Hussein Askary: “No hay seguridad sin desarrollo”

Gustavo Ng – Tektónikos

Hussein Askary es un analista iraquí radicado en Suecia y vicepresidente del Belt and Road Institute in Sweden (BRIX). Vinculado desde la década de 1990 al Instituto Schiller y a la corriente de pensamiento de Lyndon LaRouche, lleva más de tres décadas estudiando la integración económica de Eurasia y defendiendo una arquitectura internacional basada en grandes proyectos de infraestructura, industrialización y desarrollo.

La irrupción de la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China convirtió muchas de aquellas ideas, antes marginales en el debate occidental, en cuestiones centrales de la transformación del orden mundial. Askary ha dedicado buena parte de su trabajo reciente a estudiar la proyección de la Nueva Ruta de la Seda hacia Asia Occidental y África y sostiene que el ascenso de China y del Sur Global expresa algo más profundo que un cambio en la jerarquía de las potencias: la disputa entre la lógica geopolítica del juego de suma cero y otra basada en el desarrollo y el beneficio mutuo. Es coautor de Extending the New Silk Road to West Asia and Africa: A Vision of an Economic Renaissance, cuya segunda edición apareció en 2026.

En esta nota analiza para TEKTÓNIKOS la reconfiguración general del mundo que está ocurriendo de modo irreversible.

—¿Estamos asistiendo al final del orden internacional establecido después de la Segunda Guerra Mundial o, simplemente, a una nueva etapa dentro de ese mismo sistema? ¿Qué señales lo llevan a inclinarse por una u otra interpretación?

— Llegué a Europa en 1992, siendo un joven procedente de Irak, dejando atrás un país devastado por la guerra y las sanciones. En 1995, cuando me incorporé al Instituto Schiller Internacional, uno de sus dirigentes, el pensador y economista estadounidense Lyndon LaRouche, presentó en una conferencia lo que denominó una “función típica de colapso”, mediante la cual predijo el derrumbe del sistema financiero, monetario y económico transatlántico dominado por Estados Unidos.

Mostró cómo, desde comienzos de la década de 1970 y el desmantelamiento del sistema de Bretton Woods, se había producido en Estados Unidos y en el mundo occidental un desplazamiento hacia la financiarización de la economía, en el que la creación de valor económico mediante el trabajo creativo y productivo fue reemplazada por la búsqueda del dinero y la riqueza financiera. Esto se combinó con una revolución contracultural que llevó a una parte importante de la sociedad a apartarse del progreso tecnológico y científico y del refinamiento cultural y moral, para orientarse hacia la satisfacción inmediata de los placeres y el consumismo.

El proceso de decadencia comenzó entonces y culminó en la década de 1990, hasta desembocar finalmente en la crisis financiera mundial de 2008, que, tal como él había pronosticado, debía marcar el fin del sistema. Sin embargo, este se mantuvo con vida mediante una mayor emisión de dinero —es decir, la flexibilización cuantitativa—, que siguió inflando los activos financieros mientras continuaban disminuyendo las inversiones en la economía física.

Así, mientras tenemos cuatrillones de dólares en los mercados financieros, las clases medias estadounidense y europea se han derrumbado, la infraestructura se ha deteriorado, los servicios sociales están agonizando y la capacidad industrial se ha convertido en un montón de óxido. En palabras de LaRouche, el sistema pasó “de la industria del acero a la industria del robo” (“from the steel industry into the stealing industry”). Al mismo tiempo, advirtió que las élites angloestadounidenses recurrirían a opciones militares en todo el mundo para mantener ese sistema, algo de lo que todos hemos sido testigos desde el 11 de septiembre de 2001.

Por lo tanto, el orden mundial posterior a la Segunda Guerra Mundial dominado por Estados Unidos ya ha muerto, aunque todavía se mueve como un zombi. Esto no significa que la situación no tenga salida: ese proceso de cincuenta años de decadencia y degeneración puede revertirse mediante un cambio total de los axiomas que gobiernan la economía, la cultura y las relaciones humanas.

Estamos ahora inmersos en un proceso irreversible de multipolaridad, en el que las naciones del Sur Global reclaman el lugar que legítimamente les corresponde en la mesa de la gobernanza mundial. La emergencia de los BRICS, ahora BRICS Plus —a los que Argentina fue invitada a incorporarse, invitación que lamentablemente rechazó—, se ha convertido en un factor capaz de cambiar las reglas del juego.

Los tiempos en que China y los países de la ASEAN producían mercancías baratas para Estados Unidos y la Unión Europea han quedado atrás y están siendo reemplazados por un comercio mucho más significativo entre esos propios países, que incluye bienes de alto valor agregado. La ASEAN se ha convertido en un socio económico más importante para China que Estados Unidos y la Unión Europea.

Los países están ampliando instituciones no dominadas por Occidente, como la Organización de Cooperación de Shanghái, para gestionar cuestiones económicas y de seguridad en el corazón de Eurasia. Una gran mayoría de las naciones del mundo se ha incorporado a la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) y ha reducido su dependencia de Estados Unidos y del G7.

Han surgido nuevos sistemas de crédito, como el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS (NDB) y el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura (AIIB), que permiten escapar al control de instituciones dominadas por Occidente como el FMI y el Banco Mundial. Nuevos sistemas de pagos transfronterizos, como el CIPS chino y el SPFS ruso, proporcionan plataformas para comerciar en monedas locales, eludiendo el sistema interbancario SWIFT, dominado por Estados Unidos, y la utilización del dólar estadounidense como arma.

Occidente deberá aceptar esta nueva realidad o continuar con una huida hacia adelante mediante la confrontación, algo que no augura nada bueno para el mundo.

— Durante décadas se habló de un “orden internacional basado en reglas”. Hoy vemos guerras, sanciones económicas, fragmentación comercial y cuestionamientos crecientes al liderazgo occidental. ¿Qué considera que está verdaderamente entrando en crisis: un conjunto de instituciones, una forma de ejercer el poder o una determinada visión del mundo?

— El “orden basado en reglas” fue inventado por imperialistas británicos como Tony Blair y sus aliados estadounidenses para sustituir el “orden basado en el derecho internacional”, consagrado en la Carta de las Naciones Unidas de 1945 y en los principios del Tratado de Westfalia.

El objetivo era reemplazar principios del derecho internacional como la soberanía y la independencia de las naciones y la no injerencia en los asuntos internos de otros países por unas “reglas” creadas por las élites del poder, especialmente después del supuesto “fin de la historia” en 1991 y del surgimiento del orden mundial unipolar.

Esas “reglas” eran elásticas y se adaptaban a lo que dictaran los intereses de las potencias occidentales. Por ejemplo, el bombardeo de Yugoslavia, la invasión de Irak o el cambio por la fuerza de gobiernos en Siria y Libia fueron realizados violando la Carta de las Naciones Unidas y sin el consentimiento del Consejo de Seguridad. Las sanciones económicas unilaterales constituyen una práctica similar y una forma diferente de guerra ilegal.

Contrariamente a lo que Occidente venía haciendo desde la década de 1970, como expliqué en mi respuesta anterior, China y el Sur Global siguieron un camino diferente. El desarrollo de la economía física, el progreso científico y tecnológico y el servicio al pueblo como objetivo fundamental de la gobernanza se convirtieron en el nuevo camino. En este sentido, y específicamente en el caso de China, ha surgido un nuevo sistema.

La situación puede compararse precisamente con la tectónica. Cuando dos gigantescas placas continentales se desplazan en direcciones diferentes, una hacia abajo y otra hacia arriba, el resultado son terremotos y tsunamis. La decadencia del orden occidental y el ascenso del Sur Global, con China a la cabeza, están generando esa enorme tensión que hoy observamos en el mundo.

Tomemos el ejemplo más evidente. Mientras Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Europea y Japón se apresuraban después de 2008 a salvar el sistema bancario y financiero, inyectando más de 18 billones de dólares sin que prácticamente nada se destinara a inversiones en la economía real, China creó simultáneamente una cantidad equivalente de valor monetario —crédito—, pero lo volcó a la construcción de la red ferroviaria de alta velocidad más extensa y rápida del mundo y al desarrollo del mayor sistema industrial que haya conocido la historia. Las inversiones en investigación científica y educación se dispararon, impulsando a las universidades y centros de innovación chinos hasta los primeros puestos de las clasificaciones mundiales.

Aunque el desarrollo institucional puede ser un factor, el sistema de gobernanza chino es diferente del occidental. Está centrado en resultados concretos y contempla el desarrollo a largo plazo de dos elementos fundamentales de su sociedad: el nivel de vida y la productividad.

Las instituciones surgidas después de la Segunda Guerra Mundial fueron socavadas por las potencias occidentales y utilizadas como instrumentos de poder y geopolítica, como ocurrió con el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y sistemas de pagos transfronterizos como SWIFT.

A mi juicio, la principal causa de las actuales tensiones entre Oriente y Occidente y entre Norte y Sur —y especialmente entre China y Estados Unidos y Europa— reside en una diferencia de visiones del mundo. Es el conflicto entre la lógica del juego de suma cero y una mentalidad de beneficio mutuo; entre la filosofía hobbesiana de la ley de la selva y de la “guerra de todos contra todos”, por un lado, y el bien común y la coexistencia armoniosa, por otro.

La idea del bien común y de la armonía entre los seres humanos y las naciones no es exclusiva de China. También estuvo presente en determinadas corrientes filosóficas occidentales, representadas de manera destacada por Gottfried Wilhelm Leibniz. Pero esa tradición se perdió durante la llamada Ilustración y a lo largo de siglos de dominación colonial e imperialista.

— Mientras algunos analistas sostienen que el mundo se está dividiendo en bloques cada vez más antagónicos, usted suele plantear la necesidad de una nueva arquitectura internacional de seguridad y desarrollo. ¿Cómo imagina concretamente ese nuevo sistema y sobre qué principios debería organizarse?

— En primer lugar, debemos comprender de dónde proviene este antagonismo. Ha surgido de los procesos que mencioné anteriormente. Debemos remediar esos males para evitar una nueva Guerra Fría que conduzca a una Tercera Guerra Mundial, que sin duda se libraría con armas termonucleares. Eso significaría la extinción de la humanidad y de gran parte de la vida sobre la Tierra.

Debemos abandonar la lógica del juego de suma cero y las teorías geopolíticas británicas, que presentan al mundo como una lucha por “recursos limitados”. El progreso humano, la ciencia y la tecnología han demostrado que esta concepción es completamente errónea, porque no solamente descubrimos nuevos recursos, sino que también los creamos.

Muchos de los materiales que utilizamos sin pensar demasiado en su origen no existen de esa forma en la naturaleza. El bronce, el aluminio, los plásticos, los fertilizantes sintéticos y muchos otros son ejemplos del poder creativo humano. Cada vez que realizamos un descubrimiento científico modificamos nuestra relación con la naturaleza.

Por ejemplo, pasamos de quemar madera al carbón, el petróleo y el gas, y ahora a la fisión nuclear, con la prometedora perspectiva de una energía de fusión prácticamente ilimitada. La creatividad, y no los recursos naturales, es por lo tanto la principal fuente de riqueza de nuestro mundo. Y no solo es ilimitada, sino que, al igual que el conocimiento, aumenta cuanto más la utilizamos.

Por consiguiente, la lista de recursos naturales es una función del progreso científico y tecnológico, no una cantidad fija. Si la humanidad y todas las naciones pueden ponerse de acuerdo en que el desarrollo económico permite eliminar esta fuente de conflictos —la lucha por recursos supuestamente limitados— podremos, como suele decir el presidente chino Xi Jinping, dejar de pelear por una torta pequeña y hacer que la torta sea más grande.

Creo firmemente, por lo tanto, que el desarrollo económico de todas las naciones y la distribución de los frutos del progreso son fundamentales para la paz y la seguridad mundiales. Sí, los países tendrán diferentes niveles de desarrollo debido a sus factores internos, pero podrán compensarlos mediante sus propias potencialidades comparativas.

Muchos conflictos mundiales son resultado de la falta de desarrollo o de la percepción de una escasez de agua, recursos naturales o tierras. Muchas convulsiones en los países del Sur Global se originan en la pobreza, el desempleo y la falta de esperanza en el futuro, especialmente entre los jóvenes.

El desarrollo económico puede mitigar esta situación proporcionando soluciones a esas limitaciones. Además, la interdependencia económica entre las naciones puede generar incentivos para una coexistencia pacífica, porque los países se necesitan unos a otros. Por eso defiendo la idea de la “paz mediante el desarrollo económico” y sostengo que no existe seguridad sin desarrollo.

— China impulsa iniciativas como la Franja y la Ruta, la Iniciativa para el Desarrollo Global, la Iniciativa para la Seguridad Global y la Iniciativa para la Civilización Global. ¿Considera que estas propuestas forman parte de un proyecto coherente de reorganización del sistema internacional? ¿En qué se diferencian del orden que prevaleció durante las últimas décadas?

— La Iniciativa de la Franja y la Ruta constituye claramente un intento de presentar un nuevo modelo de cooperación mutuamente beneficiosa y, por lo tanto, indirectamente, una alternativa al fallido sistema hegemónico unipolar.

Las demás iniciativas, aunque surgieron como respuesta a acontecimientos y crisis específicas que se fueron produciendo, son complementarias de la BRI.

Por ejemplo, la Iniciativa para el Desarrollo Global fue lanzada por el presidente Xi en 2021 para abordar la conmoción económica mundial provocada por la pandemia de COVID-19, que dejó al descubierto las enormes desigualdades existentes entre las condiciones económicas y sociales de los distintos países.

La Iniciativa para la Seguridad Global fue presentada en 2022 tras el estallido de la guerra en Ucrania y frente al enorme peligro que esta representaba para la seguridad mundial, tanto desde el punto de vista militar como por la alteración de las cadenas globales de suministro, especialmente de alimentos y fertilizantes.

La Iniciativa para la Civilización Global fue lanzada en 2023 para abordar la necesidad de un diálogo entre civilizaciones. Las naciones poseen sistemas históricos, culturales, políticos y sociales diversos, pero necesitan reunirse en torno a un objetivo común para la humanidad, creando una armonía dentro de la diversidad, precisamente en un momento en que las potencias occidentales exigen una adhesión mundial uniforme a sus propias normas y reglas.

Consideradas en conjunto, estas iniciativas complementan la intención original de la Franja y la Ruta: construir una “comunidad de futuro compartido para la humanidad”, basada en la cooperación y el entendimiento.

— Europa parece atravesar una paradoja: posee un enorme desarrollo científico, tecnológico e industrial y, sin embargo, muchos observadores perciben una pérdida creciente de autonomía estratégica. ¿Cómo explica esta situación y qué consecuencias puede tener para el futuro del continente?

— Las naciones de la Unión Europea han ido perdiendo su enorme desarrollo científico, tecnológico e industrial a lo largo de un proceso que comenzó con el cambio de paradigma de las décadas de 1970 y 1980. Lo que conservan actualmente son “nichos” y restos de aquel gran proceso.

Por ejemplo, mantienen posiciones importantes en determinadas áreas del diseño y fabricación de máquinas-herramienta, como ocurre con la empresa neerlandesa ASML, así como en los sectores aeroespacial y biotecnológico. Aunque estas industrias continúan estando entre las líderes mundiales, se han convertido fundamentalmente en vacas lecheras para intereses bancarios y accionistas, en lugar de formar parte de proyectos nacionales de desarrollo.

Aunque generan beneficios, la infraestructura humana y física que las hace posibles está deteriorándose. Con el tiempo, también esas capacidades se perderán, como ya ocurre mientras los países de la UE pierden posiciones en las industrias automotriz y de fabricación de maquinaria a escala mundial.

El proceso de desindustrialización y la disminución de las inversiones tanto en infraestructura física como en infraestructura social —salud, educación e investigación científica y tecnológica— están erosionando la capacidad europea para seguir siendo una de las principales potencias industriales, científicas y tecnológicas del mundo.

Sin embargo, la situación no es irreversible. La Unión Europea puede recuperarse si revierte este proceso y vuelve a concebir el desarrollo como un proyecto nacional, en lugar de reducirlo al dominio del mercado y la obtención de beneficios.

Convertir en adversaria a Rusia, una importante fuente de energía barata y un mercado relevante, o a China, de la cual dependen muchas industrias fundamentales de la UE tanto para obtener materiales críticos como para acceder a un mercado, no constituye una política inteligente.

Por otra parte, hemos desarrollado una élite política compuesta por profesionales de la carrera política más que por estadistas. Las actuales élites políticas europeas, extremadamente ideologizadas, parecen desconectadas de la realidad que acabo de describir y persiguen objetivos concebidos desde una torre de marfil, como derrotar y debilitar a Rusia o incluso a China, mientras se dedican a dar lecciones de democracia y derechos humanos a otras naciones.

Esto las vuelve vulnerables a las manipulaciones del poder angloestadounidense, que las coopta para proyectos geopolíticos que no benefician a sus propios pueblos.

— En América Latina suele hablarse del mundo multipolar como una oportunidad, pero muchas veces esa idea queda reducida a la retórica. Si tuviera que aconsejar a los gobiernos y sociedades latinoamericanos sobre cómo prepararse para el nuevo escenario internacional, ¿cuáles serían las tres prioridades?

— Cada nación debe determinar cuáles son sus prioridades legítimas y establecer planes de largo plazo para alcanzar sus objetivos nacionales. Esto no significa decir “Argentina primero” o “Brasil primero”, en el sentido en que la administración Trump ha popularizado esa expresión como una política egoísta y no conciliadora.

Significa simplemente colocar el bienestar de la población en primer lugar al diseñar las políticas internas y exteriores. Esto proporciona una orientación clara para adaptarse al entorno exterior y, en ocasiones, realizar concesiones que permitan contribuir a un mundo basado en la armonía y el bien común.

Con frecuencia, los países se enfrentan a la disyuntiva de elegir entre una potencia u otra. Pero la pregunta debería ser: ¿esas potencias se preocupan por el bienestar del país en cuestión?

Por otra parte, las naciones tienden a crear alianzas u organizaciones regionales basadas en su proximidad geográfica y cultural, formando bloques que les permiten negociar colectivamente con las grandes potencias externas.

Hasta donde llega mi conocimiento —que es limitado—, aunque existen diferencias ideológicas conflictivas, los países latinoamericanos han disfrutado de algunas décadas extraordinarias de paz entre ellos. También existe un sentido de causa común en torno a la independencia y el progreso económico.

Aunque me falta conocimiento de las condiciones específicas de cada país latinoamericano, es bien conocida la aspiración de estas naciones a integrar sus economías y aprovechar mutuamente sus ventajas comparativas geográficas, su abundancia de recursos y sus capacidades demográficas y tecnológicas.

Por mi propio trabajo en el continente africano, sé que la integración de las redes de infraestructura de transporte, energía y agua entre los países es fundamental para su unidad y su progreso. En América Latina, al igual que en África, existen desde hace décadas numerosos proyectos de integración sobre el papel. Pero tuvieron que esperar hasta el lanzamiento de la Iniciativa de la Franja y la Ruta para que esos sueños comenzaran a convertirse en realidad.

El recientemente terminado Puerto de Chancay, en el Pacífico, construido en cooperación con China, y su conexión con regiones de Perú anteriormente aisladas y sin salida al mar, permite que zonas ricas en recursos agrícolas o minerales vean ahora la posibilidad concreta de desarrollar todo su potencial.

Si las redes ferroviarias y viales se extendieran posteriormente hacia Brasil y el océano Atlántico, conectarían las extensas regiones situadas a ambos lados de la frontera con los dos océanos, conformando lo que se conoce como Corredor Bioceánico. Existen además otros corredores proyectados de este a oeste y de sur a norte.

En África existen diez corredores de este tipo que atraviesan el continente con el objetivo de conectar todas las capitales de las naciones africanas. Esto representaría una transformación revolucionaria e histórica para ambos continentes.

Es importante señalar la diferencia entre los antiguos ferrocarriles coloniales, diseñados para extraer las riquezas naturales de ambos continentes, llevarlas al puerto más cercano y enviarlas a Europa y América del Norte —donde se generaba el valor agregado, sin beneficiar a las poblaciones locales—, y la concepción de la Franja y la Ruta.

En el marco de la BRI, esta infraestructura está concebida como un “corredor de desarrollo”, en el cual cada cien kilómetros de vías férreas o carreteras generan nueva riqueza a ambos lados de la traza para las poblaciones locales.

¿Por qué? Porque cuando se lleva conectividad, tecnología, electricidad y conocimientos a una región se incrementa la utilización de sus recursos humanos y naturales y se la transforma económica y socialmente.

Eso es lo que ocurrió con el ferrocarril transcontinental estadounidense y con el Transiberiano ruso en el siglo XIX. En este siglo, el corredor de varios miles de kilómetros del río Yangtsé hizo posible que centros industriales y tecnológicos hoy reconocidos mundialmente, como Chengdu, Chongqing, Changsha o Wuhan, salieran del aislamiento y la pobreza.

Por eso, mi consejo para las naciones latinoamericanas sería priorizar la construcción de corredores nacionales y continentales de desarrollo. Además, en lugar de concentrarse en exportar materias primas, deberían enfocarse en la industrialización y la modernización. Si Occidente no está dispuesto a proporcionar tecnología y financiamiento, China ha dejado inequívocamente claro que está allí para actuar como un verdadero socio.

— Desde hace años, usted insiste en que no puede haber una paz duradera sin desarrollo económico. Si imaginara el mundo dentro de veinte años, ¿qué decisiones habría que tomar hoy para hacer posible esa visión? ¿Y qué riesgos enfrentamos si seguimos actuando según la lógica actual?

— En la introducción de la segunda edición de mi libro de 2026, escrito en coautoría, “Extending the New Silk Road to West Asia and Africa: A Vision of an Economic Renaissance” (“Extender la Nueva Ruta de la Seda hacia Asia Occidental y África: una visión de renacimiento económico”), disponible tanto en inglés como en chino, analizo la cuestión demográfica mundial.

Actualmente, África tiene 1.400 millones de habitantes, en su mayoría jóvenes, mientras que las poblaciones de América y Asia Oriental están estancándose y la de Europa está disminuyendo. Para 2050, la población africana alcanzará aproximadamente los 3.000 millones de personas, que seguirán siendo mayoritariamente jóvenes.

Con un continente tres veces más grande que China, con el doble de su población y enormes recursos naturales, ¡imaginemos cómo podría ser ese lugar en 2050!

China considera esto una enorme oportunidad y está contribuyendo a que África adquiera las capacidades necesarias para desarrollar plenamente su potencial económico. La Unión Europea lo percibe como un enorme peligro, pensando exclusivamente en la inmigración e imaginando que África seguirá siendo pobre para siempre, sin hacer nada para abordar las causas profundas por las que hoy tantos jóvenes arriesgan sus vidas intentando llegar a Europa.

Por lo tanto, dependiendo de qué visión del mundo prevalezca durante la próxima década o las dos próximas, podremos encontrarnos ante dos resultados completamente diferentes.

O tendremos paz mediante el desarrollo económico y armonía entre las naciones, o tendremos muerte y destrucción si continúa imponiéndose la actual lógica del juego de suma cero y de la hegemonía ejercida mediante la guerra militar y económica.

A mi juicio, los seres humanos hemos recibido dos dones: el libre albedrío y la creatividad. Tenemos la libertad de elegir entre convertir el mundo en un jardín o convertirlo en una selva. Y poseemos la creatividad necesaria para encontrar soluciones a los desafíos de la vida, cualquiera sea su forma.

Leibniz, a quien deliberadamente se ha interpretado de manera equivocada, dijo que “este es el mejor de los mundos posibles”. No quería decir que el mundo sea perfecto en su estado actual, sino que podemos transformarlo y que está creado con una cierta armonía intrínseca que permite ese proceso de cambio, siempre que se realice de acuerdo con la ley natural.

Si, por el contrario, transitamos el camino equivocado, atraeremos sobre nosotros un castigo severo. Así entiendo yo la ley natural.

Los seres humanos podemos hacer que los desiertos se vuelvan verdes, si queremos. Esto ya está ocurriendo en China. El Instituto Schiller ha propuesto el Plan Oasis para hacer lo mismo en Asia Occidental —el llamado Medio Oriente— como medio para resolver los conflictos de la región.

Podemos construir ferrocarriles y carreteras regionales y transcontinentales que conecten todos los continentes y todos los pueblos del planeta. Hoy todas estas cosas pueden hacerse con facilidad.

Por lo tanto, el mundo será aquello que nosotros hagamos de él.

— Hace treinta años, muchas de las ideas que usted defendía —como el ascenso de Eurasia, la centralidad de China o la necesidad de sustituir la geopolítica por una lógica orientada al desarrollo— eran consideradas posiciones marginales. Hoy forman parte del debate internacional. ¿Qué acontecimientos lo convencieron de que la historia avanzaba en esa dirección y cuáles de sus propias ideas tuvo que revisar durante este tiempo?

— Hace mucho tiempo leí una frase de Martin Luther King Jr.: “el arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia”.

Como dije al comienzo, estas ideas fueron surgiendo a través de mi trabajo y de mi interacción con personas del Instituto Schiller. En aquella época aprendí a pensar que la mejor manera de predecir el futuro es construirlo uno mismo.

Por eso, estas ideas no fueron simplemente arrojadas al viento como semillas, esperando que alguna encontrara tierra fértil donde crecer. Trabajábamos activamente para promoverlas y organizar a personas en torno a ellas en cada uno de los países donde vivíamos y también a escala internacional.

La visión de construir un puente terrestre euroasiático y, posteriormente, un puente terrestre mundial se convirtió para mí en una fascinación personal.

El primer artículo que escribí para la revista estadounidense Executive Intelligence Review, vinculada al Instituto Schiller, fue en 1996, cuando el presidente iraní Hashemi Rafsanjani inauguró un ferrocarril entre Irán y Turkmenistán, conectando de ese modo Asia Occidental con Asia Central.

Desde entonces, la idea de la antigua Ruta de la Seda y de cómo podría construirse una Nueva Ruta de la Seda se convirtió en mi pasión.

El acontecimiento más importante en este sentido fue, para mí, el anuncio del presidente Xi Jinping del lanzamiento del Cinturón Económico de la Ruta de la Seda en Kazajistán, en septiembre de 2013, y, un mes más tarde, de la Ruta Marítima de la Seda del Siglo XXI en Indonesia.

Eso me convenció de que la Nueva Ruta de la Seda se convertiría en una realidad, y no en un futuro lejano, y de que revolucionaría la concepción misma del desarrollo económico. Por eso decidí dedicar todo el tiempo y la energía que pudiera a promover este proyecto histórico.

También he dedicado mucho tiempo a comprender la antigua Ruta de la Seda y comprendí que no se trataba simplemente de comercio, sino del intercambio de ideas, tecnologías, ciencia, filosofía y cultura entre países y continentes.

Otro hito de este recorrido fue mi participación en la creación del Belt and Road Institute in Sweden (BRIX), que hizo que mi investigación sobre la Franja y la Ruta y sobre la antigua Ruta de la Seda se volviera más intensa y productiva.

Lo que tuve que revisar a lo largo de estos años fue mi fascinación exagerada por Estados Unidos y Europa. Me había sentido deslumbrado por la enorme riqueza de conocimientos y cultura producida desde el Renacimiento europeo y por la gran Revolución estadounidense.

Sin duda hubo logros extraordinarios en Occidente, pero también hubo muchos males. Y con el paso del tiempo se ha producido un proceso de degeneración.

Como fui educado dentro de lo que podría describirse como un currículo occidental, los logros de otras civilizaciones quedaron eclipsados por la grandeza de Occidente. Por supuesto, conocía los fascinantes logros de las antiguas civilizaciones de Mesopotamia y Egipto, pero se los presentaba como algo perteneciente a un pasado olvidado, sin relevancia para el presente, como si esas cosas solo pertenecieran a los museos.

Además, las culturas de Asia Oriental me eran prácticamente desconocidas. Por eso, durante los últimos años tuve que recuperar ese terreno y corregir, humildemente, esa falta de conocimiento.

La lectura de “Orientalismo”, de Edward Said, me permitió comprender de qué manera las potencias coloniales, especialmente Gran Bretaña, oscurecieron, mistificaron y prácticamente anularon de manera sistemática las culturas y civilizaciones asiáticas.

Afortunadamente, ahora puedo mirar la historia con nuevos ojos.

Nunca es demasiado tarde para aprender.

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