La reveladora sinceridad del ministro del Trabajo

Clodovaldo Hernández – Rotos & Descosidos

Pocas veces se puede condenar a alguien por ser sincero. Mucho menos en la política, campo en el que la franqueza es algo extremadamente raro. Así que debemos celebrar que el ministro del Poder Popular para el Proceso Social del Trabajo haya confesado que, por primera vez en su vida, entiende la angustia de los empresarios cuando se acerca la fecha de pagar la nómina y no hay suficiente dinero.

Al funcionario le sobrevino esa recurrente preocupación al asumir el rol de patrono, como cabeza de un ministerio que tiene a su cargo empleados y obreros en todo el país.

Aclaremos: se trata de celebrar no el contenido de su declaración, sino la sinceridad del jefe de ese despacho ministerial que, según la tradición, representa en el alto gobierno los intereses de la clase obrera. Al menos, ya sabemos a qué atenernos. Y saber a qué atenerse es una de las grandes virtudes que conlleva la sinceridad ajena. En tiempos del comandante Chávez, habríamos dicho: “¡Compren alpargatas, que lo que viene es joropo!”.

Carlos Alexis Castillo Ascanio no es exactamente una figura del mundo político. Viene del campo del Derecho, con grandes méritos, pues llegó a ser magistrado del Tribunal Supremo de Justicia, desempeñándose en la Sala de Casación Social. Pero, estemos claros en algo: por su edad y por ese ascenso hasta lo más alto de la instancia jurídica laboral, mal puede uno presumir ingenuidad de su parte. Dijo lo que dijo, en el escenario en el que lo dijo (la Asamblea Anual de Fedecámaras) porque ese es el enfoque de su gestión.

¿Está mal que compadezca a los capitalistas por sus dificultades para pagar los salarios? No, en realidad, aunque tal vez esa declaración habría cuadrado mejor en una reunión con pequeños y medianos empresarios o con los ahora llamados emprendedores… No con los capitanes de las mayores compañías del país, algunas de ellas vinculadas al capital foráneo y unas cuantas violadoras contumaces de los derechos laborales de sus empleados mediante nuevos y viejos procedimientos.

Uno se imagina a los gerentes de Recursos Humanos o a los dueños mismos de las empresas esgrimiendo —felices por dentro, pero haciendo melodramáticos pucheros— ese tremendo argumento: “No te puedo mejorar el salario, ¿acaso no oíste lo que dijo el ministro?”.

Ese testimonio, dicho allí, pareció una controvertida declaración de principios. Solo hay que sopesar los aplausos de los presentes y las declaraciones laudatorias de los “fedecamaradas” para entender lo que significó. Claro que el ministro debería pedir que le cuenten también cuál fue la reacción del lado de los trabajadores y las trabajadoras. Yo le puedo reseñar la que he podido captar por ahí: estupefacción, decepción y rabia, tal vez a partes iguales, o con mayor dosis de alguno de los componentes, según cada caso. He escuchado a personas que están muy sorprendidas, otras, sumidas en el desconsuelo, y otras más requetebravas. Los que se han tomado la confidencia con estoicismo, se limitan a decir: “¡Lo perdimos!”, refiriéndose al ministro, se entiende.

El punto, según lo veo desde mi condición de asalariado y —en un pasado remoto— delegado sindical, lo peligroso de que el ministro del Trabajo se muestre tan comprensivo con los empresarios es que refuerza lo que ya viene siendo un secular patrón de comportamiento (a favor de los empleadores) de las autoridades administrativas del ramo, es decir, las inspectorías del Trabajo y las procuradurías de Trabajadores, entes que dependen directamente del Ministerio. En la teoría más cándida, son árbitros de buena fe en una relación casi siempre asimétrica, la que se registra entre propietarios de empresas y empleados. No hay que ser un avezado abogado para determinar quién es el débil jurídico en tales conflictos, pero la línea dictada por el ministro puede conducir a pensar que a quien se debe ayudar es al fuerte. ¡Qué diría Galeano!

La confidencia de Castillo Ascanio puede catalizar una característica sobresaliente de los grandes capitalistas (y, a veces, no solo los grandes, sino también los de otros tamaños): su capacidad y habilidad para aprovechar, de manera voraz, cada ocasión que les dan para sacar el máximo provecho y la máxima ganancia, buena parte de las veces en perjuicio de trabajadores, competidores y clientes. Muchos son depredadores natos y tal condición, dicho sea de paso, es apreciada como un atributo del oficio. Ahora, al menos algunos de ellos se van a sentir “guapos y apoyaos” por la comprensión del señor ministro.

Para ser justos con él, digamos que la necesidad de aumentar los niveles de empleo luego de las tremendas dificultades económicas de los últimos años ha llevado al gobierno nacional a permitir una flexibilización de hecho en las normativas laborales, en aspectos clave, como la duración de la jornada laboral, las prestaciones sociales y el derecho a la sindicalización y la contratación colectiva. No es un invento del actual ministro.

Además, arrasar los derechos laborales, conquistados durante más de un siglo de luchas populares, es uno de los objetivos estratégicos de la plutocracia global que impone sus reglas en todo el planeta, motorizada por los partidos de la ultraderecha y por líderes fascistas, supuestamente outsiders, en casi todos los países.

Es esa una realidad inocultable, pero, en nuestro escenario nacional ahora puede verse legitimada y acentuada por el arranque de sinceridad del ministro.

Como bien lo dijo la politóloga merideña María Alejandra Castillo, la comprensión del titular de la cartera laboral hacia los empresarios está bien, pero ¿y qué pasa con las angustias de las trabajadoras y los trabajadores para cubrir todos sus gastos con salarios precarios y sin otras prestaciones?

Podría aplicarse aquí aquel refrán: “Cuando el pobre lava, llueve”. En este caso, cuando tocó un ministro del Trabajo muy comprensivo, resulta que su empatía no se expresa preferencialmente hacia los asalariados sino hacia los patronos. O, al menos, eso parece.

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