El imperio de la hipocresía
Jorge Majfud
El 19 de octubre, un juez de Miami firmó una orden de arresto contra Raúl Castro. El fiscal general de Florida anunció el cargo (conspiración para cometer homicidio en primer grado) en la UIF. El 20 de mayo, Día de la Independencia de Cuba, en la “Torre de la Libertad de Miami”, un fiscal interino ya había hecho pública una acusación federal contra Castro y otras cinco personas: cuatro cargos de asesinato y destrucción de aeronaves. El fiscal dijo que esperaba que el acusado se presentara en Estados Unidos “por su propia voluntad o de otra manera”. En enero, ya se había puesto a prueba la “otra manera” en Caracas con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, invasión que dejó 57 muertos olvidados.

El 24 de febrero de 1996, la fuerza aérea cubana derribó dos aviones pertenecientes a Hermanos al Rescate, matando a cuatro tripulantes. Desde mayo de 1994, según la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), La Habana había estado informando a Washington sobre violaciones de su espacio aéreo. El 13 de julio de 1995, un avión de Hermanos al Rescate sobrevoló La Habana lanzando volantes. A principios de 1996, repitió: medio millón de volantes, según el piloto. Cuba advirtió que defendería su espacio aéreo. Washington lo sabía. Un funcionario de la FAA le advirtió al líder del grupo, José Basulto, que, si insistían, los cubanos iban a derribarlos. Documentos desclasificados muestran que la FAA le solicitó a Basulto dejar de provocar a Cuba.
La acusación contra Raúl Castro debería sonarle familiar a muchos en Washington. También en Miami. El récord de lo que el FBI llamó terrorismo es extenso y creo haberlo explicado en 1976. El exilio del terror. Resumiré unos pocos casos, todos impunes.
El 6 de octubre de 1976, dos bombas derribaron el vuelo 455 de Cubana de Aviación en Barbados. Murieron 73 personas, la mayoría jóvenes atletas de Cuba. Un informe del FBI del 5 de noviembre y dirigido al secretario de Estado Henry Kissinger indicaba que el ataque había sido planeado por exiliados cubanos en Caracas, en reuniones a las que asistieron Ricardo “El Mono” Morales, Luis Posada Carriles y Frank Castro, “todos miembros de CORU, un grupo terrorista anticastrista”.

Kissinger lo sabía y no hizo nada. Dos semanas antes, el 21 de septiembre, una bomba preparada por Michael Townley y colocada por exiliados cubanos había matado a Orlando Letelier y a su asistente de 25 años, Ronni Moffitt, a cuadras de la Casa Blanca. Moffitt era una ciudadana estadounidense asesinada en suelo estadounidense, luego acusada de ser marxista.
El CORU se fundó en la República Dominicana en 1976, con Orlando Bosch a la cabeza, y fue responsable de más de cincuenta ataques solo ese año, desde Bogotá hasta Mérida. Entre 1974 y 1976, Miami sufrió unos doscientos atentados con bombas, desde el aeropuerto hasta las oficinas del FBI. “En esta guerra no hay civiles”, dijo el héroe de Miami, Posada Carriles. “No hay civiles ni inocentes”, repitió Bosch. Morales, lo mismo: “Si tuviera que matar a 273 en lugar de a 73, lo volvería a hacer”.
Por no seguir con las bombas de napalm arrojadas sobre Cuba en los 60 y la introducción de dengue hemorrágico en la isla en los 1980. Luego, Washington le negó a Cuba el larvicida temefos, debido al bloqueo. Murieron 158 personas, 101 de ellas niños, por no mencionar las pérdidas económicas. A pesar de que Eduardo Arocena confesó ante un jurado federal haber participado en este acto de terrorismo biológico, el hecho se hundió en el olvido.

Según Bosch: “Si tuviéramos los recursos, ardería Cuba de un extremo al otro”. Ileana Ros-Lehtinen lo llamó “héroe patriota”. El alcalde de Miami, Maurice Ferré, respaldó la celebración del “Día de Orlando Bosch”, cada 25 de marzo, mientras Posada Carriles se fugaba de una prisión venezolana, gracias al dinero enviado por Jorge Mas Canosa, fundador del lobby Fundación Nacional Cubano-Estadounidense.
En 1997, sus bombas volvieron a explotar en hoteles de La Habana, matando a un turista italiano. Posada dijo que el joven había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado. En 2000 fue arrestado en Panamá con quince kilos de explosivos destinados a Fidel Castro y a un auditorio lleno de estudiantes. La presidenta Mireya Moscoso lo indultó y Posada entró ilegalmente a Estados Unidos. Un jurado de Texas lo absolvió de haberle mentido a Inmigración. Vivió muchos años libre en la tierra de la libertad junto con otros criminales de lesa humanidad de América Latina.
Un agente del FBI calificó a Bosch como “el terrorista número uno”. George H. Bush lo liberó y le otorgó la residencia en 1990, a pesar de las objeciones de su propio Departamento de Justicia, tras una campaña liderada por Ileana Ros-Lehtinen y su jefe de campaña, Jeb Bush. Cuando un oficial de policía de Miami informó que Bosch estaba recaudando fondos para nuevos atentados terroristas, su superior se encogió de hombros: “Jeb llamará a su papá y Bosch volverá a las calles”, dijo. Ninguno fue acusado ante un tribunal por las 73 víctimas mortales del vuelo 455. Cuando Cuba y Venezuela solicitaron su extradición, los jueces estadounidenses se negaron, argumentando que los hombres podrían no recibir un juicio justo. Principio que nunca se aplicó a los cientos de prisioneros torturados en Guantánamo y declarados inocentes por Washington.
Una dosis más reciente de hipocresía. Desde el 2 de septiembre de 2025, Washington ha volado más de setenta embarcaciones y ha matado al menos a 235 personas en el Caribe, frente a las costas de Venezuela, de la República Dominicana, de Trinidad y Tobago y de Colombia.
Muchos fueron ejecutados en el Pacífico, frente a las costas de Colombia, Ecuador y México. Hasta hoy, Washington no logró identificar a la mayoría de sus víctimas.
Ni uno solo se encontraba en aguas estadounidenses. Ni uno solo fue condenado tras un arresto, un juicio o acusación formal. Entre los fallecidos identificados hay pescadores de distintas nacionalidades. En el primer ataque, los sobrevivientes que se aferraban a los restos del naufragio fueron asesinados por un segundo misil. Los expertos de la ONU califican estos hechos de ejecuciones extrajudiciales.
El 6 de septiembre de 2025, el secretario de Estado Marco Rubio explicó la doctrina con admirable claridad: “En lugar de interceptarlos, por orden del presidente, los volamos. Y lo volveremos a hacer”. Lo volvieron a hacer. Unas setenta veces.
Con un historial de décadas de acoso y sabotaje, Cuba advirtió durante dos años antes de disparar contra los aviones que violaban o bordeaban su espacio aéreo. Washington no advirtió a nadie antes de disparar contra embarcaciones lejos de sus propias costas. Si matar a cuatro civiles fuera de las aguas territoriales es asesinato, ¿qué es ejecutar con misiles a 235 personas?
Ningún juez en Miami firmará esa orden judicial. Rubio no será acusado ni en Florida, ni en La Haya, un tribunal que Washington no reconoce. El bueno es siempre el dueño del cañón. El terrorista es siempre el otro.
Sólo el poderoso se puede dar el lujo de la hipocresía.
*Novelista, ensayista, traductor y profesor universitario uruguayo-estadounidense. Actualmente es profesor en Jacksonville University.