Cipayo en la niebla

(Xinhua/Lucio Tavora)

Jorge Elbaum – Página 12

La crisis diplomática entre Argentina y Brasil no es una anécdota más en el prontuario verbal de Javier Milei. Es parte del ordenamiento político, planificado por Narco Rubio (foto), para controlar aquello que en Washington denominan, en términos despectivos, Patio Trasero o Hemisferio Occidental. Detrás del insulto, de la provocación calculada y de la liturgia de barricada que el Presidente trasladó a la política exterior, aparece la disputa de fondo sobre quién decide el destino de América Latina y el Caribe.

Medio siglo atrás, en el marco de la Guerra Fría, el Departamento de Estado apeló a la Doctrina de la Seguridad Nacional para imponer golpes militares, proscripciones de partidos políticos, desapariciones forzadas, encarcelamientos, exilios y torturas generalizadas.La etapa actual no está asociada al optimismo del “fin de la historia” con el que soñó el Consenso de Washington. Se inserta en una debacle relativa de Occidente. En 2024, el FMI consignaba que China se imponía como el contribuyente al crecimiento global, superando a todos los países del G7, incluida la nación gobernada por el supremacista Donald Trump. Según Bloomberg, el País del Centro concentrará el 21 por ciento del crecimiento global hasta 2029, casi el doble del 12 por ciento aportado por Estados Unidos. Esa realidad, combinada con el deterioro relativo de su competitividad económica, el fracaso de su neoliberalismo financiarista y la emergencia de una multipolaridad, lleva a Washington a replegarse sobre el continente americano. Sin embargo, esa tarea se ve entorpecida por cuatro países que insisten en defender su independencia: Cuba, que resiste al sitio genocida; Canadá, que no acepta las condicionalidades económicas exigidas por la Casa Blanca; México, que mantiene su autonomía pese a las continuas amenazas; y Brasil, que continúa con su proyecto de liderazgo multipolar dentro de los BRICS. Para quebrar esas ansias soberanistas, Washington ha ungido a Rubio como comisario político de sus operaciones directas e indirectas.

Lula expresa aquello que Trump necesita desactivar: un mercado interno cada vez más ajeno al control financiero del SWIFT (a través de PIX), una política exterior profesionalizada, un liderazgo dentro de los BRICS y una sinergia creciente con la República Popular, el país designado por Washington como el actual antagonista de la etapa. En los cálculos de la Casa Blanca, la potencial reelección de Lula supondría la continuidad del MERCOSUR y el peligro de un estrechamiento de los vínculos con México, tal como quedó exhibido en el reciente relanzamiento de la Comisión Binacional México-Brasil, que incluye la cooperación entre Petrobras y Pemex.

Para evitar la reelección de Lula, Washington ha decidido combinar los aranceles con la presión diplomática.

Ha enviado guiños explícitos a la derecha bolsonarista y ha encargado el trabajo sucio propagandístico al bufón predilecto de la región, el mandatario argentino. Mientras Milei insultaba, Narco Rubio le revocaba la visa a la embajadora brasileña en Washington, Maria Luiza Ribeiro Viotti y se acumulaba la segunda ronda de aranceles contra productos brasileños, informados el 16 de julio. Los insultos de Milei fueron acompañados, de forma incongruente, con ruegos de la cancillería argentina para que Brasil reenvíe a su embajador. El jefe de la diplomacia de Buenos Aires solicitó en forma ridícula separar lo político de lo diplomático, como si Milei no fuese el presidente argentino.

La diplomacia no se debilita porque alguien se ofende; se despedaza cuando el agravio se vuelve doctrina mandatada desde el norte. El retiro del embajador brasileño fue también un tiro por elevación a Rubio para advertirle que no puede confundir convicción ideológica con agresión personal, ni política exterior con alineamiento colonial.La paradoja, como suele ocurrir con las intervenciones imperiales torpes, es que la maniobra puede fortalecer a quien buscaba debilitar. Lula está reconvirtiendo la presión externa en un capital soberano. Frente al tutelaje de Trump y al seguidismo ruinoso de Milei –que cae estrepitosamente en los guarismos de opinión pública– el líder del PT no solo se presenta como candidato de una coalición interna, sino como dique democrático ante una derecha regional dispuesta a tercerizar la política nacional en Washington.El otro actor omnipresente de la disputa es China. Milei no solo dinamita el vínculo con Brasil; también le hace el juego a una estrategia que busca restringir la presencia china en infraestructura, energía, minerales críticos, tecnología e inteligencia artificial, siendo Beijing uno de los inversores más importantes en esos sectores en el Cono Sur. Luego del aporte extorsivo e injerencista de Trump en las elecciones de 2025, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, afirmó que “Milei está comprometido a sacar a China de Argentina”. En plena transición energética, con la competencia tecnológica acelerada y la desdolarización parcial como telón de fondo, América Latina y el Caribe vuelven a ser cosificadas como reserva de recursos naturales y territorio exclusivo para la reprimarización. Sin embargo, los empresarios brasileños se resisten a perder el décimo lugar mundial de la economía global, medido en términos de su Producto Bruto Interno (PBI). La Casa Blanca exige —tanto a la Argentina como a Brasil— desarmar sus estructuras productivas, convirtiéndolas en nodos extractivistas útiles, tanto para saquear recursos como para impedir el crecimiento de las respectivas industrias, hipotéticamente capaces de competir con lo que Estados Unidos busca exportar. Lo que está en juego no es el volumen de los insultos ni la grosería como marca personal. La cuestión es si la Argentina seguirá participando de un proyecto sudamericano de integración, comercio, desarrollo industrial y autonomía relativa, o si aceptará convertirse en ariete de una estrategia externa destinada a fragmentar la región. En ese trayecto no solo se juega una relación bilateral con Brasil. Se decide una alianza con quien se está debilitando a nivel global. Brasil, con contradicciones, tensiones internas y límites evidentes, conserva, sin embargo, una tradición diplomática orientada a ampliar sus márgenes de autonomía. La Argentina de Milei eligió, en cambio, la intemperie del alineamiento automático: Washington como brújula, Tel Aviv como emblema y la derecha regional como comunidad afectiva. Es una política exterior que no negocia poder; declama pertenencia. Milei no inaugura una doctrina. Clausura una tradición relacionada con el concepto de autonomía heterodoxa, desarrollado por Juan Carlos Puig, que postula la necesidad de maximizar el margen de decisión de un país periférico con el desacople paulatino de los mandatos imperiales.

La palabra “cipayo” proviene etimológicamente del término persa sepāhī, que significa “siervo o soldado al servicio de intereses extranjeros”. Cuando, en el futuro, designemos a los rancios entregadores de la soberanía, podremos utilizar su sinónimo: mileísmo.

Source Página 12