Misión Hijos de Venezuela: Cobijo de la infancia y la maternidad

MARIANNY SÁNCHEZ | «Cuando se tiene un hijo, se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera», dijo el poeta Andrés Eloy Blanco. En el país, casi 800 mil de esos hijos nacen en un hogar signado por la pobreza extrema. Es por eso que a partir de este 12 de diciembre el presidente Hugo Chávez Frías inició el proceso de registro en la Gran Misión Hijos de Venezuela.

Marianny Sánchez – AVN

La Maternidad Concepción Palacios, ubicada en la parroquia San Juan de Caracas, amaneció con llanto de infantes. Gestantes acompañadas de sus niños acudieron desde muy temprano para participar en el censo que luego validarán los cuartetos del Poder Popular en la fase de visita hogar por hogar.

Entradas las 10 de la mañana, el Jefe de Estado se hizo presente en el centro de salud no sólo para dar oficial comienzo a este sistema de protección social destinado a adolescentes embarazadas, a madres en condición de pobreza crítica, a niños provenientes de familias con ingresos menores a un sueldo mínimo y a personas con discapacidad; también para «cumplir antojos» de abrazos y apadrinamientos simbólicos de cientos de bebés que aún tienen al vientre de sus madres por cunas.

«El problema no es la muchacha embarazada ni el niño que va a nacer, sino el fenómeno del embarazo temprano que crece y crece, la pobreza, la miseria», explicó el presidente Chávez a las jóvenes y futuras parturientas que acudieron a la maternidad para vaciar sus datos.

En efecto, de las 700 mil mujeres embarazadas en 2010, 138 mil de ellas eran menores de 19 años. De allí que el compromiso de la misión trasciende la asignación económica de 430 bolívares mensuales – 600 en caso de personas con discapacidad – y persigue fomentar la escolaridad completa de las gestantes, el correcto control de salud de ellas y sus hijos, su vinculación con el trabajo comunitario y su inserción en el aparato socioproductivo de la nación.

Luzmari Guacarán tiene 15 años y a su corta edad se encuentra a la espera de su segundo bebé. A partir de hoy es una nueva beneficiaria de la Gran Misión Hijos de Venezuela, no obstante, las políticas impulsadas por el Gobierno nacional para garantizar una vida digna a los más desasistidos han hecho posible que ella, como pocas, no haya abandonado los estudios como consecuencia de la maternidad temprana.

Actualmente cursa el 1º semestre en el Centro Eumelia Hernández, instituto creado por el Estado para atender a las madres adolescentes. «Ahí nos dan cursos, nos cuidan a los niños mientras estamos viendo clases y podemos unir las dos cosas, ser mamás y estudiar al mismo tiempo», cuenta.

Ella, al igual que su mamá, ha tenido que salir adelante sin el padre de sus niños al lado. Romper el ciclo de la maternidad temprana es uno de los compromisos que ha adquirido con esta Misión: «Este es un beneficio muy bueno (…) yo voy a gastar este dinero en mis hijos para darles un mejor futuro. Ahora que estoy estudiando sé que les voy a dar un mejor futuro, pero quiero que mientras tanto estudien los dos y yo sigo estudiando también hasta tener la carrera que yo quiero».

«Esta es una gran misión transitoria, mientras ustedes salen de la pobreza, de la miseria», reiteró el presidente, dejando en claro el carácter tamporal de este programa que busca proporcionar condiciones para que las familias salgan de la pobreza extrema y adquieran las herramientas necesarias para el desarrollo individual y colectiva de sus fuerzas productivas. La palabra conciencia ha acompañado tanto el discurso del artífice del programa como el de las nuevas beneficiarias.

«Ser mamá tan joven es una experiencia bella pero complicada y muy costosa. Lo mejor es que las muchachas se cuiden para que no pasen por esto y para que cuando vayan a dar a luz estén bien, porque hay muchas de mi edad que cuando paren les da preclamcia, se mueren en el parto y dejan a los bebecitos allí. Lo mejor es que se cuiden y lo dejen para cuando estén listas. Yo ya me puse el aparato, este segundo es el último, porque una tiene que tener conciencia», concluyó Luzmari.

Esta consigna la retomó Amanda Belmonte, madre soltera de dos niños y vocera de la Misión Madres del Barrio, quien ahora integra uno de los cuartetos de la Misión Hijos de Venezuela: «No podemos quedarnos con la ayuda del presidente, la ayuda de verdad es que te den las herramientas para surgir. Nosotras tenemos que seguir la lucha con nuestros hijos, trabajar, estudiar, enseñarles que estudien, que trabajen, para que sea independientes y trabajen por su país».

Los cuartetos tendrán la responsabilidad de visitar cada hogar registrado en el censo para verificar la información suministrada en el registro. Un estudiante de Medicina Integral Comunitaria, un militante del Frente Francisco de Miranda, una vocera del Comité Madres del Barrio y un empadronador del Instituto Nacional de Estadística (INE) tendrán la responsabilidad de conformarlos.

«A cada quien, según sus necesidades y de acuerdo a sus posibilidades» es la máxima marxista que alimentó esta iniciativa orientada a hacer de la igualdad más que un discurso, una realidad en proceso de construcción.

Quienes necesiten primero, recordó Chávez, recibirán de una manera más expedita la asignación, y es que, como añadió «hay que salir de cualquier vestigio de egoísmo».

La verdadera revolución no se circunscribe a transformaciones políticas y económicas, amerita una verdadera maduración de la personalidad, dijo una vez la feminista Kate Millet. Deslastrarse del egoísmo es, también para el mandatario nacional, menester y compromiso, un compromiso materializado en la creación de un fondo para el uso colectivo, al cual cada beneficiaria destinará el 10% de la asignacion que le corresponde, con el propósito de ayudar a quienes vivan en condiciones más extremas o atraviesen urgencias.

Firmado el decreto con rango de valor y ley que le da un sustrato normativo a la Gran Misión Hijos de Venezuela, el mandario saludó a un grupo de refugiados que, pancarta en mano, se acercaron a la Maternidad Concepción Palacios para manifestarle su apoyo.

También Aleska, desde el vientre de su madre, quiso saludar al mandatario. «A estudiar matemática, inglés para enseñarle a Aleska lo que aprendas», recomendaba Chávez a una de las gestantes cuando sintió unas patadas que venían desde el vientre de la joven. «Mira, ya está pateando esa muchachita», respondió asombrado.

«Uno se pone como nervioso, ¿verdad doctor?», preguntó a uno de los médicos cuando una gestante que alumbraba hoy le dijo que se había trasladado allí sólo para verlo. Nerviosa y emocionada también estaba la parturienta: al salir de la maternidad regresaría con su bebé en brazo a una nueva casa otorgada en ese instante por un Chávez que segundos antes le había cantado al vientre «Con mi burrito sabanero voy camino de Belén».

Y así corrió la tarde, entre interrupciones del discurso por petición de un público que clamaba abrazos. «Bueno, entonces no hablo más, voy a dar besos, pues», se resignó sonriente. Pero no fueron suficientes los abrazos. Casi a las 4 de la tarde, concluido el acto, madres e hijos inundaron la Avenida Sucre; el carro presidencial se detuvo y, durante varios minutos, hubo más besos, más sonrisas, más agradecimientos, amor paterno de quien se sabe y compromete líder y guía de una revolución.

«Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños, que la calle se llena, y la plaza y el puente, y el mercado y la iglesia», escribió el poeta. Los mismos niños que inundaron la calle y detuvieron la caravana, los mismos que verán un futuro donde soñar que los sueños son posibles es una opción, los Hijos de Venezuela.

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