Kerry, sin desperdicios
ATILIO BORÓN| Como es sabido, cada nuevo turno presidencial en los Estados Unidos despierta en algunos espíritus ingenuos la esperanza de que “ahora sí”, América latina y el Caribe van a ocupar el lugar que se merecen en la agenda de la Casa Blanca.

Poco después, en diciembre de ese mismo año, su secretario de Estado, Cordell Hull, declaraba en una conferencia pa-namericana en Montevideo que “ningún país tiene el derecho de intervenir en los asuntos internos o externos de otro”.
Al poco tiempo esta política del buen vecino mostraba su verdadero rostro al bendecir la tiranía de Anastasio Somoza en Nicaragua y convalidar el alevoso asesinato de Augusto César Sandino, el líder guerrillero que había derrotado y provocado la retirada de las fuerzas de ocupación norteamericanas instaladas en Nicaragua desde 1909. Lo que siguió durante décadas fue una sistemática política de Washington de incondicional apoyo a cuantas dictaduras y gobiernos de derecha llegaran al poder en América latina y el Caribe, tendencia que se profundizó a partir de la Guerra Fría y que continúa hasta nuestros días.
El golpe seudoinstitucional en contra del presidente Mel Zelaya en Honduras y la farsa parlamentaria con la cual se destituyó a Fernando Lugo en Paraguay son ejemplos contundentes que demuestran la invariable continuidad de la política del imperio hacia lo que sus estrategas e intelectuales orgánicos consideran como las “provincias exteriores” de la Roma americana.
Entre Somoza y Lugo aparece una abigarrada galería de siniestros déspotas apadrinados por la Casa Blanca: el ya mencionado Somoza, fundador de una sangrienta dinastía, Carlos Castillo Armas en Guatemala; Rafael L. Trujillo en República Dominicana; Papa Doc Duvallier en Haití; Fulgencio Batista en Cuba; Marcos Pérez Giménez en Venezuela; Alfredo Stroessner en Paraguay, para nombrar apenas a algunos pocos y a los que habría que agregar, ya en los setenta del siglo pasado, a las tenebrosas figuras de Augusto Pinochet en Chile, Jorge Rafael Videla en la Argentina y los gorilas brasileños, bolivianos y uruguayos que asolaron nuestros países.
Las víctimas de esta insaciable voracidad del imperio se cuentan por millones, pero entre los gobernantes y líderes políticos que cayeron a causa de sus maniobras están, aparte de los ya mencionados Zelaya y Lugo, Joao Goulart, Jacobo Arbenz, Juan D. Perón, Juan Bosch, Arturo U. Illia, Maurice Bishop y Salvador Allende –amén de Omar Torrijos (Panamá) y Jaime Roldós (Ecuador), muertos en sospechosos accidentes aéreos– entre tantos otros que sería largo enumerar en este breve escrito.
¿Habrá algún cambio con John Kerry al frente del Departamento de Estado? Si tomamos nota de lo que dijo en la audiencia de días pasados ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senad
El hecho de que este país sea considerado como el mayor violador serial de los derechos humanos en los últimos tiempos debe ser un dato nimio para el sucesor de Hillary Clinton. Tanto es así que, olvidándose del frondoso prontuario depositado en los Archivos Nacionales de Washington, se deshizo en elogios al narcopolítico Alvaro Uribe y su exitosa campaña de “seguridad democrática”, construida sobre el asesinato en masa de más de tres mil jóvenes en lo que en Colombia se conoce como el crimen de los “falsos positivos”.
Refiriéndose a Venezuela, y a otros países “atípicos” (así calificados porque no cooperan con los nobles esfuerzos de Washington), el futuro secretario de Estado afirmó que “puede haber una oportunidad para la transición allí”. Entendámonos: cuando un alto funcionario de Washington habla de “transición”, a lo que se refiere es a “cambio de régimen” o, más prosaicamente, “golpe de Estado”.
Y eso es lo que están desaforadamente impulsando la NED, la CIA, la Usaid y toda la parafernalia de (aparentemente inocentes) ONG que actúan como fachadas altruistas de los siniestros intereses de Wa-shington. En fin, lo que dijo Kerry es que hará lo que la Casa Blanca siempre hizo y continuará haciendo. Tal como lo planteamos en América latina en la Geopolítica del Imperialismo y, antes, en un libro que es una suerte de prefacio y que lleva por título El lado oscuro del imperio, la política del imperialismo puede variar sus apariencias pero es invariante en su esencia.
Y su esencia es el saqueo, el pillaje, la superexplotación, la opresión nacional. Como lo recordaba la gran Violeta Parra en “La carta”, una de sus más hermosas canciones: “Yo pido que se propague por toda la población que el león es un sanguinario en toda generación”. En efecto, el imperio es sanguinario en toda generación. Pensar que puede actuar de otra manera sería incurrir en una pasmosa ingenuidad. Lamentable involución la de este Kerry: pasó de sus valientes denuncias sobre los brutales crímenes perpetrados por la soldadesca yanqui en Vietnam a esta capitulación en toda la línea.
Por suerte hay otros que ya eran buenos, pero que con el paso del tiempo se volvieron aún mejores: Fidel, Raúl, Chomsky, González Casanova, Alfonso Sastre, entre tantos otros. No todo está perdido.