La causa Malvinas, ¿el manotazo de ahogado de Milei?

Claudio Della Croce

El repentino giro en la política del libertario presidente argentino Javier MIlei respecto del archipiélago malvinense busca borrar una veintena de intervenciones, acuerdos binacionales, resoluciones internas, votaciones en organismos internacionales, declaraciones degradantes de la soberanía y silencios oficiales frente a acciones unilaterales británicas. Un  patrioterismo tardío, tras su entrega total a los designios del presidengte estadounidense Donald Trump.

“Cuando dicen que fue la bandera en el Mundial o las declaraciones del presidente Trump para minimizar el trabajo realizado durante meses para llegar a articular una estrategia integrada de defensa de nuestros intereses en Malvinas y el Atlántico Sur”, señaló el canciller argentino  Pablo Quirno, quien defendió las medidas anunciadas por Javier Milei sobre las Islas Malvinas. El canciller sostuvo que la postura del Gobierno no surgió de la bandera exhibida en el Mundial 2026 por los futbolistas de la selección ni de las declaraciones de Donald Trump..

El jueves a la noche los argentinos asistieron a una escena delirante: Javier Milei, el presidente que se cansó de elogiar a Margaret Thatcher, quien recordó que Thatcher había peleado una guerra y la había ganado, el que alguna vez imaginó una “recuperación” de las islas porque los kelpers  terminarían eligiendo a la Argentina “con los pies”, apareció por cadena nacional de radio y televisión para hablar de soberanía, de “población implantada”, de derecho argentino sobre las isla del Atlántico Sur en poder del Reino Unido.

Javier Milei quiso mantener la cuestión Malvinas en un segundo plano frente a una prioridad mayor para él: reconstruir la relación estratégica con Estados Unidos y mejorar los vínculos con el Reino Unido. En mayo de 2024 llegó incluso a afirmar que las islas estaban bajo control británico y que, el entonces canciller, David Cameron tenía derecho a visitarlas. También calificó a Margaret Thatcher de “brillante”.

Pero, al mismo tiempo, sostenía que Argentina no renunciaría a su reclamo y que la recuperación de la soberanía debía alcanzarse mediante una negociación de largo plazo, sin recurrir a la fuerza. La estrategia implicaba, en los hechos, separar la reivindicación territorial de la relación bilateral: avanzar en cooperación económica y política con Londres mientras se preservaba formalmente la posición argentina sobre la soberanía, loq ue significaba en los hecbos que no se avanzaría sobre el tema de la soberanía argentina sobre esos territorios.

El entusiasmo de Milei sobre el tema llegó después de que Donald Trump,  presidente de Estados Unidos, dijera que estaba “revisando” la posición estadounidense sobre Malvinas.  Ahí empezó el entusiasmo de los profesionales del comentario político, analistas que hablaron de una jugada brillante del hombre de la motosierra, periodistas que descubrieron un Milei patriota, nacionalista. Duró poco.

Obviamente Trump no descubrió ahora que existe una ocupación británica en el Atlántico Sur y mucho menos se transformó repentinamente en defensor del derecho argentino sobre Malvinas. Abrió la posibilidad de revisar la posición de su país en medio de una pelea con sus propios aliados, en el contexto de las diferencias con gobiernos europeos por la estrategia de Washington contra Irán y por cómo repartir los costos militares dentro de la OTAN. Para dejarlo claro, Washington puso a Malvinas sobre la mesa como una ficha dentro de una negociación entre potencias.

Para los argentinos, Malvinas es una cuestión de soberanía. Para Estados Unidos puede ser una carta diplomática, preocupado porque empresas británicas e israelíes anuncian que irán por el petróleo del Atlántico Sur. Hasta ahora, Washington ha mantenido una posición formalmente neutral sobre la soberanía: reconoce la administración británica de facto de las islas, pero no la soberanía del Reino Unido y sostiene que la controversia debe resolverse mediante negociaciones entre ambas partes. Un cambio en esa posición —hoy poco probable— alteraría los términos diplomáticos de la disputa.

Hoy Malvinas vuelve a recuperar peso en la agenda interna, al mismo tiempo que adquiere una dimensión estratégica mayor por el valor de sus recursos y del espacio austral.  Sea Lion es un proyecto de exploración y desarrollo de hidrocarburos impulsado por la británica Rockhopper Exploration y la israelí Navitas Petroleumen aguas próximas a las islas. Para Londres y las autoridades de las islas representa una oportunidad económica de gran magnitud. Para Argentina, supone la explotación unilateral de recursos en un territorio cuya soberanía reclama.

Durante los años noventa, el gobierno de Carlos Menem impulsó una política de acercamiento y cooperación con Londres que permitió avances en cuestiones prácticas, pero no modificó la posición británica sobre la soberanía. Décadas después, Mauricio Macri retomó una lógica similar, con nuevos acuerdos de cooperación y diálogo, aunque nuevamente sin avances sustantivos sobre la cuestión territorial. La experiencia sugiere que el diálogo puede mejorar la relación bilateral, pero no ha alterado el statu quo.

El giro de Milei responde ahora a una coyuntura diferente. El avance del proyecto petrolero Sea Lion y las declaraciones de Donald Trump sobre una eventual revisión de la posición estadounidense confluyen en un escenario internacional más sensible para la disputa. En el plano doméstico, la aparición de una bandera de las Islas Malvinas durante la semifinal del Mundial generó una fuerte reacción política y social, a la que se suma la proximidad de las elecciones presidenciales de 2027. Quizá sin aquella sábana en el partido que Argentina le ganó a Inglaterra con la consigna nacional argentina (no del gobierno, quizá) «Las Malvinas son argentinas», el tema no se hubiera vuelto relevante.

Las grandes potencias no tienen amigos, sino intereses permanentes.  Y los intereses de Estados Unidos en esta parte del mundo son bastante concretos: el Atlántico Sur, la Antártida, las rutas marítimas, los bienes naturales comunes, la energía, la disputa estratégica con China, además de la posibilidad u oportunidad de reforzar su presencia militar y logística en una región que Washington considera parte de su área de seguridad hemisférica.

También está el petróleo, que siempre estuvo allí, pero escuchando al gobierno libertario argentino parecía que alguien hubiera descubierto esta semana que empresas extranjeras exploran y explotan hidrocarburos alrededor de Malvinas. Lo cierto es que el proyecto Sea Lion existe hace años, controlado por Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration.  Y la Ley 26.659, que establece sanciones contra la exploración y explotación hidrocarburífera no autorizada en la plataforma continental argentina, existe desde 2011. El Gobierno ahora modificó procedimientos para acelerar y ordenar la aplicación de esas sanciones.

En este marco, los intereses de Estados Unidos son bastante concretos: el Atlántico Sur, la Antártida, las rutas marítimas, los bienes naturales comunes, la energía, la disputa estratégica con China. Además, de la posibilidad de reforzar su presencia militar y logística en una región que Washington considera parte de su área de seguridad hemisférica.

Después, está el petróleo. El proyecto Sea Lion existe hace años, controlado por Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration. Y la Ley 26.659, que establece sanciones contra la exploración y explotación hidrocarburífera no autorizada en la plataforma continental argentina, existe desde 2011. El Gobierno ahora modificó procedimientos para acelerar y ordenar la aplicación de esas sanciones.

Milei no pasó del entreguismo a la soberanía. Intentó envolver una política de subordinación en una bandera argentina. Esta cadena nacional tllegó en un momento en que el proyecto económico empieza a chocar cada vez más con sus propias consecuencias: endeudamiento familiar. salarios detonados, problemas de empleo, crisis industrial. Y, entonces, aparece Malvinas: una de las escasas causas capaces de atravesar casi todas las identidades políticas argentinas.

«Una política soberana sobre Malvinas tendría que empezar por todo lo que Milei entregó: por el petróleo, por el gas, por los puertos, por la tierra, por monopolio privado del comercio exterior, por la deuda odiosa.  Y no existe soberanía nacional si la estrategia para enfrentar al colonialismo británico consiste en pedirle ayuda al imperialismo norteamericano. Éste es el punto que separa una política soberana de una impostura soberanista», señala el analista Fernando Rosso.

Geopolítica

La presencia británica en Mount Pleasant, principal complejo militar de las islas, combina capacidades aéreas y logísticas que sostienen el dispositivo de Londres en el Atlántico Sur y sus territorios australes. A miles de kilómetros, Ascensión —isla británica situada entre África y Sudamérica— funciona como otro punto de apoyo aéreo y logístico. Juntos, ambos enclaves otorgan al Reino Unido una profundidad estratégica que excede ampliamente al archipiélago.

Frente a ese dispositivo, la argentina Tierra del Fuego adquiere un valor estratégico propio. Ushuaia es una plataforma natural para las operaciones antárticas y el acceso al Atlántico Sur. En ese marco, la Base Naval Integrada —un proyecto iniciado en 2022— intentará ampliar las capacidades logísticas y operativas argentinas. Su búsqueda de reactivación y aceleración bajo la propuesta de Milei refuerzan ahora su lugar dentro de una política de soberanía y proyección austral. De ello está pendiente del Comando Sur de Estados Unidos.

Punta Arenas

Pero ese fortalecimiento obliga a mirar también hacia el otro lado del extremo austral. Allí, Chile desarrolla sus propios intereses y capacidades. Del otro lado del Estrecho de Magallanes, Chile consolida a Punta Arenas como uno de los principales nodos logísticos de su proyección antártica. La ciudad, capital de la Región de Magallanes, concentra infraestructura naval, portuaria y logística y funciona como plataforma de acceso hacia el Estrecho y la Antártida.

Y mientras Milei visitaba Chile la última semana, se conocía el acuerdo para establecer una conexión marítima comercial entre Punta Arenas y las Malvinas, con un primer viaje previsto para noviembre. Sobre la iniciativa, Milei hizo silencio, lo que resulta particularmente llamativo porque el gobierno acaba de endurecer su posición frente a la explotación de hidrocarburos en las islas: si Buenos Aires considera ilegítima esa actividad, la nueva conexión plantea inevitablemente qué posición adopta frente a su creciente articulación logística con el continente.

El servicio, a cargo de la naviera chilena Easter Island, reduciría aproximadamente a la mitad la distancia de la actual conexión marítima de las islas con Sudamérica, que pasa por Montevideo. Más allá de su carácter comercial,la nueva ruta refuerza el papel de Punta Arenas como nodo logístico de las islas, precisamente cuando Sea Lion avanza hacia la explotación.

Para el Reino Unido, las islas son un enclave militar, económico y logístico desde el cual sostiene su presencia austral. En cambio, Estados Unidos observa el área desde una lógica más amplia: seguridad de las rutas marítimas, infraestructura estratégica, acceso a recursos y competencia por la influencia en el extremo sur.

Esa dimensión global modifica, además, la ecuación: China tampoco puede quedar fuera del análisis. No porque exista evidencia de una confrontación inmediata en torno a Malvinas, sino porque la creciente competencia entre Washington y Pekín aumenta el valor estratégico de los corredores marítimos, la infraestructura crítica y la presencia antártica. El extremo sur deja así de ser una cuestión exclusivamente regional para convertirse en un espacio atravesado por la competencia de las grandes potencias.

*Economista y docente argentino, investigador asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la)

 

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