Los adultos mayores, un sector despreciado y hasta reprimido

La rebeldía no se jubila

En pocos años, los adultos mayores serán el 25% de la población mundial. Un importante grupo etario que luego de terminar su ciclo “productivo” es, en muchas latitudes, ignorado y aun despreciado; y cuando no, reprimido.

Los avances en el desarrollo social y económico, así como en materia de salud, han reducido la tasa de mortalidad, en particular entre las personas de la tercera edad. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el número de personas en este sector está aumentando y ya supera al de los más jóvenes, lo cual habla del envejecimiento gradual de la población a nivel global. En 2024, la esperanza de vida fue de 73,3 años, un aumento significativo de 8,4 años con respecto a 30 años antes. Si la tendencia se mantiene, en 2030 este sector podría llegar a 1.400 millones de personas, es decir, 300 millones más que en 2023.

Protesta de los jubilados en Ecuador, en defensa de su sistema de previsión y el Instituto que lo gestiona.

Otro factor no menos importante a la hora de explicar el fenómeno del relativo “envejecimiento” de la población mundial es la reducción de la tasa de natalidad. En las sociedades más desarrolladas, debido fundamentalmente al acceso a la contracepción y a un nivel de formación superior de las parejas. En las menos desarrolladas, debido al impacto tan severo de constantes crisis sociales y económicas que, de hecho, desalientan la expansión familiar. En síntesis: cuantos menos nacimientos, menos numerosa es la población joven en momentos en que la población adulta se expande rápidamente. 

Esta dinámica de envejecimiento poblacional masivo repercute no solo en la salud y el cuidado de la tercera edad, sino también en sus nuevos roles y desafíos en sus propias comunidades, donde a menudo los recursos para responder a sus necesidades específicas son escasos. Inevitablemente, estos “ancianos” se convierten en una carga social y económica, en competencia con las demandas de las generaciones jóvenes. En numerosos países, terminan siendo los “viejos” que ya no producen y, en muchos casos, son considerados como material social desechable.

Rostros y voces humanas

Cecilia Vitelli, 65 años, jubilada argentina del sector de las comunicaciones, recibe actualmente una pensión que equivale casi a 800 dólares mensuales. (La misma incluye un bono que no se ha ajustado al encarecimiento de la vida desde hace dos años). Si bien esta cantidad se aproxima a la de una jubilación profesional en su país —casi el doble de una mínima—, para Cecilia y su esposo, un trabajador independiente sin pensión propia debido a sus escasos o muy irregulares aportes jubilatorios, representa el único ingreso familiar. Además de sus gastos habituales, este matrimonio debe asumir el costo adicional por el cuidado de sus propios nietos buena parte de la semana.

Argentina: represiòn a la marcha de jubilados

“Tenemos que sobrevivir como se puede”, afirma Vitelli. “Los servicios de luz, gas, agua, teléfono e Internet aumentan todos los meses. Existe una inflación real que desborda la del índice oficial, que es totalmente ficticio. Muchos jubilados deben renunciar a algunos o a todos sus medicamentos y acceden a una sola comida diaria”. Según ella, “es obvio, que, en estas circunstancias, tenemos importantes privaciones”.

Si una familia tipo en un suburbio de Buenos Aires tiene que alquilar, necesita un ingreso mínimo de 1.800 a 1.900 dólares. A eso debe sumársele el costo de una canasta de alimentos básica, alrededor de 1.000 dólares. Para un matrimonio jubilado con apenas 800 dólares mensuales, es algo prácticamente imposible, lo que lleva a Vitelli a remarcar que aun cuando los jubilados han estado confrontando situaciones muy difíciles desde hace muchos años, “nunca fueron tan duras como hoy… y no se ve una salida a corto o mediano plazo, ya que todo está por el suelo: la salud, la educación y el trabajo, que no se consigue”. Una situación muy preocupante, con el agravante de que “el poder abusa de la necesidad de muchos, especialmente de la tercera edad… porque tenemos un gobierno de ricos, para privilegiados”.

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Pedro Quispe*, 72 años, jubilado peruano, trabajó toda su vida en el sector de servicios. Sin embargo, su jubilación mensual es la básica en su país, cantidad que oscila a un equivalente de entre 150 y 320 dólares.  “Existen diferentes escalas de acuerdo con la profesión u ocupación, según provenga del sector estatal o privado”, explica Quispe, y agrega que “los ingresos no cubren el precio de la canasta familiar, ya que está todo muy caro, en particular los alimentos [y por eso] hay mucha pobreza y la delincuencia organizada es ahora un peligro para la sociedad”.

También Quispe alude al rol del gobierno en su propio país: “Realidad lamentable ya que Perú es un país muy rico, pero todo está marcado por la corrupción de los gobiernos de turno, lo que agrava aún más la precariedad económica de la mayoría”.

Anna Bianchi*, italiana, hasta su retiro a la pensión fue empleada profesional en una institución oficial dedicada a lo social. “Mi pensión equivale a 1.450 dólares mensuales”, comenta, “pero para aquellas personas que no han trabajado regularmente o que lo han hecho sin un contrato, la jubilación denominada ‘social’ es de 840 dólares”. En cuanto a la canasta básica en Italia, hay que hablar de unos 376 dólares mensuales, lo cual contribuye a explicar la crítica situación de la gente mayor de edad en la tercera economía de la Unión Europea. Aunque Anna vive sola y no debe pagar alquiler, de todos modos, dice, “los primeros días del mes gran parte de mi ingreso se gasta en el pago de los servicios básicos: agua, electricidad, gas y telefonía… Si tuviera que pagar un alquiler, sería imposible”.

Protesta de jubilados en Uruguay

Sylvia C*., 76 años, una jubilada estadounidense en el Estado de Maryland, trabajó hasta los 73 con la esperanza de aumentar su “chequecito” de seguro social unos dólares más, pero la inflación desatada por la guerra contra Irán evaporó ese beneficio extra. “Además”, dice, “el Estado ya no me ayuda debido al recorte brutal del Presidente Donald Trump al subsidio federal para la salud, lo que nos afectó muchísimo”. Muy limitada por una artrosis severa y diabetes, Sylvia también cuida de un hermano mentalmente discapacitado en una casita muy humilde y bastante deteriorada. “Tengo que arreglar el techo, tengo que reparar los escalones de concreto, y lo que me tiene sin dormir ahora mismo es el equipo de calefacción. No sé si podrá aguantar otro invierno, siempre tan frío y con temperaturas bajo cero durante varias semanas”.

Sylvia habla de los millones de personas mayores que deben sobrevivir en “un país como éste, con tanto dinero como para reducirles los impuestos a los ricos y las grandes corporaciones mientras nos aterrorizan con que en apenas cuatro o cinco años la caja del seguro social quedará vacía… ¿Se han olvidado de que fuimos nosotros los que los hicimos ricos?”   

Cecilia, Pedro, Anna, Sylvia: similares radiografías de marginación de tantos adultos mayores a pesar de que viven en países tan distantes como dispares en cuanto a recursos y oportunidades.  

El drama latinoamericano

Dentro de unos pocos años, un 20% de la población latinoamericana mayor de 65 años se acercará a los niveles actuales de Europa, donde una de cada 5 personas ya pertenece a esa franja etaria. Con un elemento preocupante: en la actualidad, el 35% de los mayores latinoamericanos no cuentan con ninguna pensión o ingreso regular al jubilarse. Según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), si esta proyección se extiende a 2050, la proporción de personas mayores de 60 años en América Latina será el doble, pasando de los 98 millones actuales a 183 millones: nada menos que el 25% de la población total de esa franja de edad.

En ese marco, otro factor para considerar es el crecimiento del sector de personas de 80 años o más. Hacia mitad del siglo, este grupo se habrá triplicado, representando entonces el 5% de la población total. Este proceso de “envejecimiento del envejecimiento”, como señala CEPAL, va a ir produciendo un permanente aumento de la demanda de apoyo para las actividades cotidianas básicas y, muy especialmente, de cuidados a largo plazo y servicios de salud especializados. 

Según CEPAL, hacia 2037 la población mayor superará a la de niños y adolescentes, y hacia 2053 cuando el grupo de las personas mayores de 60 años supere numéricamente la de cualquier otro gran grupo etario convertirá al planeta en una “sociedad envejecida”.

Tal como ocurre a nivel global, también en Latinoamérica la tasa de fecundidad ha bajado. De 5,8 hijos por mujer en 1950 a 1,85 hijos en 2022. El descenso de la tasa de mortalidad y el de la tasa de fecundidad están modificando de forma radical la estructura etaria en esta región, lo cual se traduce en un aumento significativo de la banda demográfica de la tercera edad. Sin embargo, no existe hoy una extensión de los servicios sociales y de bienestar que sirva de contrapeso a esta marcada tendencia al envejecimiento.


Represión en lugar de asistencia

La tendencia continental dominante, por el contrario, consiste en congelar las jubilaciones y pensiones de acuerdo con la lógica de los ajustes estructurales recetados por los organismos financieros internacionales para reducir el “gasto social”, saldar la deuda pública y refinanciar nuevos créditos.

El panorama se agrava porque aumentan las deficiencias en el cuidado de la salud y casi no existen instituciones públicas dignas que ofrezcan servicios de larga duración. A esto se suma, siempre según la CEPAL, cuadros crecientes de abandono y soledad aun cuando las redes familiares regionales todavía juegan un papel mayor en la integración y el cuidado de los ancianos que en otros continentes, como Europa.

A pesar de esta muy difícil situación de la tercera edad, buena parte de la misma sigue resistiendo a lo largo y a lo ancho del continente.

Los jubilados de Argentina, por ejemplo, con sus protestas semanales casi ininterrumpidas desde la asunción de Javier Milei a la presidencia y en adelante, se han convertido en uno de los principales actores de oposición al gobierno. El deterioro del sistema previsional es profundo. Según el Centro de Economía Política de Argentina (CEPA), durante el trimestre agosto-octubre de 2026 las jubilaciones (con un bono complementario congelado en 45 dólares desde 2024) se ubican un 19,2% por debajo del último trimestre del gobierno anterior (2023). Y según el Índice Global de Jubilaciones (GRI) de 2026, Argentina se encuentra en el último puesto entre las 9 naciones latinoamericanas evaluadas, con una clasificación muy baja (solo 43 puntos sobre 100), mientras que la media continental oscila alrededor de 62 puntos. 

Marcha de jubilados mexicanos en Tampico, en mayo del año en curso

En México, en mayo pasado, los jubilados promovieron marchas multitudinarias en defensa de sus derechos aun cuando ese país ocupa, también según el GRI 2026, el segundo lugar a nivel continental, solo por detrás de Chile, y con una buena puntuación.

En Ecuador, los adultos mayores se han adherido gradual y activamente a las protestas masivas contra la política neoliberal del Presidente Daniel Noboa. Uno de los ejes de esas movilizaciones, por demás intensas en septiembre y octubre, ha sido la defensa del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social ante el intento gubernamental de minimizarlo y privatizarlo.

En septiembre, organizaciones de 12 países de la región, con el apoyo de la Federación Sindical Mundial, realizaron en Argentina el Primer Encuentro de Jubilados de América con el objetivo de reforzar la unidad y coordinar la lucha para lograr los derechos que aseguren una ancianidad decorosa.

Dignificar la vejez

Ideas e iniciativas no faltan, como lo demuestra el consenso de Naciones Unidas al declarar el decenio 2021-2030 como «Década del Envejecimiento Saludable».

La defensa de las personas mayores, según Naciones Unidas y sus diversas agencias, implica combatir el “edadismo”, es decir, promover un cambio en la manera de pensar, sentir y actuar con respecto a la edad y el envejecimiento. Además, estimular todos los medios posibles para fomentar las capacidades de las personas mayores de edad. En el ámbito de la salud, la ONU recomienda que los Estados presten una atención integrada y servicios de cuidado primario de salud que respondan a las necesidades de las personas mayores de edad. Y que amplíen el acceso de este sector social a cuidados a largo plazo. Sin subestimar, por supuesto, la lucha contra su maltrato, aislamiento y soledad.

Los adultos mayores, constructores de la actual sociedad mundial, se confrontan a la realidad del actual sistema económico hegemónico en Occidente: el que no produce, no cuenta. Y en muchos lugares luchan por ser siempre, a pesar de la edad, seres humanos a parte entera y no solo ex trabajadores marginados.

*Periodista argentino residenciado en Suiza, colaborador del Cenro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)