¿Por qué ocurrió el 4 de febrero de 1992?

¿Por qué ocurrió el 4 de febrero de 1992?

FRANKLIN GONZÁLEZ| En este año 2012 se cumplen veinte años de los sucesos del 4 de febrero de 1992, sobre los cuales, a pesar de haberse escrito folios y folios en relación a sus razones, sus protagonistas y consecuencias, aún falta mucho por escudriñar.Sobre los protagonistas se han dicho las más disímiles opiniones. Se les llamó unos “soñadores” sin propuestas, aventureros sin derroteros que mostrar o unos quijotes del trópico. También se les acusó de buscar el magnicidio del presidente Carlos Andrés Pérez. David Morales Bello, Senador de Acción Democrática, llegó a proclamar: “muerte a los golpistas”. Incluso hay quienes lo vincularon con una estrategia del gobierno de Estados Unidos.

Lo cierto de todo es que cuando se dio el 4 de febrero pocos mortales salieron a defender al gobierno de turno y sí miles de voces, todas descontentas y cansadas de tanto engaño, lo hicieron por los líderes de este histórico acontecimiento.
Sobre las consecuencias, sólo diríamos que después de los últimos estertores del puntofijismo que significaron los gobiernos de Ramón J Velásquez y Rafael Caldera, llegó lo que era inevitable: el triunfo electoral, en 1998, de Hugo Chávez Frías, el más emblemático y popular de los protagonistas del 4 de febrero.

Nuestras reflexiones dirigirán la atención no hacia los protagonistas o las consecuencias de estos sucesos, sino hacia las razones que explican estos eventos en el ámbito nacional.

El contexto internacional

Siempre desde el punto de vista metodológico es recomendable analizar los sucesos nacionales en el marco del contexto internacional.
¿Qué pasaba en el mundo cuando se produjo del 4 de febrero de 1992?

La “guerra fría” había llegado a su final con la desaparición de la Unión Soviética y el derrumbe del Muro de Berlín. Las “reglas de juegos” prevaleciente desde 1945 se desvanecían en un período que se abría marcado por la aporía en el escenario mundial.

Como reacción a la invasión de iraquí a Kuwait el 2 de agosto de 1990, el gobierno de George Bush logró construir una amplia coalición internacional que agrupó a más de 500.000 soldados que desalojó al ejército iraquí del emirato y comenzó a hablar mucho de “una fuerza colectiva de la comunidad mundial expresada por las Naciones Unidas. Un movimiento histórico hacia un nuevo orden mundial… una nueva cooperación entre las naciones” (Bush, G, documento enviado a la O.N.U. el 1º de octubre de 1991).

Los estados nacionales exhibían a sus dirigentes servilmente arrodillados ante el ímpetu de los mercados globalizados y arrepintiéndose públicamente de sus pecados de juventud. Un “campo socialista” borrado del escenario internacional, con la socialdemocracia convertida al neoliberalismo, con un capitalismo que avanzaba incesantemente en su proyecto de reducir la sociedad a un archipiélago de individuos egoístas y se difundía la tesis del pensamiento único y del “fin de la historia” de Francis Fukuyama con la democracia liberal. Se desató el conservadurismo más duro y cruel y se puso en marcha el Consenso de Washington con su recetario de disciplina fiscal, reforma impositiva, liberalización comercial, privatización, desregulación, prioridades del gasto público

¿Cómo sostener una actitud crítica ante un orden social que parecía arrasar con todos sus adversarios?

¿Cómo levantar un imaginario político emancipador ante tal situación?

¿Cómo se les podía ocurrir al grupo de los COMACATE realizar una acción de esas características y propósitos ante esa mostrenca realidad del mundo donde, además predominaba el miedo a una alternativa que se reflejaba en el “comunismo” soviético?

¿Cuál era la lógica que los indujo a tal hazaña cuando la aristotélica indicaba lo contrario? El contexto internacional era ciertamente desfavorable, pero ¿qué pasaba internamente en Venezuela?

El contexto nacional

Después de los sucesos del 27 y 28 de febrero de 1989, la situación nacional ya no será igual. A partir de ese momento imperará lo que podríamos llamar una “tensa calma” y nuestro país transcurre en un estado de rumores permanentes con una voz ruidosa que corre entre su pueblo anunciándose a lo largo y ancho del país que algo habría de pasar.

Es así que en 1992 se produce el 4 de febrero, con la figura descollante y desconocida del Teniente Coronel Hugo Chávez Frías, que se catapulta como consecuencia de este hecho y se posiciona como referente de ese pueblo que se encontraba en la búsqueda de un derrotero y un líder.

Vinculando derrotero y líder, Chávez dirá a posteriori con total acierto lo siguiente: ”Considero que los hombres podemos ubicarnos, en un momento determinado, en puestos protagónicos que aceleran, retardan, le dan un pequeño toque personal y un toque distintivo al proceso. Pero creo que la historia es producto del ser colectivo de los pueblos” (Muñoz, Agustín, (1998), Habla el Comandante, Ediciones de la Cátedra “Pío Tamayo”, de la Universidad Central de Venezuela, 28).

Había pueblo, surgía un hombre y existían las condiciones objetivas en la mejor terminología leninista. ¿Cuáles eran esas condiciones desde el punto de vista socioeconómico? Lo que había significado un período—1959-1974— de cierta estabilidad desde el punto de vista de la política económica, una vez derrotada el movimiento insurreccional de la década de los sesenta, se trastocará de forma inmediata.

Desde ese momento, 1974, se entró al desquiciamiento total y los males estructurales de la economía se expresarán con mayor fuerza. En los gobiernos de Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campíns y Jaime Lusinchi, el déficit fiscal y la deuda externa aumentaran significativa e injustificadamente. Los recursos se emplearon en subsidiar a toda la economía y en la inversión de proyectos que en su mayoría resultaron improductivos.

La práctica en forma permanente de subsidios indiscriminados, de importaciones sin mayores orientaciones y el proteccionismo estatal hacia el sector privado, parasitario e improductivo, fue uno de los principales causantes del atrofiamiento en el desarrollo de los sectores agrícolas e industriales, impulsando por esa vía el desarrollo estructural del fenómeno inflacionario.
Se incrementaron exorbitantemente las importaciones y con ello apareció el desequilibrio del sector externo. En 1977 y 1978 la cuenta corriente cerró con déficit. Para cubrirlo se acudió al expediente del endeudamiento externo, principalmente a corto plazo, con la banca internacional, comprometiendo con ello el futuro del país y de su gente.

De allí, de ese nuevo fracaso, se pasó entonces a una política económica  sustentada en el fundamentalismo del mercado. El “Gran Viraje” de 1989, bajo el patrocinio y monitoreo del Fondo Monetario Internacional (FMI), introduce cambios en el aparato productivo al no sólo liberarlo sino también al  abrirlo totalmente al resto del mundo; también se modifican las regulaciones de los mercados de trabajo y de los sistemas de seguridad social, todo lo cual se convertirán en factores que incidirán para que se produzca en Venezuela una verdadera expresión (¿o implosión?) de lo social, que ya venía en proceso de gestación desde mediados de los ochenta.

Esas medidas económicas puestas en marcha lejos de revertir la tendencia negativa que se venía operando en los principales indicadores sociales, los amplían y profundizan.

El tipo de cambio único y flexible adoptado no fue más que una devaluación del bolívar y significó un incremento de los costos de producción, que se trasladaron a los precios finales.

La liberación de las tasas de interés golpeó sensiblemente a los que menos tenían y, en particular, a la clase media. Una parte importante de ésta se vio afectada en el incremento de los pagos mensuales y anuales por la adquisición de viviendas.

El ingreso real se redujo inmediatamente por el impacto inflacionario y con ello no se pudo ampliar el ahorro de los venezolanos.

El aumento de sueldos y salarios decretados apenas sirvió para compensar las pérdidas del ingreso real que ocurrieron entre 1987 y 1988, cuando los precios se incrementaron en 28,1% y 35,5% respectivamente.

El “Gran Viraje” trajo una gran concentración de la riqueza. Para 1989 el trabajo recibió 38,3% y el capital 61,7%, cuando en 1969 fue de 51,5% para el trabajo y 48,5% para el capital. (González, Franklin, (1996), El Éxito de la Política Económica de 1989-1993. ¿Una realidad, un espejismo o una paradoja?, Editorial Tropycos/UCV, Caracas, 252)

Los efectos de esa política neoliberal se hicieron sentir mucho más sobre los hombros de las mayorías nacionales debido a la ineficiencia y a la falta de funcionalidad de los servicios públicos como luz, transporte, seguridad, agua, teléfono, cloacas, así como también en los programas de educación, salud y recreación, todo lo cual afectó profundamente el nivel y la calidad de vida de los venezolanos.

¿Qué pasaba desde el punto de vista político?

Si nos atenemos a las características del sistema político implantado el 31/10/1958, con la firma del Pacto de Punto Fijo, puede observarse que las causas del declive fueron emergiendo con creciente fuerza desde la década del ochenta y aún antes.

En primer lugar, el sistema de redistribución de recursos y prebendas característico del modelo — que permitía la conciliación social—, se deterioró de manera acelerada con el decaimiento de la renta petrolera a principios de los ochenta, y particularmente con la devaluación del bolívar, el 18 de febrero de 1983, en el gobierno de Luis Herrera Campíns.

En segundo lugar, la condición de que debía existir un número relativamente reducido de actores y cierto grado de homogeneidad entre ellos, perdió vigencia debido al surgimiento de otras fuerzas sociales y gremiales, que no entraban dentro de los pactos o acuerdos originales de las élites, y que protagonizaron importantes acciones durante la década de los ochenta, sobre todos en las universidades públicas.

En tercer lugar, el tipo de relaciones entre los actores del sistema político (partidos, Fuerzas Armadas, sindicatos y gremios empresariales) que eran fundamentalmente de cooperación y consenso, empezó a perder terreno debido a la dificultad de mantener un equilibrio adecuado entre las demandas de cada uno de ellos y los recursos disponibles en una economía en situación de estancamiento, dando paso a situaciones  de  conflicto  social y  político. De una relación de no suma cero, en donde todos ganaban o se beneficiaban, se transitaba a otra, de suma cero, donde ya la ganancia de uno o unos significaba la pérdida para otro u otros.

En cuarto lugar, la existencia de grandes y sólidas organizaciones que representaban un alto nivel de agregación de intereses y de representación de demandas  (especialmente  AD  y COPEI), igualmente entra en crisis debido a la creciente pérdida de respaldo y apoyo de estas organizaciones, y de sus gobiernos respectivos, a partir de 1973, lo cual es evidenciado por los resultados de las encuestas realizadas para ese entonces, en la cual además las principales instituciones del Estado venezolano, léase Gobierno Nacional Congreso Nacional y Poder Judicial, aparecían con un nivel de rechazo superior al 50%.

Una conclusión necesaria

En ese contexto se produce entonces el despertar de un pueblo que, a diferencia del pesimismo hacia la importancia de las mayorías en los procesos sociales y de cambios manifestados por el sociólogo francés Gustave Le Bon en La psicología de las muchedumbres, con la tesis de que en éstas últimas se encontraba el origen de los males modernos o por el filósofo alemán Oswald Spengler en Decadencia de Occidente, diciendo que “la masa no reconoce el pasado ni tiene futuro”,  en el caso de Venezuela representó, por el contrario, el origen del bien y reconoció el pasado pero sobre todo y quizás lo más importante, estuvo dispuesto a labrarse su futuro.

Por eso, ya en las elecciones presidenciales de 1988, como elemento emblemático del descontento popular de ese pueblo, en un país cuya constitución nacional, la de 1961, exigía el voto como un deber y la participación electoral superaba el 90%, se produce una inflexión y la abstención rebasará el 18%, con lo cual 2 millones de venezolanos alzaron su voz de protesta.

Sin embargo, la élite dirigente, obnubilada por las ansias de poder, se negaba a admitir esta realidad y seguía repitiendo que Venezuela constituía en América Latina una especie de “tacita de plata”, que se expresaba en términos económicos en moneda fuerte, baja inflación; en términos políticos, un Estado centralizado, partidos nacionales fuertemente organizados que monopolizaban la acción política y controlaban los movimientos sociales, una clase política y unos militares también subordinados; y en términos sociales, una gran movilidad (social y geográfica), educación masiva, y una gradual homogeneización de la vida nacional, cultural y organizacional.
Lo cierto era que todo estaba montado sobre un espejismo, una moral de pigmeos, una fantasía y el pueblo tenía sus límites de aguante, tal y como lo describió a su manera, Rafael Caldera, uno de los constructores del puntofijismo:

“Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad. Esta situación no se puede ocultar (…). Hay un entorno, hay un mar de fondo, hay una situación grave en el país y si esa situación no se enfrenta, el destino nos reserva muchas y muy graves preocupaciones”. (Discurso el 4 de febrero en el Congreso Nacional)

Allí, en la incapacidad de esa élite para encontrar respuestas efectivas a ese “mar de fondo”, a esa grave crisis por ella misma generada, su creciente ceguera ante el agravamiento de la exclusión de las grandes mayorías, su ensimismamiento en una realidad cada vez más reducida a sus entornos privados y privilegiados, con una corrupción galopante y creciente, la ineficiencia e ineficacia de los servicios públicos, la entrega del país al Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, a las transnacionales y a los intereses foráneos, en particular de Estados Unidos y pensando “sólo en el interés personal de los hombres que caminaban a millonarios y que se olvidasen del interés del pueblo”, pensamos nosotros, debe buscarse el origen del 4 de febrero.

*Internacionalista, ex embajador en Polonia y Uruguay, profesor de la escuela de Estudios Internacionales de la Universidad Central de Venezuela (UCV)

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