Economía de la atrocidad
Luis Britto García
Un parásito que no puede ganarse la vida recurre a dos estrategias: la estafa, emitiendo pagarés sin respaldo, y el robo a mano armada, apoderándose de lo que no le pertenece.
Examinemos el robo a mano armada. Así como el consumo de hidrocarburos marca la economía, las luchas por su dominio determinan la historia. La Primera Guerra Mundial se libró por los yacimientos del Cercano Oriente, entonces bajo control del Gran Imperio Otomano. La Segunda, por el dominio de los pozos de Bakú y el bloqueo estadounidense impuesto a Japón sobre la importación de energía fósil y minerales estratégicos. En la raíz de casi todos los conflictos bélicos está la necesidad de robar yacimientos de energía fósil, vías hacia ellos o zonas de influencia estratégica sobre los mismos. En esta tarea, entre 1945 y 2024, Estados Unidos ha victimizado a 37 naciones, con un saldo de 20 millones de muertes.
Hacia 2004, el general Wesley Clark, antiguo supremo comandante de los Aliados en Europa para la invasión de Kosovo, manifestó que Estados Unidos asaltaría siete países: Irak, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán e Irán. Todos tienen hidrocarburos; todos han sido agredidos; a la fatídica lista faltó añadirle Venezuela, con las mayores reservas de hidrocarburos del mundo y finalmente invadida en 2026.
Dos factores aceleran el saqueo armado. El mundo está pasando o pasó el “pico de los hidrocarburos”, punto óptimo de explotación a partir del cual estos se harán progresivamente escasos, hasta agotarse dentro de cuatro o cinco décadas. Para Estados Unidos, primer devorador de hidrocarburos, sus reservas se agotarán dentro de cinco años. Esto los hace críticamente dependientes del robo de energía fósil externa mediante amenaza o intervención militar.
El robo a mano armada de hidrocarburos se potenció con la estafa basada en la necesidad de hidrocarburos. En 1944, con los acuerdos de Breton Woods, Estados Unidos obligó a todos los países occidentales a respaldar sus monedas con reservas en dólares. En 1971, el presidente Nixon reconoció que la fraudulenta emisión incontrolada de dólares no tenía ya ningún tipo de respaldo y utilizó su potencia armamentista para obligar a todos los países que desearan adquirir petróleo a pagarlo única y exclusivamente en dólares sin respaldo.
A esta extorsión se la llamó “el petrodólar”. Estados Unidos usó y abusó de ese “privilegio exorbitante” para endeudarse indefinidamente por encima de sus medios, comprando en el resto del mundo bienes reales pagados con dólares cada vez menos valiosos y bonos del Tesoro cada vez menos confiables.
Así, Estados Unidos llegó en febrero de 2026 a acumular una impagable deuda pública de 56 trillones de dólares, más de 124% de su PIB (para los anglosajones, un trillón es una cantidad de 1.000.000.000.000) (fortune.com/2026/02/17/national-debt-spiral-fiscal-crisis-unsustainable-path-trump-sugar-high-economy/). Según la Congressional Budget Office, el déficit presupuestario es de 1,9 trillones. Estas abominables cifras las costeaba el resto del mundo aceptando papeles sin respaldo como petrodólares y bonos del Tesoro a cambio de bienes reales: petróleo, minerales, alimentos, manufacturas.
Estados Unidos, antaño poderosa potencia económica, carece de capacidad productiva para cancelar esta aplastante deuda. Su propia clase dominante exportó sus capitales e industrias al Tercer Mundo para aprovechar los salarios de miseria de este. Su capitalismo industrial, antes productor de bienes, involucionó a capital financiero, que solo produce ficticios dividendos especulativos. La clase capitalista se hizo inmune a los impuestos que podrían amortizar el débito.
Hacia 1977 las grandes fortunas tributaban tasas de 70% sobre sus ingresos, hoy no pagan más de 22%, esconden sus beneficios en paraísos fiscales y fundaciones exentas de tributación; que financian elecciones tras las cuales los candidatos electos les prodigan generosas condonaciones y amnistías fiscales. Mientras, a pesar de la demoledora inflación y el aumento demográfico, los sueldos de los trabajadores y el gasto civil del gobierno son los mismos que hacia 1970.
Pero la avaricia rompe el saco, y el latrocinio, la aceptabilidad de monedas sin respaldo. Inevitablemente, países cuya economía estaba basada en el oro negro proyectaron lanzar divisas que tuvieran más valor que el papel pintado de verde. Irak intentó el dinar, asociado al euro. Libia proyectó el dinar de oro, respaldado por sus reservas de 143 toneladas de oro e igual cantidad de plata. Ambos países fueron arrasados y minuciosamente saqueados por Estados Unidos o por fuerzas apoyadas por estos.
Sin embargo, la práctica estadounidense y europea de robar las reservas depositadas en bancos bajo su influencia obligó a la Federación Rusa, China, India y en general a los Brics a comerciar en monedas distintas del dólar carente de respaldo. Venezuela, agredida desde 2002 y encarnizadamente bloqueada desde 2017, asestó un golpe mortal al monopolio del petrodólar al vender sus hidrocarburos en rublos y yuanes, fuera del sistema Swift, y al movilizarlos en barcos de la “flota fantasma” rusa.
Incapaz de competir económicamente, el parásito no tenía más recurso que la fuerza bruta. Pero esta no le ha reportado más que dos rehenes secuestrados: todavía tiene que dominar un país.
* Narrador venezolano, ensayista, dramaturgo, dibujante, explorador submarino, autor de más de 60 títulos. En 2002 recibió el Premio Nacional de Literatura, y en 2010 el Premio Alba Cultural en la mención Letras.