El poder imperial quiere salvarnos de los daños que nos ha causado

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Clodovaldo Hernández – La Iguana

El patrón es sencillo: te daño, te causo mucho sufrimiento para luego fingir que vengo a salvarte. La idea es que, en vez de denunciarme por dañarte, en vez de odiarme por hacerte sufrir, termines agradeciéndome por bajarle intensidad al daño, por mitigar el sufrimiento. Incluso, deberías amarme.

Lo anterior puede ser la definición de una relación con fuertes componentes sadomasoquistas y algo de síndrome de Estocolmo. Pero en este caso estamos hablando de geopolítica. Esa es la estrategia que Estados Unidos le ha aplicado durante años a países como Venezuela y que ahora ha adquirido una dimensión nueva, ya monstruosa. La misma estrategia que amenaza con aplicarle a cualquier otro país que no siga sus dictámenes, más imperiales que nunca.

No es una política exterior nueva. Existe desde el siglo XIX, como lo advirtió el Libertador, cuando el poderío internacional estadounidense estaba apenas en gestación. Alcanzó máximos niveles durante el siglo XX, en la etapa de su expansión global. Y ha adquirido un renovado perfil en la actualidad, en la época del declive luego de haber sido la única superpotencia planetaria, tras el colapso de la Unión Soviética, en 1991.

Lo nuevo en estos días que corren es que el mecanismo ya no tiene los disfraces de la diplomacia que en algún momento se puso. Está al desnudo y eso que, de por sí, es demasiado grotesco, se pone peor porque la figura protagónica de la escena es Donald Trump.

El acto de guerra contra Venezuela, sin declaración previa, sin autorización de la Organización de las Naciones Unidas, sin consulta con el Congreso de EEUU y —lo más importante— sin casus belli, marca una pauta para el mundo entero. Al demostrar su disposición a pisotear el orden internacional con la abierta intención de apoderarse de los recursos de otro país, Washington pretende sembrar el terror en el resto de Nuestra América y, de hecho, como quedó claro en la reunión de Davos, ha puesto a temblar a sus aliados europeos. Ha quedado claro que no sólo espera recuperar su hegemonía sobre el “patrio trasero”, sino también sobre el delantero, el jardincito del que una vez se ufanó Josep Borrell, cuando era Alto Representante de la Unión Europea, en 2022.

Pero sería un grave error pensar que la clave del asunto sea el prosaico y vulgar líder que ahora tiene EEUU. Qué va. Esa política de hacer daño, causar sufrimiento y luego aparecer como rescatistas es muy antigua. Viene desde la Doctrina Monroe y se asume aún más claramente violenta con el Corolario Roosevelt y su política del Gran Garrote. Pero, sin ir tan lejos en el pasado, en lo que toca a Venezuela, el patrón de “te daño-te salvo” se ha aplicado desde comienzos de siglo y lo han hecho tanto gobiernos del partido Republicano como del Demócrata.

El petróleo como eje de la acción

La política exterior siempre ha estado orientada a la apropiación de recursos y, claramente, el petróleo es uno de los más importantes. El golpe de Estado de 2002 fue la respuesta imperial (con fuertes aliados internos) a la primera reforma a la Ley Orgánica de Hidrocarburos que se hizo en Revolución.

Se aplicó la vieja receta contra cualquier política soberanista respecto a los hidrocarburos: derrocar al presidente que se atreviese a llevarla a cabo. Lo habían hecho en 1953 contra el primer ministro Mohammad Mosaddeq, en Irán; y en Venezuela, en 1945, contra Isaías Medina Angarita y en 1948, contra Rómulo Gallegos.

En 2002 funcionó otra vez, pero el gobiernillo que iba a restaurar la anterior ley petrolera no duró sino dos días. La única medida que llegaron a tomar los ejecutivos de Petróleos de Venezuela participantes del golpe se resume en la frase que uno de ellos pronunció, salivando de goce: “Ni una gota de petróleo más para Cuba”. Eso lo dice todo.

Al retornar al poder aquella épica noche del 13 de abril, Chávez llegó repartiendo perdones. Les devolvió sus cargos a los referidos ejecutivos salivosos, quienes, a la vuelta de unos meses, reincidieron con el paro-sabotaje petrolero, el peor atentado que se haya hecho contra la principal industria nacional. El cálculo que hicieron los llamados “meritócratas” fue que al dejar sin gasolina y sin gas al país en pleno mes de Navidad, el gobierno caería de nuevo, todo ello siguiendo el libreto ese de te hago sufrir y luego aparezco como el redentor.

No funcionó, pero el daño a la industria fue grave. Los integrantes de la camarilla meritocrática, como era de esperarse, rápidamente encontraron empleo en las trasnacionales de las que, en rigor, siempre fueron agentes. Pero miles de trabajadores calificados que fueron arrastrados a la aventura del sabotaje sufrieron las consecuencias. Y PDVSA también, por la pérdida de mano de obra calificada y porque los jefes que llegaron a dirigirla —con la honrosa excepción de Alí Rodríguez Araque— hicieron de ella un antro de corrupción durante varios años.

La declaración de Brownfield

En cualquier recuento relacionado con la aplicación del patrón “te daño para luego salvarte” hay que mencionar a William Brownfield, uno de los últimos embajadores de EEUU en Venezuela, antes de que se rompieran las relaciones diplomáticas.

Brownfield es un siniestro personaje, del género pisapasito, que se la pasaba en los estadios de beisbol, portando una cachucha de los Orioles de Baltimore y metiéndose en las casetas de los circuitos de radio y TV a hacer las veces de comentarista invitado, para alimentarse del gusto venezolano por la pelota. En 2018 declaró a La Voz de América que eventualmente sería necesario sancionar severamente a PDVSA, a sabiendas de que eso causaría mayores calamidades de las que ya estaba pasando el ciudadano común en esos años. Casi haciendo pucheros, el tartufo Brownfield alegó que tal vez era mejor acelerar el colapso, aunque produjera un período de sufrimiento mayor por meses o quizá años.

Según este sujeto, después de ese cruce por el desierto bíblico inducido por EEUU, el pueblo venezolano llegaría a la tierra prometida, es decir, al tiempo maravilloso en que estaría de nuevo bajo el ala de EEUU.

El robo de Citgo

En efecto, dicho y hecho: el primer gobierno de Trump desarrolló al pie de la letra la ruta definida por Brownfield, aplicando medidas coercitivas unilaterales contra PDVSA que obligaron a las trasnacionales a abandonar las empresas mixtas con la petrolera estatal venezolana.

En la reciente reunión de Trump con los altos ejecutivos de las petroleras estadounidenses, varios de ellos le dejaron claro que no se fueron de Venezuela porque el malvado gobierno comunista las haya echado o expropiado, sino porque la primera administración del magnate anaranjado no les dejó otra opción. A veces, la verdad llega por la boca de quien los poderosos menos se imaginan.

No contentos con los inclementes ataques contra la producción nacional de petróleo, EEUU despojó a Venezuela, mediante la maniobra del falso gobierno encargado, de su principal empresa en el suelo estadounidense, la petrolera Citgo. El argumento fue que de esa manera evitarían que el tirano Maduro se robara el dinero producido por esa compañía. La solución a ese supuesto problema sería que se lo robaran ellos: el gobierno estadounidense, las trasnacionales gringas y los muy corruptos “funcionarios” del interinato. En eso andan todavía.

Los daños perpetrados a la economía nacional y —como bien lo anticipo Brownfield— al pueblo venezolano fueron tremendos, en forma de hambre, desnutrición, migración descontrolada, falla de los servicios públicos y muchísimos más. Pero no se produjo el colapso. Antes bien, hubo una sorprendente recuperación económica que comenzó en medio de la pandemia.

Robos de tanqueros, asedio y ataque militar

El gobierno de Joe Biden (partido Demócrata) no hizo cambios sustanciales en las medidas coercitivas unilaterales, salvo permitir que la estadounidense Chevron mantuviera sus actividades en Venezuela. En la campaña electoral, Trump le recriminó a “Joe, el Dormilón” su pendejería. Dijo que él había dejado a Venezuela al borde del nocaut y que Biden no completó el trabajo. Bueno, ya sabemos que su sinceridad es insultante.

En el transcurso de su primer año en este segundo período, Trump ha hecho todo lo posible por “completar el trabajo”: lanzó las falaces narrativas del Cartel de los Soles y el Tren de Aragua; intensificó las mal llamadas sanciones; secuestró, humilló y deportó a 252 connacionales a una cárcel de máxima seguridad en El Salvador; eliminó las protecciones legales que tenían otros migrantes (en su mayoría partidarios suyos, para mayor injuria); atacó lanchas civiles en el Caribe, matando a decenas de personas bajo la acusación de que eran narcotraficantes; robó tanqueros cargados con crudo venezolano, argumentando que eran buques sancionados y, ya en 2026, bombardeó Caracas y otras localidades y secuestró al presidente constitucional, Nicolás Maduro, y a su esposa, la primera combatiente y diputada Cilia Flores.

Luego de semejante cúmulo de tropelías, la matriz de opinión que está tratando de imponerse es una que nos devuelve al patrón de “te daño y te salvo”. Todos los aparatos políticos, mediáticos y de redes trabajan para que el pueblo termine agradeciéndole a Trump por violar nuestra soberanía, destruir infraestructuras militares y civiles, matar un centenar de personas y secuestra al presidente y a la primera dama.

El empeño está puesto en lograr que les demos las gracias y hasta que amemos a quienes llevan décadas tratando de doblegarnos mediante golpes de Estado, huelgas petroleras, sabotajes de todo tipo, robo de nuestras empresas, agresiones a los connacionales migrantes, matanzas en alta mar, asalto a buques petroleros y un inédito bombardeo, al parecer ejecutado con terroríficas armas de última generación.

¿Cuajará esa vil estrategia de guerra cognitiva? Dependerá de que podamos ver lo ocurrido en la retrospectiva histórica que acá apenas se ha esbozado. Los hechos demuestran que el imperio en pleno declive quiere salvarnos de los dolores que antes no ha infligido. Demasiado patológico.