Cómo se posicionaron los países árabes en la guerra de Irán y por qué están divididos
Helena Margarit-Público
Ha pasado ya más de un mes desde la ofensiva de Israel y Estados Unidos contra Irán, mientras las negociaciones sobre el programa nuclear iraní en Ginebra, mediadas por Omán, avanzaban. En una región históricamente convulsa como es Medio Oriente, durante las últimas semanas la tensión no ha parado de incrementar. La República Islámica de Irán respondió bombardeando a países vecinos de la región que albergan bases estadounidenses, además de bloquear el Estrecho de Ormuz.
En este pretexto, Israel ha encontrado la excusa para atacar también al Líbano, especialmente el sur del país y de la capital donde se concentra la mayor parte de la población chií y la presencia y actividad de Hezbolá.
Arabia Saudí, Catar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Irak o Siria son algunos de los países que han recibido la respuesta iraní a los ataques de Washington y Tel Aviv. El objetivo de Irán es bloquear el conflicto, extenderlo por toda la región y así obligar a Estados Unidos a negociar. Uno de los blancos principales en este contexto ha sido Arabia Saudita, firmante junto a Baréin, Marruecos y Sudán de los Acuerdos de Abraham impulsados por Donald Trump para normalizar las relaciones de los estados musulmanes con Israel.
Por ahora, la posición de los países de Oriente Medio se puede dividir en tres bloques, aunque son asimétricos, fluctuantes y escapan del lenguaje habitual de “a favor” o “en contra”. Por un lado, las monarquías del Golfo están más alineadas con Estados Unidos, en gran medida porque ven cómo esta guerra afecta a la imagen de países prósperos y modernos que llevan tanto tiempo construyendo, además de los efectos a largo plazo que podría tener en sus infraestructuras petroleras y gasísticas.
Entre los países mediadores, que intentan parar una guerra en la que no quieren verse involucrados, destacan Turquía, Egipto y Pakistán, aunque también un país del Golfo Pérsico: Omán. Por último, el tercer bloque lo conforman países que no son aliados de Washington ni mediadores, pero tampoco proiraníes. Entre ellos se encuentran Estados muy distintos, como Irak, Jordania o Líbano, cuyo punto en común es que sufren un conflicto que prácticamente les ha caído encima.
Irán no es solo un país persa en un entorno mayoritariamente árabe, sino que sus dirigentes son chiíes, frente a la mayoría suní del resto de países de la región. De los 1.800 millones de musulmanes del mundo, entre el 85 y el 90% son sunitas, mientras que los chiíes constituyen una minoría del 10-15% repartida, principalmente, entre Irán, Azerbaiyán, Irak y Pakistán. Cuando estallan las guerras en Medio Oriente, el recurso a la fractura suní-chií aparece casi de forma automática, cayendo en el reduccionismo religioso para justificar conflictos: hay una historia de catorce siglos detrás y una distribución geográfica que parece ordenar el caos, pero también hay varios ejemplos que desmienten el esquema.
Irán, potencia chií, ha apoyado con financiación y armamento durante décadas a Hamás, organización suní palestina. Turquía, país de mayoría suní y miembro de la OTAN, mantiene desde hace años una relación de cooperación con el Irán chií frente a enemigos comunes, como Arabia Saudí o Israel. Y en 2017, Arabia Saudí impuso un bloqueo económico a Catar, es decir, dos monarquías suníes del Golfo enfrentadas por intereses estratégicos.
La división suní-chií no actúa como motor de los conflictos en Oriente Próximo, sino más bien como su consecuencia. Cuando la región entra en combustión, la fractura reaparece como lenguaje político inmediato, como marco recurrente de interpretación. Las élites la instrumentalizan para movilizar a sus poblaciones, justificar alianzas e, incluso, legitimar la violencia.
Sin embargo, las raíces de estas disputas suelen encontrarse en desigualdades socioeconómicas, intereses de poder o tensiones territoriales que tienden a prolongarse por la intervención y los intereses geopolíticos de potencias externas. Pese a ello, Occidente cae a menudo en la retórica de buscar respuestas étnicas y religiosas. Una simplificación que contribuye a desdibujar las causas estructurales.