Los gobiernos progresistas y los trabajadores
GUILLERMO ALMEYRA| El caso boliviano. Hay gente para la cual el gobierno progresista –o seudo socialista– es el sujeto del cambio revolucionario independentista, descolonizador, democrático y social, que es la condición indispensable para salir del atraso y la dependencia. Esos gobiernos son, para ellos y por definición, infalibles y la única medida de lo que se puede hacer y del más sano realismo. 
La gente que padece el síndrome del pesero (y por consiguiente acata el cartelito que reza No molestar al que conduce, aunque lleve a todos a un barranco) cree que las 600 mil personas que, después de sufragar por Chávez no votaron por Maduro sino por Capriles, son desagradecidas. O se preguntan qué clase de obreros son los mineros bolivianos porque la COB construye un partido independiente del gobierno y crítico frente al mismo, justamente ahora, cuando el conductor al que reputan infalible es un indígena y sindicalista, y no durante el gobierno del capitalista más rico de Bolivia.
No les pasa por la cabeza que en la oposición al gobierno del agente del imperialismo, los mineros y los demás miembros de la COB estaban unidos con todos los otros movimientos sociales que crearon, precisamente, un Instrumento Político de los Trabajadores que después hizo suya la sigla del Movimiento al Socialismo (MAS). Tampoco que el MAS se convirtió en instrumento burocratizado integrado en los ministerios y el parlamento de un Estado que busca el desarrollo capitalista de Bolivia mediante una política extractivista. No se les ocurre pensar por qué los gobiernos que apoyan están perdiendo votos que antes los apoyaban. Ni ven que el gobierno, con fuerte apoyo mayoritario, campesino, al mismo tiempo moviliza y controla a los trabajadores del campo, las minas y la ciudad, para contrarrestar la oposición del imperialismo y de las viejas clases dirigentes, que quieren derribarlo porque, al perseguir como objetivo un capitalismo andino, nacional y nacionalista, no sirve a los intereses ni de Washington ni de los oligarcas.
Ignoran asimismo el debate de Lenin (contra Trotsky) en defensa de la independencia de los sindicatos y de las huelgas con el argumento contundente de que el Estado obrero seguía funcionando como capitalismo de Estado y los obreros tenían que defender sus derechos propios frente al Estado patrón, que mantenía en régimen salarial de explotación. Por último, tampoco se les ocurre que en Venezuela sectores de los trabajadores, que confiaban en Chávez no confíen en los funcionarios chavistas y menos aun que protesten, sin ser por eso contrarrevolucionarios, por la escasez de productos esenciales, la violencia y la inflación que les reduce sus salarios (todo lo cual es producto del sabotaje de la gran burguesía, pero también de la boliburguesía y muchas veces de la ineptitud y corrupción de la burocracia gubernamental).
En mis artículos sobre Bolivia dije que las reivindicaciones de la COB y de los mineros eran corporativas y no tenían en cuenta sino sus propios intereses y no a los demás trabajadores del campo y de la ciudad. También que la ultraizquierda, sobre todo entre los maestros, trataba de forzar la caída del gobierno, sin darse cuenta –o sin importarle– que hoy el mismo, si cayese, sería reemplazado por la derecha, no por la izquierda.
Estoy lejos de creer que los obreros siempre tienen razón. El sindicalismo estrecho (reformismo dentro del sistema capitalista, que el sindicato no pone en cuestión) y el corporativismo, suelen ser males de las organizaciones de trabajadores y éstos, individualmente, están sometidos a la cultura capitalista imperante e incluso pueden ser machistas, borrachos, rompehuelgas, individualistas y todo lo que se quiera.
Pero eso no significa ni que la conciencia revolucionaria pueda venir de los campesinos, como sostienen algunos espontaneístas o afirmaba Mao, ni que los obreros deban disolverse en el pueblo, ya que las clases no existirían, como dice Ernesto Laclau, el teórico del gobierno kirchnerista argentino y de otros gobiernos progresistas, ni mucho menos aún que dichos gobiernos, empeñados en mejorar el capitalismo, sean los educadores y organizadores en la lucha por la liberación nacional y social y los infalibles conductores de peseros a los que no hay que molestar.