El sentimiento ‘antiestablishment’ que aupó a Trump impulsa a los socialistas
Antònia Crespí Ferrer
El mismo sentimiento antiestablishment que aupó a Donald Trump, ahora impulsa a los socialistas dentro del Partido Demòcrata. Ante el colapso de la estrategia de la cúpula de la formación en 2024, los progresistas intentan canalizar la desafección y el malestar con Washington mediante una respuesta desde la izquierda
Cuando Kamala Harris terminó su discurso como candidata presidencial del Partido Demócrata en el United Center de Chicago una pequeña duda pellizcaba la mente de muchos. Aunque era imposible replicar la energía que Donald Trump catalizó en Milwaukee, en el ambiente flotaba una pregunta: ¿y si toda esa euforia era una burbuja? La derrota electoral le abrió las puertas de la Casa Blanca a Trump y subrayó las limitaciones de la estrategia de la cúpula del partido. Una sensación de desamparo ante el establishment que ahora propulsa el ascenso de los socialistas en las primarias demócratas.
Jugar en el terreno de Trump
Los demócratas pusieron el foco en los problemas de la sociedad estadounidense que Trump había explotado. Pero lo hicieron jugando en su mismo campo y con cartas similares, a la vez que decían con la boca pequeña cuestiones cruciales para las bases. Todo para no ser tachados «comunistas». Algo que Trump hizo de todas maneras. También fue una estrategia de intentar volver a la «normalidad» después del asalto al Capitolio en 2021 y la creciente polarización. Pero el electorado ya había pasado página. Para Sidney Milkis, politólogo y catedrático de la Universidad de Virginia, esa decisión de intentar volver a la política previa a la irrupción de Trump ya llevaba firmada su sentencia.
«En 2020 existía una especie de consenso de que Biden era la respuesta a Trump; ya sabes, un pragmático que devolvería cierta sensación de política menos colérica y menos polarizada. Creo que la presidencia de Biden mató esa idea. Y esa es una de las razones por las que la campaña de Kamala Harris fue un desastre: porque cuando le preguntaron ‘¿Qué habrías hecho diferente?’, ella dijo: ‘No mucho. Nada’. Eso fue todo. Estaba muerta», señala Milkis.
Esa sensación de orfandad que provocó entre algunos sectores más progresistas del partido se fue ampliando con la derrota electoral de 2024 y el avance posterior de la agenda trumpista. Los demócratas no solo perdieron la presidencia, sino también el control de las dos cámaras del Congreso. En este año y medio del segundo mandato de Trump, una de las grandes preguntas ha sido: ¿dónde está la oposición? ¿Dónde están los demócratas?
Durante el 2025, la cúpula del partido tuvo serios problemas para responder esa pregunta, mientras muchos estadounidenses asistían horrorizados a las redadas del ICE, la militarización de las calles, y constataban que los aranceles no abaratían la compra. En julio de ese año, una encuesta realizada por Politico entre los votantes de Harris en 2024 subrayaba como estos eran incapaces de decir quién era el actual líder del partido. En paralelo, fuera de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani prácticamente continuaba siendo un desconocido hasta que en noviembre de ese año dio la sorpresa y arrasó.
El efecto Mamdani
Mamdani, miembro de los Democratic Socialists of America (DSA), contribuyó a sacar al grupo de los márgenes del debate político nacional. Aunque sus objetivos ideológicos están en las antípodas, igual que pasó con el Tea Party dentro del Partido Republicano, el DSA apoyó a un candidato que justo daba respuesta a esa desafección ante un establishment incapaz de canalizar la rabia e impotencia de muchos votantes.
En el caso del Tea Party republicano se produjo desde el otro extremo del espectro ideológico, con un fuerte componente de nacionalismo blanco. Pero la dinámica con la situación actual es similar, tal como expone Milkis: «Creo que la rabia que ves que realmente está llegando a una culminación ahora tiene mucho que ver con Trump. […] Así como Obama alimentó el surgimiento del Tea Party, creo que Trump, particularmente con su reelección, realmente ha alimentado la rabia en la izquierda».
Otro elemento que caracterizó esa insurgencia dentro del partido republicano fue la «rebelión» contra la dinastía Bush, según apunta el historiador Matt Dallek. «La rebelión de 2016 fue, en muchos sentidos, contra la idea de una dinastía Bush. Fue contra Jeb Bush, ¿verdad? El hombre de los 100 millones de dólares que no llegó a ninguna parte en las primarias. Por lo tanto, hay un cambio de página generacional con el Tea Party», apunta.
Mamdani aplicó al dedillo el análisis que hizo el senador Bernie Sanders («No debería sorprendernos demasiado que un Partido Demócrata que ha abandonado la clase trabajadora descubra que la clase trabajadora le ha abandonado a él») y abordó los mismos problemas que Trump explotó, pero desde un ángulo radicalmente distinto. Mientras Trump culpaba a la inmigración, al declive nacional y la pérdida de la América blanca, Mamdani se centró en señalar a los ricos y los grandes propietarios como responsables. También planteó cómo se podía reestructurar la política municipal para mejorar la vida de la gente de a pie.
El socialista habló de las angustias materiales que son comunes tanto para un neoyorquino de toda la vida, como para un migrante recién llegado. Buscó la transversalidad entre las distintas realidades de la ciudad para volver a construir una mayoría. A la salida de un colegio electoral, un hombre de mediana edad que salía de votar explicaba a esta periodista cómo en las presidenciales había votado por Trump, pero ahora lo hacía por Mamdani: «Soy una persona que se considera liberal y progresista; antes había votado por Barack Obama y en 2015 votó por Hillary Clinton. Pero el país necesitaba a alguien como Trump».

Michigan y Wisconsin, el test final
Las victorias de otros candidatos del DSA en otros puntos del país, como Melat Kiros en Colorado o la alcaldable de Washington Jannesse Lewis, señalan que Mamdani no es un caso aislado. Rostros nuevos, con la ventaja de presentarse como unos «outsiders» de los pasillos de Washington, están desbancando pesos pesados de la cúpula demócrata gracias a esa oportunidad de cambio que representan. «La perspectiva es que el tipo de política que [el establishment] está practicando no está lo suficientemente enfadada; no están luchando contra Trump con la ferocidad de la gente en el movimiento socialista demócrata», señala Milkis.
La cuestión ahora es si este nuevo giro que ha empezado a experimentar el Partido Demócrata también es capaz de asentarse en los swing states. En el horizonte se dibujan dos contiendas decisivas que se decidirán el 4 de agosto: la de Abdul El-Sayed en las primarias demócratas para el Congreso en Michigan y las primarias de Francesca Hong en Wisconsin para ser gobernadora. Se tratará del último test para ver si el relato de la izquierda es capaz de calar en esos votantes menos politizados o que tienden a cambiar el sentido de su voto en cada ciclo electoral.
Aunque hay algunos paralelismos con la transformación que supuso el Tea Party para el partido republicano, Milkis se muestra prudente. Para el politólogo, lo que confirmaría que se trata de un Tea Party demócrata sería si todos estos candidatos del DSA llegan al Congreso y destronan al actual líder demócrata de la Cámara de los Representantes, Hakeem Jeffries.
«Creo que otro paralelo interesante es que el Tea Party llevó en cierta manera al Freedom Caucus en la Cámara de Representantes, el cual derrocó al speaker Boehner, quien fue reemplazado por Paul Ryan, que era el chico del Tea Party. Y creo que Hakeem Jeffries podría enfrentar un desafío serio dependiendo de lo que suceda en el bando demócrata en las elecciones de 2026», apunta Milkis.