Errores del progresismo, intervención de EE.UU. o erosión del modelo: las victorias de la extrema derecha en América del Sur
André Lucena y Lucas Estanislau – Brasil de Fato
En los últimos años, siete de los doce países de América del Sur pasaron a ser gobernados por la derecha o la extrema derecha. Los casos más recientes fueron las victorias electorales de Abelardo De la Espriella, en Colombia, y Keiko Fujimori, en Perú. Además, están los gobiernos del caricato presidente argentino Javier Milei, ultraliberal en lo económico y negacionista de la última dictadura militar del país, y de José Antonio Kast, el presidente chileno nostálgico de los tiempos del dictador Augusto Pinochet.
En el campo económico, los presidentes Rodrigo Paz, de Bolivia, Santiago Peña, de Paraguay, y Daniel Noboa, que preside Ecuador, se presentan como gestores, defensores del libre mercado y del neoliberalismo, aplicando una agenda de austeridad económica y un alineamiento automático con Estados Unidos en el ámbito de la política exterior.
Brasil de Fato escuchó a intelectuales, investigadores y dirigentes políticos de esos siete países para intentar entender qué explica el ascenso de la extrema derecha en esos territorios y cuáles son los impactos para la vida de los pueblos de la región.
Argentina
El politólogo argentino Sergio Morresi, del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), comienza con una aclaración: hay quien interpreta la secuencia de victorias electorales no tanto como una ola propiamente ideológica, sino como una especie de “cansancio de la sociedad ante la falta de respuestas de las democracias en América Latina”.
El propio Morresi recomienda cautela al tratar esa hipótesis. “Casi siempre ese movimiento, en realidad, va hacia la derecha”, dice. También hay que considerar una marca propia de la extrema derecha sudamericana actual. Si no profesa tanto nacionalismo como la mayor parte de la derecha radical europea, es en la insatisfacción económica donde el discurso gana fuerza. “Es uno de los motores de las derechas en América Latina”, explicó a Brasil de Fato.
Javier Milei es un caso peculiar. Su llegada al poder, en 2023, representó una especie de grito de insatisfacción contra la siempre tambaleante economía argentina, desgastada por la inflación desatada de los años anteriores. Para Morresi, Milei funciona como una especie de articulador de dos dimensiones de la derecha argentina: la nacionalista y la liberal-conservadora. “Esa base social efectivamente demandaba medidas más a la derecha, y Milei vino a representar eso. Ahora bien, esa fusión es anterior al propio Milei. Se produjo en las bases sociales antes de que Milei surgiera como fenómeno político”.
Milei también expone una faceta de la extrema derecha actual que, de algún modo, se observa en la permanencia del movimiento bolsonarista en Brasil: el hecho de que el apoyo al dirigente se mantiene casi independientemente de las mejoras en las condiciones materiales de vida de la población. “La capacidad de resiliencia que tiene Milei, pese a que puede decirse que su gobierno no está dando todas las respuestas, se explica porque esa base social permanece y se mantiene, a pesar de que el gobierno de Milei no ha llevado a una mejora económica, en términos generales”, afirma el politólogo argentino.
En otras palabras, la situación económica anterior era tan complicada que lo poco entregado por Milei ha sido, a su manera, suficiente para sostener la gobernabilidad. Ejemplo de ello es la caída de la inflación, que ha aterrorizado a los argentinos durante décadas.
La plataforma política también se sostiene en el alineamiento con Estados Unidos. En Argentina, los ejemplos son diversos y van más allá del plano simbólico. Más que las frases de apoyo al presidente Donald Trump, Milei naturalizó un régimen de inversiones que permite que, en casos contractuales, empresas extranjeras que operen en Argentina adopten el arbitraje internacional, con tribunales en Nueva York, en vez del sistema de Justicia argentino. Otro ejemplo es la nueva ley de tierras, que libera la compra masiva de territorio argentino por capital extranjero. “Eso, obviamente, tendrá —no solo ahora, sino también a mediano plazo— mucha influencia en la forma en que leyes, decretos y normativas implican una pérdida de soberanía”, evalúa Morresi.
De algún modo, el presidente argentino viene cosechando el saldo político del estrechamiento de lazos con la Casa Blanca. “Milei no es alguien que no obtenga nada de EE. UU.”, dice Morresi, recordando las elecciones de medio mandato de octubre de 2025, cuando la influencia directa de Trump ayudó al gobierno de extrema derecha argentino a mantener su base en el Congreso. La realidad va más allá de las fronteras del país: “Las victorias de la derecha en Chile, Colombia, Perú y la intervención directa en el caso venezolano anuncian una nueva forma de intervención de EE. UU. en América Latina”, explica.
Chile
El presidente José Antonio Kast sustituyó a Gabriel Boric, pero, para el economista y politólogo Ignacio Bustos, ex presidente del Partido Progresista (PRO), pone en cuestión la capacidad de gobernar. “Kast es un político que tuvo éxito electoral, pero es un político mediocre en el escenario nacional. No es reconocido ni siquiera por su propio campo político como alguien de gran capacidad”, dice Bustos a Brasil de Fato.
Según él, la base de sustentación proviene de sectores de la economía. En Chile, lo que ocurre es como una especie de coalición entre el conservadurismo tradicional y el empresariado. Por esa razón, nombres de peso del gobierno tienen relación directa con la élite económica chilena: el canciller Pérez Maquena, vinculado a la poderosa familia Luksic; el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, con recorrido entre el capital internacional; y la presencia de representantes de gigantes de la tecnología en el gabinete de gobierno.
“Los intereses del gobierno no son ideológicos, sino corporativos”, sintetiza Bustos. “Está muy alineado con la doctrina de Peter Thiel [fundador de Palantir] y con ese neotrumphismo que tiene un desarrollo mucho más filosófico que propiamente político”.
Respecto de la derrota del campo progresista en Chile, Bustos lanza una provocación. “Yo diría que ellos fueron más inteligentes que nosotros. Y nosotros fuimos más ingenuos que ellos.” Parte de esa inteligencia estratégica pasa por la capacidad que tuvo la derecha chilena de entrelazar algunas contradicciones sociales del país, convirtiéndolas en discurso político. Entre ellas están la criminalidad, la inmigración y la propia economía.
“Necesitamos volver a vivir como vive la población para comprender cuáles son sus problemas. Si no sabemos cuáles son, por ejemplo, las dificultades relacionadas con calentar las casas en este momento en Chile, donde hace mucho frío durante el invierno, ¿cómo vamos a hablar del sufrimiento de la gente por el frío?”, pregunta. Según él, parte de la izquierda chilena absorbió culturalmente la dinámica neoliberal, alejando cuadros que tenían mayor capacidad de representación frente a las demandas populares.
Bolivia
Rodrigo Paz, actual presidente boliviano, llegó al Palacio Quemado sin partido, sin programa de gobierno definido y sin una explicación muy clara de su propia línea ideológica. En resumen, según el analista político boliviano Manoel Mercado, Paz todavía no decidió qué es políticamente.
“Yo clasificaría el gobierno de Rodrigo Paz como un típico populismo de derecha. Veremos si acentuará más sus rasgos populistas o si caminará cada vez más hacia características de derecha. Es un gobierno que flota en el vacío. Lo que lo mantiene en el poder no es su carácter político ni su gestión, sino la ausencia de otras referencias políticas en Bolivia”, señala a Brasil de Fato.
Una de las principales referencias en las últimas décadas fue la del expresidente Evo Morales, que actualmente tiene una orden de captura no ejecutada. Mercado provoca: “¿Qué hacemos después de detenerlo?”
Según él, una eventual detención de Evo llevaría a miles de personas frente a la cárcel en pocos días. Con esta tensión política prácticamente incesante, el gobierno de Paz intenta producir cambios estructurales, apostando por la liberalización del tipo de cambio, la marginación de los sectores populares indígenas y el desmantelamiento parcial de áreas del Estado Plurinacional.
Colombia
En Colombia, la crisis del gobierno electo de Abelardo de La Espriella ya comienza en el proceso de transición. “Nunca un escenario de transición fue tan desastroso, tan complejo, pero es, en parte, porque la forma de Abelardo de la Espriella es la forma de mentir”, cuestiona Erika Prieto Jaime, dirigente del movimiento social Congreso de los Pueblos. En conversación con Brasil de Fato, afirma que la denuncia hecha por Abelardo de que el proceso de transición debía suspenderse debido al hallazgo de casos de corrupción en el gobierno Petro no se sostiene.
Antes incluso de llegar al poder, Abelardo viene anunciando medidas que deben afectar la estructura social de Colombia. Su gobierno promete una severa reforma fiscal y quiere alinearse estratégicamente con Washington. “El presidente electo anunció el desmonte del gabinete del Alto Comisionado para la Paz, una construcción que no es de la izquierda del país”, explica.
Abelardo, con ciudadanía estadounidense además de colombiana, ya prometió hacer que el país adhiera al Escudo de las Américas, el proyecto de alianza militar articulado por Trump y por el secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio. Erika Jaime cita con preocupación la base militar estadounidense en construcción en las islas Gorgona, estimada en unos 10 millones de dólares. “Lo que se ve es que, con gran preocupación, Colombia retome ese escenario nefasto de ser la punta de lanza del imperialismo estadounidense en nuestro continente. En esta expresión del Escudo de las Américas, nosotros [la oposición] somos un enemigo interno a destruir”, recuerda Prieto.
Gustavo Petro no reconoce el resultado de la elección y habla de “desobediencia civil pacífica”. El argumento principal es que, de los cerca de 250 mil votos de diferencia, unos 170 mil provinieron del exterior y no pasaron por el escrutinio, un procedimiento que valida legalmente el conteo. El partido de izquierda Pacto Histórico, sin embargo, tendrá la bancada más grande del Congreso, aunque no será mayoría.
Ecuador
El apellido Noboa no es cualquiera en Ecuador. Vinculado a algunos de los grupos empresariales más influyentes del país, hizo fortuna en la administración de puertos, en el sector minero y en la exportación de bananas. Daniel Noboa llegó a la presidencia, catapultando ese apellido al principal cargo político ecuatoriano.
El escenario político de Ecuador no se explica sin la influencia de los casos de violencia. No hace mucho, el país era uno de los más seguros de América Latina y el Caribe. El cambio en la realidad llevó la agenda de la criminalidad y el tráfico de drogas al centro de la política. “Como país, pasamos a ser un lugar donde existe un caos organizado. Es decir, es un caos que no es producido por la propia situación endógena del país ni por las relaciones entre sus grupos sociales, sino un caos inducido de diferentes maneras”, explica la socióloga ecuatoriana Irene León.
La inducción, dice ella a Brasil de Fato, tiene dos vectores: la instalación de un crimen organizado que no existía y una militarización relacionada con la geoestrategia de Estados Unidos para el Pacífico Sur.
Tres acuerdos militares con Washington dieron al socio capacidad de acción “prácticamente sin fronteras”, de modo que la guerra total aprobada en junio por Noboa prevé la actuación de fuerzas armadas extranjeras y de civiles. Es decir, grupos paramilitares, como corporaciones estadounidenses. Para León, la soberanía ha perdido sentido práctico, mientras que la Constitución del Buen Vivir, aprobada en 2008, parece cada vez más un documento del pasado.
Paraguay
En el país gobernado por Santiago Peña, los dictados de Washington son escuchados con agrado. Ejemplo de ello es la firma de un acuerdo de tipo SOFA por parte del gobierno de Peña, que establece el marco legal para la presencia de militares y civiles del Pentágono en territorio paraguayo.
“Se trata de una entrega total. Así como Milei lo está haciendo en Argentina, aquí también ocurre, solo que de forma más lenta y tratando de ocultar mejor el proceso”, denuncia al Brasil de Fato el periodista paraguayo Andres Leopoldo Caballero.
Una figura clave es Horacio Cartes, expresidente paraguayo (2013-2018), clasificado por EE. UU. como “significativamente corrupto”. Blanco de sanciones personales de Washington, Cartes cumple un papel de tensión en la relación entre Peña y Trump. “Peña necesita hacer todo lo que Estados Unidos exige, porque, de lo contrario, Washington podría extraditar a Cartes. Por ahí pasa la cuestión. En mi opinión, estos gobernantes ya no son presidentes de verdad, sino marionetas de EE. UU.”, evalúa Caballero.
Perú
Héctor Béjar, excanciller del único gobierno de izquierda del siglo XXI en Perú, el del ahora preso Pedro Castillo, es crítico con la izquierda peruana durante el proceso electoral. Según él, los sectores populares tardaron en denunciar que la extrema derecha intentaba controlar instituciones electorales en beneficio propio.
“Un ejemplo: las leyes electorales en Perú fueron modificadas para reducir de manera sustancial el coeficiente de apoyo que un candidato necesita para postularse. Eso hizo que tuviéramos 35 candidatos presidenciales en la primera vuelta. Con eso, la idea era forzar una segunda vuelta entre dos candidatos de derecha, pero no lo lograron”, dijo a Brasil de Fato.
Roberto Sánchez surgió como elemento sorpresa para amenazar la hegemonía de la derecha y disputó voto a voto la presidencia. Literalmente. Fueron apenas 50 mil votos los que impidieron que el progresista se convirtiera en el próximo mandatario.
“La extrema derecha perdió en Perú”, explica Béjar. “Si analizamos los datos, Keiko Fujimori solo ganó con el voto en el exterior. Eso porque no fueron considerados los peruanos en Venezuela, Nicaragua y Cuba, donde no hubo mesas de votación porque el actual gobierno no mantiene relaciones diplomáticas con esos países”. Si se contabilizaran solo los votos en territorio peruano, Sánchez vencería con 50,08%, frente a 49,91% de Keiko.
Guerrillero en los años 1960 y una de las figuras más prominentes de la izquierda peruana, Béjar conecta el ascenso de la extrema derecha en América Latina con el escenario de inestabilidad global.
“Existe el peligro real de una tercera guerra mundial”, señaló. “Tenemos que hacer un balance y reconocer que lo que llamamos progresismo no tocó —o no pudo tocar— los puntos clave y profundos de la dominación colonial y oligárquica en América Latina.”
Béjar cita reformas hechas en gobiernos como los de Lula y los Kirchner, en Argentina, pero que no pudieron “quitarles el poder a los poderosos”. “Solo tuvimos verdaderas revoluciones en Cuba, una media revolución en Nicaragua, que fue fruto de un acuerdo, y en Venezuela, donde, aun así, el sector privado permanece intacto, pese a ser la experiencia más radical de los últimos tiempos”, dijo.
“Aunque el pueblo tenga información, el balance y el resultado no son precisamente favorables a la izquierda y, por eso, el pueblo opta por el voto castigo. Eso afectó al progresismo en Argentina, en Brasil, en Chile”, afirmó.
“Hay un fenómeno de moderación que está bien si pensamos en la violencia. Pero lo que realmente tenemos que pensar es: ‘¿hasta qué punto el progresismo consiguió reflejar la verdadera voluntad de las masas populares en América Latina?’ Francamente, siento falta de un debate sereno y fructífero dentro de la propia izquierda”, completó.