmigrante volvió a ocupar el lugar del enemigo interno y un gobierno de ultraderecha no deja de subir el tono. Sin consignas explícitas ni siglas del terror, el Conejo Malo —orgullosamente puertorriqueño— ofreció un show que quedará grabado en la retina de millones de latinos y funcionó, al mismo tiempo, como una trompada simbólica para los sectores más conservadores.
“¡El espectáculo del medio tiempo del Super Bowl es absolutamente terrible, uno de los peores de la historia!”, arremetió el presidente Donald Trump -que perdió la oportunidad de quedarse callado-,con un posteo publicado en su red social, Truth Social. La furia de Trump se centró, principalmente, en la barrera idiomática. El hecho de que Bud Banny hiciera todo el show en español fue un cachetazo contra el presidente estadounidense, que desde la Casa Blanca impulsa una brutal campaña antiinmigración, con redadas, detenciones y deportaciones masivas de migrantes.
En sus redes, el presidente consideró que el contenido del espectáculo brindado por el artista puertorriqueño fue “una afrenta a la grandeza de Estados Unidos” que “no representa nuestros estándares de éxito, creatividad ni excelencia”. El uso del español, mereció una mención aparte. “Nadie entiende ni una palabra de lo que dice este tipo”, afirmó. El país que se apropió de la palabra América para designarse así mismo se enoja cuando un latino les dice en su cara que “América” es un continente donde viven muchos países .
“No haynada inspirador en este desastre de espectáculo de medio tiempo; recibirá excelentes críticas de los medios de comunicación falsos, porque no tienen ni idea de lo que está sucediendo en el mundo real. Y, por cierto, la NFL debería reemplazar de inmediato su ridícula nueva regla de inicio. ¡Hagamos a EEUU grande de nuevo”!, cerró el mandatario.
El show

La cita tuvo lugar en el Levi’s Stadium, en San Francisco, California, escenario del Super Bowl donde New England Patriots y Seattle Seahawks se disputaron el campeonato de la NFL, la liga nacional de fútbol americano. Pero más allá del partido, hubo una palabra —y una identidad— que atravesó todo el espectáculo: lo latino. No fue casual. El ganador de seis premios Grammy, y recientemente consagrado con Álbum del Año por “DeBí TiRAR MáS FOTos”, se convirtió en el primer artista en obtener ese galardón con un disco íntegramente en español, y llevó esa conquista al centro del evento deportivo más visto del planeta.
En la semana más triunfal de su carrera, Bad Bunny había anticipado que “el mundo va a bailar”, y su actuación —alegre, elaborada y atravesada por un mensaje de unidad— no defraudó. Acompañado por figuras como Lady Gaga, Ricky Martin y Los Pleneros de la Cresta, el músico recorrió distintas etapas de su discografía –sobre todo la más recientes– en un medley pensado tanto para sus fans como para presentarse ante los más de 100 millones de espectadores que siguieron el show en todo el mundo.

Desde que el pop empezó a dialogar de manera directa con el mundo del deporte, el espectáculo ganó en ambición, narrativa y riesgo. En ese cruce, la vara del show de medio tiempo se elevó año tras año, y el escenario diseñado para Bad Bunny no fue la excepción. El corazón de la puesta estuvo dominado por la ya célebre casita, acompañada por una réplica de un campo de cañas de azucar, con decenas de bailarines caracterizados como trabajadores rurales. Lejos del decorado folclórico vacío, la imagen funcionó como una reivindicación explícita de las raíces caribeñas, la vida cotidiana y la memoria familiar puertorriqueña.
La plantación de plátanos —presente también en la portada de Debí tirar más fotos— simboliza la resistencia de las comunidades antillanas, la herencia cultural y los patios familiares donde se construye identidad. Las sillas de plástico, el entorno rural y los gestos mínimos evocaron una nostalgia concreta, lejos del glamour artificial. En ese marco, Bad Bunny abrió el show con un recorrido por algunos de sus hits más emblemáticos: “Tití Me Preguntó”, “Yo Perreo Sola”, “Eoo”, “Voy a Llevarte Pa PR” y “Mónaco”, marcando desde el inicio que el espectáculo sería tanto musical como simbólico.
El primer gran momento de sorpresa llegó con la aparición de Lady Gaga. En medio de una boda escenificada sobre el campo, la sobresaliente artista interpretó una versión salsa de “Die With a Smile”, su éxito de 2024 junto a Bruno Mars, mientras la pareja sellaba su unión ante millones de espectadores. La escena combinó teatralidad, celebración popular y cruce de estilos, antes de que Gaga y Bad Bunny bailaran juntos al ritmo de “Baile Inolvidable”, preparando el terreno para la euforia colectiva de “NUEVAYoL”.
El cierre de este tramo llegó con otro gesto cargado de sentido: la entrada de Ricky Martin, compatriota y referente histórico del pop latino. Juntos interpretaron una versión de “Lo que le pasó a Hawái”, tema incluido en el álbum Debí tirar más fotos. El guiño fue claro: Puerto Rico no solo estuvo presente como estética, sino como sujeto cultural

Hizo bailar a todos, menos a Trump
Como él mismo había anticipado, el objetivo central del espectáculo fue hacer bailar, y Bad Bunny lo logró con un recorrido por ritmos de salsa, merengue, reggaetón y pop latino que funcionaron como himnos globales. Pero el mundo también esperaba —con atención quirúrgica— el gesto político de un artista latino ocupando uno de los escenarios más poderosos de la industria mediática estadounidense, en un contexto atravesado por redadas migratorias, violencia institucional y el endurecimiento del discurso antiinmigrante bajo el paraguas de Donald Trump.
Muchos aguardaban una consigna explícita, un “FUCK ICE”. Lo que llegó, en cambio, fue algo más poético, más reflexivo y, quizás por eso, más eficaz.. En uno de los momentos más sensibles del show, se proyectó en un pequeño televisor la imagen de Bad Bunny y su reciente discurso de aceptación en los Grammy. En la escena, había un niño al que muchos le vieron un parecido a Liam Ramos, el niño de cinco años arrestado por el ICE en Minneapolis semanas atrás. Acto seguido, Benito tomó su premio Grammy y se lo ofreció en escena, en un gesto silencioso pero cargado de significado: la infancia y la vulnerabilidad, pero también los sueños y las metas cumplidas.
El cierre terminó de ordenar el sentido del espectáculo. “God bless America”, dijo Bad Bunny, frase que en Estados Unidos suele leerse como una referencia excluyente al país. Pero inmediatamente después comenzó a nombrar uno por uno a los países de América del Norte, Central y del Sur, incluidos Estados Unidos y Canadá, mientras una frase se encendía en letras gigantes sobre el estadio: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”. Funcionó omo una respuesta directa —sin insultos ni consignas explícitas— a los sectores de la derecha que habían cuestionado su presencia incluso antes de que el show comenzara.
Un recordatorio tan simple como incómodo: América no es un país, es un continente, de norte a sur, con 35 Estados soberanos, lenguas, historias y pueblos distintos. Si hay algo que bendecir, pareció decir Bad Bunny, es esa América entera: la que migra, trabaja, crea cultura y también baila. God bless America, sí, pero toda.