Artemis II: la nueva carrera espacial de Estados Unidos para no ceder la Luna a China
Victoria Korn
Comenzó el miércoles una nueva misión espacial de los Estados, Artemis II, que marca varios hitos. Será la primera misión tripulada en el espacio profundo desde Apolo 17 en 1972. Si todo va como está previsto, los cuatro tripulantes -tres estadounidenses y un canadiense- se convertirán en los humanos que más se alejaron de la tierra, cuando orbiten en la cara más alejada de la luna.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmó que con el lanzamiento de Artemis II, “estamos ganando, en el espacio, en la Tierra y en todas partes: económica, militarmente y ahora, más allá de las estrellas. Artemis II, uno de los cohetes más potentes jamás construidos, lanzará a nuestros valientes astronautas más lejos en el espacio profundo de lo que ningún ser humano ha llegado jamás”, escribió el magnate en la red Truth Social.
Esta declaración deja claro que Artemis II va mucho más allá de la ingeniería. Es el primer paso visible de una estrategia estadounidense para demostrar que seguirá “presente” en la Luna antes de que China llegue con su propia misión tripulada hacia 2030. Artemis III, que incluirá un alunizaje, está prevista para 2028.
En palabras de Scott Pace, director del Instituto de Política Espacial de la Universidad George Washington, la lógica es clara: las reglas las pone quien se presenta en el territorio, como ocurre en la Antártida. La misión, por tanto, no es sólo un retorno nostálgico al paisaje de Apolo, sino un mensaje a Pekín y al resto del mundo sobre quién aspira a fijar las normas del juego en el entorno lunar.
De Apolo a Artemis
En la Guerra Fría, la prioridad de Estados Unidos era clavar la bandera en la luna antes que la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; una vez logrado, el incentivo político se agotó y el programa se canceló. Artemis nace con otro discurso: no busca un “gran hito”, sino una presencia sostenida en el polo sur lunar, con bases permanentes y participación del sector privado.
La diferencia es crucial: quien establezca primero una red operativa estable –infraestructura, logística, comunicaciones, normas de seguridad y de uso de recursos– tendrá ventaja para definir estándares de facto. Esta arquitectura por iteraciones, que arranca con Artemis II, apunta menos a una foto icónica y más a consolidar una posición estratégica a largo plazo.
La variable China
El factor que acelera los tiempos es China. Pekín ya ha demostrado capacidades robóticas avanzadas con Chang’e, incluido el alunizaje en la cara oculta y muestras retornadas, y trabaja con Rusia y otros socios en la futura International Lunar Research Station (ILRS). Su objetivo declarado es alunizar taikonautas antes de 2030 en la región del polo sur, la misma zona que interesa a Artemis por el hielo de agua, la iluminación casi permanente y la posición para comunicaciones y navegación.
Las misiones Chang’e-3 y Chang’e-5 aterrizaron con éxito en el lado visible de la Luna, mientras que las Chang’e-4 y Chang’e-6 lograron alunizajes históricos en el lado oculto. La Chang’e-7 prevé un alunizaje en el polo sur lunar, y pondrá a prueba la capacidad de la sonda lunar de China para llegar a cualquier región de la Luna, dijo en su momento Tang Yuhua, diseñador en jefe adjunto de la misión Chang’e-7 a la agencia Xinhua.
Hay ciencia real detrás del regreso a la Luna: estudiar el registro geológico casi intacto del polo sur, entender mejor la historia temprana del Sistema Solar y probar el uso de recursos in situ como el agua helada para producir combustible y oxígeno. También hay una agenda tecnológica clara: desarrollar hábitats, sistemas de energía, protección frente a radiación y polvo, y logística de larga duración, todo ello imprescindible si algún día se quiere ir a Marte.
Pero reducir Artemis a “pura ciencia” sería ingenuo. Expertos como Bhavya Lal, ex funcionaria de la NASA, recuerdan que el programa se ha rediseñado para sostenerse políticamente gracias a su promesa de liderazgo económico y geopolítico, más que por sus retornos científicos directos. La ciencia es condición necesaria para justificar el esfuerzo, pero la carrera real se libra en términos de influencia, estándares legales y construcción de una economía lunar favorable a los intereses estadounidenses.
Los riesgos
La narrativa de “no dejar que China gane la Luna” moviliza presupuestos y apoyos, pero también corre el riesgo de deformar prioridades. Centrarse obsesivamente en ser los primeros en alunizar o en inaugurar una base puede empujar a decisiones apresuradas en seguridad, arquitectura de misiones o diseño institucional, replicando los vicios de la Guerra Fría.
Una carrera mal encauzada podría generar dos bloques regulatorios incompatibles –Artemis Accords frente a ILRS– y fragmentar aún más el marco de gobernanza espacial. Si Artemis II se interpreta solo como una advertencia a China, se pierde la oportunidad de que sea algo más ambicioso: el punto de partida para un modelo de presencia lunar que reduzca incertidumbre, fomente la cooperación y permita que aliados y actores privados entren al juego sin quedar atrapados en una lógica binaria de bloques.
En ese sentido, la verdadera prueba de Artemis II no será solo si Orion completa sin incidentes su giro alrededor de la Luna, sino qué relato se impone después: el de una nueva carrera para “ganarle” a China, o el de una arquitectura lunar que, aun en competencia, deje espacio para reglas compartidas y un mínimo de gobernanza común. Hoy, la balanza aún se inclina peligrosamente hacia lo primero.

