Análisis: Cómo responderá Irán un ataque de eeuu a su red eléctrica
Yousef Ramazani – PressTV
El plan iraní abarcaría no solo atacar la infraestructura energética y de tecnología de la información israelí, sino también todas las centrales eléctricas, plantas desalinizadoras y empresas vinculadas a Estados Unidos en la región del Golfo Pérsico.
El intercambio de amenazas y advertencias de los últimos días representa una de las escaladas más peligrosas en la guerra de agresión entre Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán, iniciada el 28 de febrero.
Cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, emitió un “ultimátum” de 48 horas exigiendo a Irán que abriera el estratégico paso de Ormuz a los petroleros estadounidenses o se enfrentaría al bombardeo de sus centrales eléctricas, la respuesta del Cuartel General Central de Irán, Jatam al-Anbiya, fue rápida, detallada e inequívoca.
En cuestión de horas, Teherán presentó una completa matriz de represalias que transformaría el cálculo estratégico de la guerra impuesta injusta e ilegalmente al pueblo iraní.
La advertencia no era abstracta. Mencionaba categorías específicas de objetivos en toda la región —desde la red eléctrica israelí hasta las plantas desalinizadoras del Golfo Pérsico— y especificaba las condiciones bajo las cuales serían atacados.
La posterior retirada estadounidense del ultimátum, anunciada el 24 de marzo, demostró que la postura disuasoria de Irán había logrado su objetivo.
Sin embargo, las vulnerabilidades de la infraestructura identificadas en la advertencia de Teherán persisten y revelan una región cuyos activos críticos están mucho más expuestos de lo que los planificadores militares occidentales han reconocido públicamente.
Anatomía de una posible represalia
La doctrina de represalia de Irán, articulada en términos precisos por el Cuartel General Central Jatam al-Anbiya, el centro de mando de las Fuerzas Armadas iraníes, opera bajo el principio de escalada proporcional con consecuencias desproporcionadas.
La advertencia emitida el 22 de marzo, poco después de la amenaza de Trump, estableció cuatro categorías distintas de objetivos que serían atacados si las fuerzas estadounidenses bombardeaban las centrales eléctricas iraníes.
La primera y más inmediata respuesta sería el cierre total del estrecho de Ormuz, que Irán mantendría sellado a todo el tráfico hasta la reconstrucción de sus centrales eléctricas, un proceso que requeriría meses o años, no semanas.
La segunda categoría incluye todas las centrales eléctricas, la infraestructura energética y las instalaciones de tecnología de la información pertenecientes al régimen israelí, que serían objeto de un amplio ataque coordinado para desmantelar la red eléctrica y la infraestructura digital de la entidad sionista.
La tercera categoría, la más estratégica, apunta a todas las empresas de la región con accionistas estadounidenses.
Esta disposición transforma la guerra, de una confrontación entre Estados a un ataque directo contra los intereses comerciales estadounidenses presentes en todo el Golfo Pérsico.
La cuarta categoría considera como objetivos legítimos las centrales eléctricas de los países que albergan bases militares estadounidenses.
Infraestructura israelí vulnerable
La infraestructura de generación de energía israelí, que ha sufrido una drástica privatización en la última década, representa un conjunto de objetivos concentrados y expuestos.

La Corporación Eléctrica de Israel opera 13 centrales eléctricas con 42 unidades generadoras y una capacidad instalada de 9474 megavatios, pero la resiliencia del sistema depende en gran medida de un puñado de instalaciones principales.
La central eléctrica de Dalia, cerca del kibutz Kfar Menachem, produce 912 megavatios, aproximadamente el 7% de la demanda total, utilizando tecnología de ciclo combinado.
La central de Eshkol en Ashdod, adquirida por Dalia Energy en 2023, aporta 1606 megavatios adicionales. La central de Dorad, cerca de Ashkelon, añade 840 megavatios.
Estas tres instalaciones privadas representan por sí solas más de un tercio de la capacidad de generación total de Israel, y su concentración geográfica en la llanura costera las hace vulnerables a ataques simultáneos.
La central eléctrica de Orot Rabin es una central de carbón y turbina de gas de ciclo combinado (CCGT) ubicada entre las ciudades de Hadera y Cesarea, a 35 km al sur de Haifa, compuesta por seis unidades de generación térmica y dos unidades de ciclo combinado de un solo eje. La central eléctrica de ciclo combinado de gas (CCGT) puede funcionar con combustible dual: gas natural como combustible principal y, en caso de escasez, también con fuel oil (combustible líquido derivado del petróleo). En los últimos años, se ha producido una conversión gradual del carbón al gas.
El complejo se extiende sobre 140 hectáreas e incluye la planta desalinizadora de Hadera en la parte sur, que abastece de agua a un millón de habitantes, y una serie de depósitos de almacenamiento en el noreste.
Además, será el futuro centro neurálgico del proyecto multimillonario de interconexión del Gran Mar, actualmente en construcción. Este proyecto consiste en el cable submarino de alta tensión más largo del mundo que lo conecta con las redes eléctricas de Chipre y Grecia, financiado en parte por la Unión Europea.
Más allá de la generación de energía, su sector de centros de datos, en rápida expansión, representa un objetivo de alto valor con consecuencias en cascada.
El centro de datos Ofek en Ashdod, anunciado en febrero de 2026, proporcionará 130 megavatios de capacidad de tecnología de la información, con planes de expansión a 200 megavatios, convirtiéndose así en la mayor instalación de este tipo proyectada en los territorios ocupados.
Se alimenta directamente de la central eléctrica adyacente de Eshkol Avshal, creando un nodo de infraestructura concentrado cuya destrucción interrumpiría no solo el suministro eléctrico, sino también los servicios de computación en la nube, las transacciones financieras y las operaciones generales del régimen.
Un segundo proyecto importante en la central eléctrica IPM en Beer Tuvia, con 40 megavatios de capacidad de TI, representa una vulnerabilidad similar.
La ambición israelí de convertirse en un centro regional de datos, con el apoyo de cables de fibra óptica submarinos hacia Europa, ha creado una concentración de infraestructura digital que sería extraordinariamente difícil de defender ante una campaña sostenida de misiles.
Red de accionistas estadounidenses en el Golfo Pérsico
Quizás el aspecto más innovador de la doctrina de represalias de Irán sea su enfoque en los intereses económicos estadounidenses integrados en la infraestructura de los Estados vecinos.
En todo el Golfo Pérsico, una red de participación corporativa y financiera estadounidense vincula los activos críticos de la región con Estados Unidos, transformando las relaciones comerciales en pasivos estratégicos.
La planta de Ras Al-Khair en Arabia Saudí, una de las mayores centrales eléctricas y desalinizadoras integradas del mundo, cuenta con una participación significativa de empresas de ingeniería estadounidenses, como General Electric y Fluor Corporation, y con instituciones financieras estadounidenses que poseen participaciones sustanciales en las empresas del proyecto.
El complejo de Shuaiba, en la costa del mar Rojo, presenta un perfil similar. Si ambas instalaciones fueran atacadas, no solo se vería afectado el suministro de electricidad y agua de Arabia Saudí, sino también las carteras de los inversores estadounidenses que han considerado la infraestructura del Golfo Pérsico como una clase de activo estable a largo plazo.
Los Emiratos Árabes Unidos albergan dos instalaciones de excepcional importancia estratégica. La central nuclear de Barakah, la primera central nuclear comercial del mundo árabe, suministra aproximadamente el 25 % de la electricidad de los Emiratos Árabes Unidos a través de sus cuatro reactores.
Westinghouse Electric Company, una importante empresa estadounidense de ingeniería nuclear, proporcionó el diseño del reactor y el apoyo técnico.
La planta desalinizadora de Taweelah, la mayor instalación de ósmosis inversa del mundo, produce 909 000 metros cúbicos de agua al día, suficiente para más de 2 millones de personas.
Su consorcio operador incluye fondos de inversión estadounidenses como BlackRock y Global Infrastructure Partners.
Un ataque contra Taweelah no solo privaría a millones de personas de agua potable, sino que también afectaría directamente a las carteras de los inversores institucionales estadounidenses que poseen participaciones en la planta.
El complejo Al-Zour de Kuwait, una enorme instalación integrada de energía y agua, fue financiado en parte por instituciones financieras estadounidenses, como JPMorgan Chase y Citigroup. Los fondos de inversión estadounidenses poseen participaciones minoritarias a través de vehículos de inversión en infraestructura.
La planta de Umm Al Houl en Catar, que combina 2520 megavatios de generación eléctrica con una capacidad de desalinización de 600 000 metros cúbicos diarios, involucra a empresas estadounidenses de servicios petroleros y gasísticos, como Halliburton y Schlumberger, y fondos de inversión estadounidenses mantienen posiciones en valores relacionados con CatarEnergy.
La planta de Al-Dur en Baréin, con su central eléctrica de 1234 megavatios y una capacidad de desalinización de 218 000 metros cúbicos diarios, fue financiada por Goldman Sachs y Morgan Stanley.
Las centrales térmicas de Aqaba y Al-Samra en Jordania han involucrado a las contratistas estadounidenses Bechtel y KBR.
Este patrón se repite en toda la región: la infraestructura crítica de la que dependen los Estados del Golfo Pérsico para obtener electricidad, agua y conectividad digital ha sido financiada, construida y parcialmente propiedad de corporaciones e instituciones financieras estadounidenses.
La doctrina de represalias de Irán apunta explícitamente a esta interdependencia, convirtiendo la integración económica estadounidense en una vulnerabilidad en lugar de una fuente de fortaleza.

La dimensión de la desalinización
Uno de los elementos potencialmente más devastadores de la represalia iraní sería el ataque a las plantas desalinizadoras del Golfo Pérsico.
El suministro de agua dulce de la región depende casi por completo de la desalinización, y las instalaciones que la producen se encuentran entre los componentes más sensibles y menos resilientes de la infraestructura del Golfo Pérsico.
La planta de Taweelah en los Emiratos Árabes Unidos, la planta de Ras Al-Khair en Arabia Saudí, el complejo de Al-Zour en Kuwait, la planta de Umm Al Houl en Catar y la planta de Al-Dur en Baréin abastecen en conjunto la mayor parte del agua dulce para una población de más de 50 millones de personas.
La planta desalinizadora de Taweelah, ubicada en los Emiratos Árabes Unidos, es, según se informa, la mayor planta de ósmosis inversa en operación en el mundo actualmente, con una capacidad de 909 000 m³/día.
A diferencia de las centrales eléctricas, que en teoría pueden repararse o desviarse mediante interconexiones a la red, las plantas desalinizadoras no tienen sustitutos.
La destrucción de incluso una sola planta desalinizadora importante provocaría una crisis humanitaria en cuestión de días, y el ataque simultáneo a múltiples instalaciones desbordaría cualquier respuesta de emergencia imaginable.
La advertencia de Irán mencionaba explícitamente las plantas desalinizadoras como objetivos legítimos en represalia por los ataques a la infraestructura energética iraní, reconociendo que la vulnerabilidad del suministro de agua dulce del Golfo Pérsico representa una asimetría estratégica que favorece al defensor.
Cierre del Estrecho de Ormuz
El elemento más inmediato y con mayores consecuencias económicas de la represalia iraní sería el cierre total del estrecho de Ormuz.
Desde que comenzó la agresión el 28 de febrero, Irán ha mantenido un “control inteligente” sobre la vía marítima, permitiendo el paso únicamente a embarcaciones no afiliadas a la coalición estadounidense-israelí ni a sus aliados.
Un cierre total paralizaría aproximadamente el 20% del petróleo comercializado a nivel mundial que transita diariamente por el estrecho, provocando una crisis en los precios de la energía que se extendería por los mercados globales en cuestión de horas.
Las consecuencias económicas recaerían desproporcionadamente sobre los Estados del Golfo Pérsico, que dependen del estrecho para sus exportaciones de petróleo, y sobre las economías estadounidense y europea, que dependen del suministro energético del Golfo Pérsico.
La advertencia de Irán especificaba que el estrecho permanecería cerrado hasta la reconstrucción de sus centrales eléctricas destruidas, un plazo que se mediría en meses o incluso años, no en semanas.
Este elemento de la doctrina de represalia transforma un ataque militar táctico en un arma económica estratégica con implicaciones globales.
Retirada estadounidense: Una decisión calculada
La secuencia de eventos del 22 al 24 de marzo demuestra que la postura disuasoria de Irán logró su objetivo.
La amenaza de Trump de “aniquilar” las centrales eléctricas iraníes, emitida el 22 de marzo, fue respondida en cuestión de horas por la detallada matriz de represalias del Cuartel General Central de Jatam al-Anbiya.
Para el 24 de marzo, el presidente estadounidense había retirado su ultimátum, alegando que “conversaciones muy buenas y productivas” con Irán habían dado lugar a un aplazamiento de cinco días.
Funcionarios iraníes rechazaron de inmediato esta afirmación. El presidente del Parlamento, Mohamad Baqer Qalibaf, declaró categóricamente que no se habían llevado a cabo negociaciones, calificando las declaraciones estadounidenses de “noticias falsas” destinadas a manipular los mercados petroleros. El Ministerio de Exteriores de Irán también desestimó categóricamente la afirmación del presidente estadounidense.
Este patrón revela una dinámica recurrente. Cuando Trump afirmó desconocer los ataques israelíes contra la infraestructura energética iraní durante la tercera semana de la guerra, la represalia iraní contra instalaciones vinculadas a Estados Unidos en Catar, Arabia Saudí, Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos no se hizo esperar.
La retirada estadounidense del ultimátum del 22 de marzo sugiere que se consideró que los costos de atacar las centrales eléctricas iraníes —la destrucción de los intereses comerciales estadounidenses en toda la región, el colapso del suministro de agua dulce del Golfo Pérsico y el cierre del estrecho de Ormuz— superaban cualquier beneficio potencial.
Implicaciones estratégicas
La doctrina de represalias de Irán representa una sofisticada evolución en la guerra asimétrica, que aprovecha la interdependencia económica como multiplicador de fuerza.
Al atacar no solo la infraestructura israelí, sino también los activos estadounidenses ubicados en los Estados del Golfo Pérsico, Teherán ha creado un elemento disuasorio que no puede contrarrestarse únicamente por medios militares.
Los Estados del Golfo Pérsico que albergan bases estadounidenses y accionistas estadounidenses se encuentran ahora como objetivos potenciales en una guerra innecesaria que no eligieron, y su infraestructura crítica se ha transformado en una herramienta de presión contra Estados Unidos.
Para Estados Unidos, la vulnerabilidad es igualmente profunda. La red de intereses corporativos y financieros estadounidenses en el Golfo Pérsico, otrora celebrada como fuente de influencia regional, se ha convertido en una desventaja estratégica.
Los fondos de inversión, las empresas de ingeniería y las instituciones financieras cuyas carteras incluyen infraestructura del Golfo Pérsico se enfrentan ahora a la posibilidad de pérdidas catastróficas en una guerra que no pueden gestionar ni controlar.
La retirada estadounidense del ultimátum del 22 de marzo sugiere que Washington reconoce esta vulnerabilidad, aunque no pueda admitirla públicamente.
Al entrar la guerra en su quinta semana, el mapa de infraestructuras de la región se ha convertido en un campo de batalla que los planificadores militares apenas comienzan a comprender.
La doctrina de represalias de Irán, articulada con precisión y demostrada mediante ataques previos, ha establecido una nueva realidad: cualquier ataque contra la infraestructura energética iraní recibirá una respuesta que no solo afectará la red eléctrica de Israel, sino también los cimientos económicos del poder hegemónico estadounidense en el Golfo Pérsico.
La amenaza no es teórica, como advierten los expertos. Los objetivos están identificados, los sistemas están en marcha y la única incógnita es si Washington intensificará la escalada.


