Argentina: Marcha gigantesca, respuesta a la provocación del gobierno

"Que digan dónde están los 30 mil desaparecidos"

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Álvaro Verzi Rangel

A 50 años del golpe militar, decenas de miles de personas marchan en Argentina para recordar a las víctimas de la dictadura. Con epicentro en Buenos Aires y réplicas en las principales ciudades del país, las multitudinarias manifestaciones reclamaron “memoria, verdad y justicia” y enfrenta el discurso revisionista del terrorismo de Estado que impulsa el presidente libertario Javier Milei. La gigantesca movilización fue una advertencia contra el gobierno, pero también un tiro por elevación contra el arco de poder que lo llevó a lo más alto y todavía lo sostiene.

Con un presidente como Javier Milei, con una vice como Victoria Villarruel, con un gobierno de extrema derecha que desprecia y castiga a sus opositores, con una economía que no arranca, cientos de miles de personas salieron de sus casas para llegar hasta las plazas de todo el país.  “A 50 años del golpe genocida, ¡que digan dónde están!”, pedían los enormes carteles que rodeaban el escenario ubicado sobre la Plaza de Mayo, donde  una interminable y angustiante sucesión de fotos recordaba a los desaparecidos, las víctimas de la dictadura militar iniciada en 1976.marcha

Una marea humana de miles de personas marchó este martes en el centro de Buenos Aires, hasta la histórica plaza, para reiterar el reclamo de “memoria, verdad y justicia”. El escenario al que, como cierre de la manifestación, subieron Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, fue instalado dándole la espalda a la Casa Rosada, donde tiene su despacho el presidente Javier Milei. “Son 30.000 desaparecidos”, fue una de las consignas más repetidas en la marcha, en respuesta a los discursos revisionistas del terrorismo de Estado que propicia el mandatario ultra y que volvieron a expresarse en un mensaje institucional del Ejecutivo.

Como si fuera un paréntesis en medio de un ciclo prolongado de malas noticias, lo que se vio entre los manifestantes fue un clima mucho más festivo que de pesar. Los que estaban bajo ese cielo enorme y celeste tenían motivos para celebrar: primero reconocerse unos a otros como parte de un nosotros heterogéneo pero opuesto al del poder de turno. Después, ratificar la potencia del reclamo colectivo en las calles. Y así,  la política resurge desde las calles y vuelve a abrir un horizonte popular. Acto 24 de marzo 2026, escenario

Miles de familias fueron a la Plaza de Mayo para conmemorar los 50 años del Golpe: una plaza repleta, con generaciones que se cruzan y crean memoria. Las calles de Buenos Aires y varias ciudades de todo el país y también los estadios de fútbol,  personas de distintas edades para recordar a los 30.000 desaparecidos, la represión dictatorial, y perpetuar su legado medio siglo después.

Todos los 24 de marzo, Argentina conmemora con un feriado el Día Nacional de la Memoria y los organismos de derechos humanos, con Madres y Abuelas de Plaza de Mayo a la cabeza, convocan a marchar. A cinco décadas del golpe militar, y ante un Gobierno que ha desarticulado las políticas públicas de memoria y reparación, la movilización de este martes tuvo un cariz especial.

A 50 años del golpe de Estado cívico-militar, una multitud que sobrepasó cualquier expectativa desbordó la Plaza de Mayo y todo el centro porteño en un grito por Memoria, Verdad y Justicia que no tiene comparación a nivel mundial. Desde sobrevivientes a varias generaciones que ni siquiera habían nacido en 1976 dejaron claro que el negacionismo oficial está condenado al fracaso. Las marchas masivas se replicaron en todo el país.

La cifra de los 30.000 desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar argentina trasciende la mera estadística para erigirse como una de las construcciones políticas más gravitantes de la historia contemporánea. Daniel Feierstein, en su examen sobre el genocidio como práctica social, habla de un  “genocidio reorganizador”: no perseguía únicamente la extinción de la carne, sino que operaba sobre la trama misma de las relaciones humanas con el fin de clausurar para siempre los vínculos de autonomía, de solidaridad y de recíproca cooperación.

El terrorismo de Estado se aplicó para aniquilar una fracción vital de la sociedad y servirse del espanto emanado de los campos de concentración para irradiar una bruma de desconfianza e individualismo, logrando así una reconfiguración forzosa de la nación entera. Los treinta mil cifran simbólicamente esa vasta red de alteridades masacradas; no son la suma de individuos aislados, sino la medida de un proyecto político y económico que demandó el exterminio y la implantación del miedo absoluto para instaurar su propio orden.

“Pasaron 50 años y seguimos luchando por memoria, verdad y justicia”, dijo en el acto de cierre Taty Almeida, de 95 años, integrante de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. “Levantemos ahora mismo muy alto las fotos de los desaparecidos y desaparecidas. En este momento miran hacia la Casa de Gobierno, a ese poder del Estado que no los busca, mientras los niega”, apuntó, al leer un documento conjunto de los organismos de derechos humanos.

También desde el escenario habló Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas. A sus 95 años, señaló que las consecuencias de la dictadura todavía persisten en los casi 300 hombres y mujeres que fueron robados de bebés por los militares y no han logrado restituir su identidad. “Cada restitución de un nieto de las Abuelas de Plaza de Mayo es la evidencia de las atrocidades que cometió el terrorismo de Estado siniestro”, dijo y señaló la necesidad de que el Estado acompañe estos procesos, algo que no sucede desde que gobierna Milei. “Necesitamos de las instituciones políticas, el acompañamiento de la sociedad, el ejercicio de memoria y el quiebre de los pactos de silencio”.

Claramente opositora, la marcha no esperaba nada de Milei ni del gobierno, pero era sin dudas un mensaje contra el presidente. Ese rechazo abrumador de la multitud funciona también -aunque se pretenda ignorarlo- como una advertencia para los actores de poder que respaldan a Milei y ganan con él. Advertencia para su gobierno represor y sus compinches, que desataron mil formas de violencia, incluidas la reivindicación de la dictadura y la banalización del terrorismo de Estado, sembraron mucho odio.

Frente a la negación de los 30 mil desaparecidos, se expandió la consigna “Que digan dónde están” y las caras de los caídos se multiplicaron al infinito. Frente a la juventud mileista, hoy blanco de la desocupación libertaria, el 24 de marzo volvió a mostrar a una nueva generación militante, dispuesta a hacer su propia experiencia en la vereda de enfrente de la extrema derecha, destacan los analistas locales.

Nadie piensa que Javier  Milei haya llegado solo a la presidencia. Tampoco que las medidas que toma y las leyes que aprueba sean ocurrencias personales: es parte de un pliego de condiciones que fijaron las elites argentinas desde hace por lo menos un cuarto de siglo y que necesitaba un intérprete. Alguien que pudiera ejecutar en democracia un programa de similitudes notables con el que la dictadura vino a imponer a sangre y fuego, con Alfredo Martinez de Hoz como ministro de Economía. Milei es un instrumento, un empleado de ese poder de facto que decidió utilizarlo como vehículo de sus pretensiones, afirma  Diego Genoud.

El acto central comenzó pasadas las 16.30, pero ya desde el mediodía todos los vagones del metro y los buses con dirección a Plaza de Mayo iban repletos. Los pasajeros dejaban ver la variedad de personas que interpela la causa: familias con niños pequeños que decidieron llevarlos por primera vez, grupos de jóvenes estudiantes, jubilados, personas con camisetas de Argentina o con la frase Nunca Más, el título del informe publicado en 1984 por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep) que se convirtió en lema colectivo.

En la plaza, las personas que marchaban por su cuenta se mezclaban con los manifestantes encolumnados con agrupaciones políticas, sociales o sindicales. Habaía manifestantes que iban solos y otros en grupos, había niños, jóvenes y adultos, había personas en silla de ruedas, bebés en cochecitos, carritos de vendedores ambulantes en medio de la gente apiñada. Muchos llevaban en las manos o colgadas del cuello las fotos en blanco y negro de sus desaparecidos, los familiares o amigos que perdieron durante la dictadura y para quienes reclaman  justicia.

“No podíamos no estar en la plaza”, comentó Graciela Fernández, una docente jubilada de 75 años. “Si este Gobierno niega los crímenes de los militares ¡y está aplicando el mismo plan económico de la dictadura!”, se indignó. A unos metros, Claudio, 42 años, trabajador gráfico, lucía una camiseta con el pedido de “juicio y castigo”. “Mientras haya desaparecidos y nietos apropiados, vamos a marchar todos los 24 de marzo”, prometió. Como música de fondo, en distintos puntos de la plaza sonaban redoblantes y se escuchaban canciones ya clásicas: “Como a los nazis, les va a pasar, a donde vayan, los iremos a buscar”.

En los carteles caseros se reproducía el reclamo que este año se convirtió en lema central de la marcha: “Que digan dónde están”, la exigencia dirigida a los represores para que den información sobre el destino de los desaparecidos por la dictadura. Muchas víctimas han sido identificadas gracias al trabajo de antropólogos forenses sobre restos encontrados, pero quienes perpetraron los crímenes se han negado sistemáticamente a colaborar con las familias que siguen buscando a sus seres queridos.

“¿Qué queremos?”, preguntaba una mujer desde el altoparlante. “Justicia”, coreaba la plaza. “¿Qué perseguimos? Memoria”, respondía la multitud. “¿Qué preguntamos? Dónde están, ¿Qué queremos? Que abran los archivos”, completaba. Después, resonaba en Plaza de Mayo la canción Demoliendo hoteles, de Charly García, y la gente coreaba: “Yo que crecí con Videla / yo que nací sin poder / yo que luché por la libertad / pero nunca la pude tener”.

El negacionismo de Milei

El documento de este año estuvo centrado en denunciar que el plan económico del gobierno es el mismo que llevó adelante la dictadura, que utilizó el terrorismo de Estado para imponer un nuevo modelo “basado en la valorización financiera del capital, la desindustrialización y la primarización de la economía”.

“Milei impulsa el mismo programa que impusieron las grandes empresas en la dictadura cívico-militar para maximizar sus ganancias y profundizar la dependencia”, sostuvieron y destacaron las contrarreformas como la laboral, previsional, tributaria, que “significan retroceder más de un siglo en derechos logrados con luchas: la jornada de ocho horas, el derecho a una jubilación digna, la salud y la educación públicas” y que “no pueden imponerse sin represión”.

Mientras las movilizaciones para exigir “memoria, verdad y justicia” se replicaban en las principales ciudades del país, el Gobierno de Milei aprovechó la fecha para reiterar su planteo de “memoria completa”. Lo hizo mediante la difusión de un video titulado Las víctimas que quisieron esconder y dedicado a confrontar con “una visión sesgada y revanchista” que atribuyó a las políticas de derechos humanos impulsadas desde 2003 por el kirchnerismo.

El eje del discurso reiterado por el Gobierno desde hace dos años consiste en equiparar a los crímenes de la guerrilla en la década del 70 con los delitos de lesa humanidad del terrorismo de Estado.

La confianza en el gobierno de Javier Milei cayó 3,5% en marzo con respecto al mes anterior, y se ubicó 4,9% por debajo del mismo mes de 2025, de acuerdo con el índice que elabora la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella.