Falsedades y simplificaciones en el tema del odio político

Clodovaldo Hernández – Rotos & Descosidos

Con la iniciativa de la presidenta encargada Delcy Rodríguez de reformar la Ley Constitucional contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia se han reavivado las narrativas mentirosas y las visiones distorsionadas sobre un fenómeno social inducido adrede por factores interesados en perturbar la paz del país.

La manipulación tuvo y tiene un ariete semántico: desde la promulgación de este instrumento jurídico, por la Asamblea Nacional Constituyente de 2017, ha sido denominada por sus adversarios como “Ley del Odio”, dándole de esa forma un sentido totalmente opuesto al que animó a sus promotores. En lugar de combatir el odio, esa denominación da a entender que lo valida.

Infortunadamente, ese nombre ha tendido a imponerse, a lo que ha contribuido que muchos dirigentes y comunicadores revolucionarios lo usan y con ello contribuyen a una matriz de opinión negativa.

El borrado del contexto histórico

La gran mentira sobre esta normativa, difundida intensamente cuando fue aprobada y entró en vigencia —y repotenciada ahora con su reforma—, es la que señala que se trató de una iniciativa arbitraria y no motivada del chavismo contra pacíficos opositores.

Este relato falso se cimentó, en los primeros años de la vigencia de la ley, en las narrativas mediáticas y de redes, según las cuales las manifestaciones desarrolladas por sectores opositores eran pacíficas y ajustadas a la legislación. Eso, a todas luces, es falso. Las protestas que fueron recurrentes en la década pasada y que alcanzaron su tope en cuatro meses de disturbios callejeros muy cruentos en 2017, generaron la necesidad de mecanismos de contención que evitaran la anarquía y la guerra civil.

Baste recordar que durante ese período se repitió y aumentó exponencialmente lo ocurrido en 2014, cuando se adoptó la modalidad de agresiones armadas contra instituciones y bienes públicos, el linchamiento de funcionarios y hasta de personas consideradas chavistas por su aspecto o vestimenta.

De ese tiempo datan acciones tan desprovistas de cualquier ápice de respeto humano, como los llamados escracheos en lugares públicos o cacerolazos frente a las residencias de personas señaladas como partidarias del gobierno. También surgió entonces uno de los “grandes inventos” de la oposición radical en lo que va de siglo: las bombas puputov.

El mito de la espontaneidad

Desde un principio se ha pretendido establecer la creencia de que la rabia desbocada de personas comunes y corrientes en momentos específicos (guarimbas, calenteras y comanditos, por ejemplo) fueron manifestaciones espontáneas, soslayando de esa manera el papel que han tenido los partidos y líderes de la ultraderecha, los medios de comunicación y los influencers y creadores de contenido en redes en la fabricación de ese estado alterado colectivo.

Este es un componente fundamental de la estrategia de los dirigentes partidistas y comunicacionales de ese sector opositor para lavarse la cara y desentenderse de la autoría intelectual de acontecimientos muy violentos y continuados.

Al vender el relato amañado de la espontaneidad de las protestas procuran también reforzar las matrices según las cuales la mayoría del pueblo venezolano ha estado siempre en contra de los gobiernos revolucionarios. Esa es una pieza fundamental de su narrativa y por ello insisten tanto en remarcarla.

La realidad es que buena parte de los participantes en las protestas violentas de los años 2014, 2017, 2019 y 2024 fueron jóvenes manipulados mediante las poderosas matrices de opinión implantadas durante años o sujetos del mundo delincuencial captados mediante pagos en dólares e, incluso, a través del suministro de drogas, como se evidenció en su momento.

¿Y qué hacer con el odio intraopositor?

Entre las muchas simplificaciones que afloran en el debate político, hay otra sobre la que vale la pena reflexionar: Se pretende hacer creer que las expresiones de odio se observan exclusivamente de los chavistas hacia los antichavistas y viceversa. Pero una revisión objetiva de lo ocurrido en los últimos años en el escenario opositor demuestra que eso no es exacto porque ha germinado y florecido una tóxica animadversión interna entre quienes se oponen al gobierno bolivariano.

¿De qué otro modo se pueden calificar las continuas descalificaciones que han sufrido quienes se negaron a asumir las políticas suicidas de no participación electoral en los años posteriores a 2015? ¿Es que acaso el uso de epítetos como alacrán y colaboracionista, en un escenario opositor altamente radicalizado, no es un llamado abierto a que los dirigentes moderados sean víctimas de ataques mediáticos, de redes y, en una situación de escalada, de agresiones físicas?

El odio es, pues, una trama compleja. Las matrices del oposicionismo radical pretenden torcer la verdad histórica y la realidad actual para adaptarla a su relato, librarse de responsabilidades y presentarse como víctimas. Nada nuevo bajo el sol.