Brasil. ¿Por qué podría perder Lula la elección presidencial contra Flavio Bolsonaro?
Thiago Flamé – La Izquierda Diario
En las últimas semanas, las encuestas de opinión han mostrado un aumento en el apoyo a Flávio Bolsonaro y un descenso de Lula, y por primera vez, el bolsonarismo ha superado a Lula en la segunda vuelta en algunos sondeos. Esto refleja la impotencia de un frente muy amplio cuya única justificación sería la lucha contra el bolsonarismo.
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El resurgimiento de un movimiento de extrema derecha con una base social masiva no es un hecho ocasional ni pasajero, sino producto de las contradicciones estructurales del capitalismo. En Brasil, la ideología de extrema derecha, e incluso el fascismo manifiesto dentro de las élites civiles y militares, tiene sus raíces en una clase dominante heredera de los esclavistas. Derrotarla no es tarea fácil, pero en varias ocasiones en la historia brasileña, los movimientos obreros y populares han demostrado, a través de su lucha, el camino hacia la victoria, mientras que el camino de la conciliación siempre ha conducido a la derrota. Incluso en la victoria.
A corto plazo, el gobierno De Lula y el Frente Amplio (la coalición con sectores de la derecha y la centro derecha que le permitió ganar las elecciones pasadas), ven a Flávio Bolsonaro (hijo del expresidente ultrederechista) avanzar en las encuestas en un momento de reveses internacionales para Trump y el trumpismo.
Con la derrota de Viktor Orbán en Hungría, la primera derrota de Giorgia Meloni en el referéndum sobre la reforma judicial en Italia y el debilitamiento de Javier Milei en Argentina, en el contexto del importante debilitamiento interno de Donald Trump debido a la lucha contra el ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas), agravado por la fallida guerra contra Irán, Flávio Bolsonaro representa, por el momento, una tendencia contraria a esta dinámica de debilitamiento internacional de la extrema derecha. Esto se explica no por ningún mérito del bolsonarismo en sí, sino por las contradicciones del gobierno de Lula.
Tras casi cuatro años del gobierno de Lula asociado el derechista Geraldo Alckmin, y con la fuerza que muestra Flávio Bolsonaro en las encuestas, resulta evidente para cualquiera que quiera ver que la vía de la conciliación con la derecha fortalece, en lugar de debilitar, a la ultraderecha. La adopción del programa de la burguesía y del mercado financiero, como el ajuste aplicado con el llamado “marco fiscal”, la privatización de los ríos y la entrega de tierras raras a Trump, no ha debilitado al bolsonarismo electoralmente, y mucho menos social y políticamente. En la cumbre progresista de Barcelona, Lula, impulsado por la retórica de campaña, ofreció una explicación precisa: al adoptar el programa neoliberal, la izquierda fortaleció a la ultraderecha. Esto fue una confesión de culpa total, ya que su tercer mandato es un laboratorio avanzado para la capitulación ante el neoliberalismo.
En el período más reciente, los sectores progresistas expresaron en redes sociales la semana pasada su frustración ante una enorme contradicción en el gobierno de Lula. Mientras que toda la base social del Partido de los Trabajadores y los progresistas hacen campaña afirmando que si Flávio Bolsonaro gana, entregará las riquezas de Brasil a Estados Unidos y a Trump, Lula se adelantó a esto. Junto con el gobernador de Goiás, Ronaldo Caiado, candidato de la oposición y líder histórico de la UDR (Unión de Ruralistas), orquestó la entrega de la mayor empresa minera de tierras raras de Brasil, y una de las más grandes del mundo, a Estados Unidos, en una operación patrocinada directamente por la administración de Donald Trump.
Apostar por el “aparato” estatal
Es cierto que, a seis meses de las elecciones, la situación actual no es necesariamente la que veremos en Octubre. José Dirceu (histórico referente del PT) en discursos y entrevistas, ha señalado el peso de la maquinaria política, especialmente en la recta final de las elecciones. En 2022, seis meses antes de las elecciones, Jair Bolsonaro estaba mucho más rezagado en las encuestas, pero con la intensa actividad del gobierno y la concesión masiva de préstamos, repuntó, lo que propició una segunda vuelta muy ajustada.
En una encuesta de Datafolha realizada el 22 y 23 de marzo de 2022, Lula tenía el 43% de la intención de voto, mientras que Bolsonaro tenía el 26%. En las urnas, seis meses después, Lula obtuvo el 48% y Bolsonaro alcanzó el 43%. Todas las alternativas de la “tercera vía” promovidas por la prensa tradicional, al igual que en 2018, se desvanecieron.
Esta dinámica es aún más fuerte en 2026, lo que plantea la posibilidad de que las elecciones se decidan en primera vuelta, de una forma u otra.
La estrategia electoral de Lula y el Frente Amplio se basa en esta tendencia del poder del aparato estatal, una tendencia que, de hecho, es muy fuerte. Jair Bolsonaro fue el único presidente tras la dictadura que no fue reelegido. A medida que se acercan las elecciones, el aparato estatal se hará notar más en la negociación para la formación de listas regionales, en la concesión de prestaciones sociales y, no menos importante, en la posible aprobación de alguna forma de reducción de la jornada laboral en el Congreso, de la que el gobierno espera sacar provecho. Sin embargo, tras tres años de austeridad fiscal, de un gobierno que privatizó en gran medida el trabajo precario y la economía colaborativa, y que formó parte del consenso extractivo de la burguesía, puede que el giro que los periodistas liberales llaman “populista” llegue demasiado tarde.
El precio de esta apuesta por ganar movilizando las redes clientelistas tradicionales del Estado brasileño es el de “ganar, pero no ganar realmente”. Los gobiernos del Partido de los Trabajadores que ganaron elecciones siempre estuvieron condicionados por el bloque centrista, alcanzando el punto álgido de esta lógica en el tercer gobierno de Lula y su alianza con el derechista Alckmin, que fue parte del bloque que impulsó el golpe institucional contra Dilma Rousseff en 2016. Una victoria electoral para Lula no significa una derrota decisiva para la extrema derecha, como tampoco lo fue en 2022. Y menos aún para el programa económico de la extrema derecha, que se mantuvo vigente en el programa implementado por el gobierno.