¿El asesinato del chavismo?
Aram Aharonian
Puede sorprender la campaña que desde los medios hegemónicos y declaraciones de políticos y opinadores se ha desatado contra el chavismo, habida cuenta que la operación estadounidense del 3 de enero, que terminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, golpeó duramente al actual régimen y alteró equilibrios internos. Pero no logró acabar con el chavismo: ¿duro de morir?
La campaña -desatada desde España y Estados Unidos, principalmente- es contra el chavismo, pero obvia diferenciarlo del madurismo. Entre el chavismo y el madurismo existen más contradicciones que coincidencias. Chávez, que se formó en los cuarteles, tuvo, hasta su muerte, el apoyo popular, con un gobierno que trataba de ser revolucionario, a través de las urnas.
Maduro terminó pareciéndose, con su esposa Cilia Flores, a la pareja nicaragüense de Daniel Ortega y Rosario Murillo, tratando de imponer un culto a la pareja presidencial.
No existe el “madurismo” como modelo ideológico, lo que existe es una adaptación táctica por parte de Maduro a una situación sumamente compleja en lo económico-social junto con la dificultad en los primeros años de su presidencia en llenar el vacío de “auctoritas” que ocasionó la muerte de Chávez.
El “proceso comunal” estuvo atravesado desde el principio (2006) por la contradicción entre entender la organización de base como proceso de autogestión y autonomía, de construcción de tejido social de abajo hacia arriba, y el hecho de que ese proceso terminó siendo impulsado y dirigido desde arriba, desde el Estado. Y esto, a su vez, conectado al sempiterno subconsciente colectivo del “Estado petrolero rico”, dispensador de renta.

Chávez era sólido en su pensamiento político y se preocupaba de buscar una propuesta económica que armonizara con la propuesta política, pero no halló economistas venezolanos con esa capacidad política y la formación adecuada.
Esa violenta agresión armada del 3 de enero no fue un episodio aislado ni una simple escalada táctica del hegemón, sino un mensaje dirigido al conjunto del Sur Global a raíz del cambio profundo en el sistema internacional, en el que ejerce el poder el presidente estadounidense Donald Trump.
No por casualidad, Venezuela se ha convertido en un caso emblemático de esta nueva fase de la confrontación global, por su posición estratégica sobre el mar Caribe, su historia política reciente, -desde advenimiento al poder del presidente Hugo Chávez en 1999- su demostrada capacidad de resistencia frente a presiones externas, pero sobre todo por su tan apetecido potencial energético.
Una de las cosas que obvian los esforzados denostadores, es que las estructuras permanecen y conservan buena parte del poder de las armas. Quizá el secretario de Estado estadounidenses Marco Rubio se convenció que el problema no es sólo derribar un gobierno, sino colocar en su lugar uno capaz de gobernar, sin depender de los que ya eran sindicados de corruptos colaboracionistas, campeones en pusilanimidad.
Con la agresión del 3 de enero, Rubio ordenó, además, dar cuenta de los cubanos que colaboraban con el gobierno venezolano.
Quizá los venezolanos que respaldaron la maniobra de EEUU, no sopesaron la capacidad de resistencia, en un país donde desde 2014 hay una porción de la población decidida a terminar con el chavismo, siempre y cuando no le alterara su vida cotidiana, como señala Marcelo Crovatto en El Nacional.
Los más interesados en terminar con el chavismo no eran los venezolanos, sino aquellos que querían apoderarse de sus riquezas, como intentaron con la parodia de gobierno paralelo de Juan Guaidó, que dejó la mayor corrupción de la historia, con el apoyo del gobierno de derecha de Colombia y el de Estados Unidos, por supuesto.
La inteligencia estadounidenses -tras sus numerosos fracasos, incluidos intentos de asesinato, invasiones, terrorismo- optó por destruir el chavismo desde adentro, sin prisa ni pausa, a sabiendas de que si hubiera impuesto un gobierno de María Corina Machado, buena parte del chavismo, respaldada por el Ejército, se habría levantado en armas. Una guerra civil con EEUU apoyando a un bando, no habría durado demasiado, pero la cifra de muertos hubiera sido tan enorme como el costo político.

Chavismo, madurismo
Chávez llegó para revertir el paquete neoliberal. Entre el chavismo y el madurismo existen tantas contradicciones como coincidencias, las que los análisis de la derecha tratan de obviar. Relanzó su proyecto de “tercera vía”, rescatando de la Reforma Constitucional de 2007 lo relacionado con el Poder Popular: “Recordemos la Unión Soviética, lo que el viento se llevó: en la Unión Soviética nunca hubo democracia, no hubo socialismo…”.
Al modelo soviético Chávez contrapuso “…el socialismo venezolano, bolivariano, del siglo XXI… tiene que ser verdaderamente nuevo, y una de las cosas esencialmente nuevas en nuestro modelo es su carácter democrático, una nueva hegemonía democrática…”. Habla de control social y autogestión general… “El socialismo libera; el socialismo es democracia y la democracia es socialismo en lo político, en lo social, en lo económico”, decía.
El madurismo manejó lo que se propuso la ultraderecha del país: logró posicionar a los venezolanos en un extremo de desinterés en la política del país, factor que favoreció a la derecha, que pudo incursionar en ese momento en la vida política venezolana y manipular a su antojo a los desesperados por el abastecimiento, y hacer del Covid-19 su mejor estrategia para tapar las debilidades en los servicios básicos y la corrupción.
La prensa (de derecha) venezolana habla de una implosión del chavismo: “Ya no se trata únicamente de presión externa, sanciones o aislamiento internacional: el verdadero quiebre se está produciendo desde adentro, en una estructura corroída por desconfianzas, pugnas internas y un proceso de autodesmantelamiento forzado que avanza sin retorno”, recita el diario caraqueño El Nacional.
El colombiano Luis Guillermo Vélez Cabrera, columnista de La Silla Vacía, anunció que “la última de las delirantes utopías latinoamericanas dejó de existir a la 1:01 am del 3 de enero de 2026.”
Estados Unidos apuntó a aniquilar al chavismo -su estrategia no es rescatarlo ni prolongar la agonía- con la muerte súbita política. Lo que más le interesaba no era Maduro sino que las enormes reservas petrolíferas estaban en manos de los venezolanos. Estaban: para apoderarse de ellas había que matar al chavismo. O al menos intentarlo a fondo.
El chavismo coincidió con altos precios internacionales del petróleo, lo que permitió una gran distribución de recursos y un amplio margen de gasto público y se caracterizó por una fuerte movilización popular, referendos constantes y un respaldo mayoritario directo en las urnas, y giró en torno al carisma, el liderazgo de masas y la figura central de Hugo Chávez, quien falleció el 5 de marzo 2013.
La alta bonanza petrolera financiaba -por primera vez en la historia del país- programas sociales masivos. El gobierno de Chávez, surgido de las urnas, se caracterizó por una fuerte movilización popular, referendos constantes y un respaldo mayoritario directo en las urnas.
A partir del 2007 se percibe una tendencia de “erosión electoral” del chavismo, que pudo revertirse en la última elección de Chávez el 7 de octubre 2012 (¡hace 14 años!) gracias a un sobresfuerzo de movilización, y en parte por la onda afectiva por su enfermedad.
Mientras, el madurismo se desarrolló en paralelo a la caída de la producción petrolera, la crisis económica profunda, la hiperinflación y, posteriormente, la adopción de medidas de flexibilización de mercado y pragmatismo económico, junto a un control político estricto, la pérdida de apoyo mayoritario electoral original y el uso de estructuras de seguridad para perdurar en el poder.
Todo eso es historia. Siempre sirve para entender lo que pasa ahora. Pero la insistencia de denostar a Chávez y al chavismo desde Europa y ahora también desde Colombia, parece decir que para el actual control estadounidense de Venezuela se ha hecho necesario volver a matar al chavismo.