Lula en su laberinto
Ya trabaja para remontar la mínima ventaja de Bolsonaro
En su reseteo del sistema global, la extrema derecha ya pisa el umbral de una nueva victoria electoral. Por ahora no es definitiva porque en Brasil habrá segunda vuelta. Pero dio un paso hacia adelante. ¿Quién asumirá el gobierno el próximo 5 de enero? Es la pregunta del momento. Porque la diferencia a favor de Flavio Bolsonaro es poca y no garantiza nada.

A Lula le quedan algunas cartas por jugar, aunque arranca desde atrás. La abstención histórica del 21,08 por ciento –la segunda entre todas las elecciones que hubo desde 1985- es un campo fértil para que intente la remontada. Equivale a 33.469.203 brasileños. No son pocos, ni tampoco los que acompañaron con su voto al presidente.
Lula deberá hacer una campaña perfecta y exponer en el debate público las diferencias de trayectoria, experiencia y gestión en el gobierno frente a un candidato cuyo principal capital es el apellido. La representación de una extrema derecha exacerbada que excede las fronteras de Brasil.
El lunes siguiente a la elección, Lula mantuvo una reunión a puertas cerradas con responsables de la campaña, ministros y políticos aliados, para empezar a planificar la estrategia de cara a la segunda vuelta. Uno de los temas tratados en el encuentro, celebrado en Brasilia, fue acelerar la votación de un proyecto de ley para impulsar la reducción de la semana laboral.
Queda otro round

La batalla cultural, que no es batalla y sí guerra, está en curso con una crueldad criminal. De Gaza a Estados Unidos, donde gobierna un patán, la vemos y sentimos a diario. En las redes, en los medios y en la maquinaria hipnótica de las iglesias electrónicas que nos hablan de que un mundo mejor es posible. Aunque no será en la tierra. Sí en un mundo celestial.
La gama de atrocidades tiene varios tonos. Bombardeos con inteligencia artificial provista por los tecnofeudalistas de Silicon Valley, pogromos en Palestina, inmigrantes deportados por doquier, un racismo siempre latente y, por sobre todo, una voluntad de destrucción sistemática de las democracias que ya eran de baja intensidad.
Si la Argentina fue usada como laboratorio de uno de los tantos experimentos, Brasil sigue el mismo camino hacia una distopía. Pero el problema que tiene la ultraderecha o el neofascismo es Lula. Un líder carismático, persistente, que nunca se da por vencido y dará la batalla que tenga que dar el 25 de octubre.

Desde Estados Unidos e Israel, diseñadores de esta política que representan Trump y Netanyahu, ya tienen armado el epitafio del socialismo del siglo XXI que nació con aquella frase de Hugo Chávez para definir a los progresismos de la época. Pero no les conviene apresurarse. “La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”, canta el panameño Rubén Blades. Y la primera la dio Bolsonaro en el primer turno. Aunque se adelantó a lo que todavía no ocurrió: “Está decretado el fin de la era del PT”, declaró la noche del domingo.
Como un eco de fondo, también se escuchan todavía golpes del combate con los BRICS. Terminar con Lula sería asestarle al bloque uno más y casi de nocaut con el retiro de Brasil. Porque el hombre que todavía tiene chances de llegar a un cuarto mandato, conduce a un portaviones de vital importancia geopolítica. Por su biodiversidad, tierras raras, acuíferos, petróleo y recursos que Brasil tiene en cantidad.
Y además la Amazonia, un área sobre la que EE.UU. pretende imponer su doctrina de seguridad hemisférica para depredar aún más sus riquezas en la disputa estratégica con China.
Es curioso que nadie haya reparado en que este tema no ganó centralidad en la elección de la que Bolsonaro ganó el primer capítulo. Estuvo ausente y apenas Marina Silva, la lideresa del partido REDE y aliada del PT, lo abordó. Si Lula pierde el balotaje, no solo Brasil se quedará sin su presencia en el ministerio de Medio Ambiente. Tampoco fue elegida senadora en el estado de San Pablo.
Avanza el clan Bolsonaro
A diferencia del poder ejecutivo y siete de los 27 estados –incluido el distrito federal de Brasilia- donde dos candidatos a gobernadores irán a un segundo turno para definir quiénes son los ganadores, las dos cámaras del Congreso ya conocen a sus integrantes. Y hubo una ola de bolsonaristas y aliados que ingresaron como senadores y diputados. El clan que lidera el expresidente Jair Bolsonaro desde su arresto domiciliario en Brasilia amplió su representación parlamentaria.
Su esposa Michelle avanzó hacia el Senado y logró la banca por Brasilia. Dos de sus hijos, Carlos y Jair Renán, ganaron su lugar en la Cámara Alta y la Baja, al igual que Renato, un hermano del exmandatario que salió elegido diputado federal por San Pablo. El apellido se multiplicó en la política brasileña. Envalentonados, se acercan bastante a los votos que necesitarían en el Senado para pedir un impeachment a los jueces que integran el Supremo Tribunal Federal (STF) y que detestan.
Sobre todo a Alexandre de Moraes, el que llevó adelante la acusación contra Jair Bolsonaro y los golpistas que tomaron el Planalto y las sedes de los demás poderes del Estado el 7 de enero de 2023. Seguramente no lo perdonarían si se salen con la suya de sumar los votos necesarios para destituirlo.
Ya lo dijo Bolsonaro la noche del domingo: “Haremos un gobierno que va a rescatar la democracia y va a indicar por lo menos cuatro ministros para el STF que no intenten interferir en elecciones”.
Un solo caso explica hasta dónde permeó en el electorado –con excepción de los estados del nordeste y algunos del norte- la prédica de la extrema derecha. Habrá que ver si alcanza para reconfirmarla en la segunda vuelta con una avalancha de votos que derrote definitivamente a Lula.

El hecho es que Paraná, un estado del sur con bastiones del nazismo y nostálgicos de la dictadura (1964-1985), será gobernado por el exjuez Sergio Moro, un hombre formado en Estados Unidos y con vínculos estrechos con la CIA y la DEA. Figura clave del Lavajato y quien condenó a Lula a prisión, donde pasó 580 días.
La extrema derecha y sus aliados del llamado Centrão –que consiguió cuatro bancas más en Senadores– tendrán el músculo político más desarrollado en el Congreso para someter a Lula si consiguiera cumplir su sueño de una cuarta presidencia. Pero nunca desde la dictadura cívico-militar, un perdedor del primer turno dio vuelta el resultado. Aunque también el ganador, nunca pasó a la segunda vuelta con un porcentaje tan exiguo de ventaja como el mayor de los hermanos Bolsonaro.
En Brasil parece que la rebeldía se volvió de derechas como se pregunta en su libro Pablo Stefanoni. Pero eso sí, con una alta dosis de corrupción. Como si la rebeldía se asemejara a una transgresión obscena de mostrarse tal cual es. Esquivando a la ley y además, con un mensaje que el electorado ignoró. El caso Vorcaro, el banquero preso por estafas, no movió el amperímetro de la votación. Salpicado como estaba, Flavio ganó igual. Y la mayoría de los políticos involucrados en el escándalo del banco Máster fue elegida en los comicios.

En su versión extrema, la derecha colocó candidatos variopintos en lugares donde podrán legislar, remover jueces y hasta liberar a Bolsonaro de prisión, si lo desean. En 2018, cuando el exmilitar ganó la presidencia, llevaba en su mochila de diputado el juramento por la memoria de un torturador de la dictadura, Carlos Brilhante Ustra, cuando se destituyó a Dilma Rousseff.
Ese sector que se había consagrado en el universo virtual, extendiendo por el mundo ideas xenófobas basadas en la construcción del otro (el inmigrante, el indocumentado, el candidato a exterminar y borrar del planeta), es la amenaza que se yergue por segunda vez sobre Brasil.
* Periodista y docente por concurso de la carrera de Comunicación Social de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y de la tecnicatura de Periodismo Deportivo en la Universidad de La Plata (UNLP). Colaborador del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)