En Argentina, hay 6,5 millones de niños y adolescentes pobres de todo
Sin plata en los bolsillos y con plomo en la sangre. La mayoría de los niños de Villa Fiorito (sí, donde nació Maradona), en Argentina, viven en hogares donde los ingresos apenas superan el nivel de subsistencia, beben agua envenenada con metales pesados que afectan a su desarrollo, residen en viviendas precarias que se inundan cuando llueve más de la cuenta, en barrios donde todo queda a «unas cuadras» de donde se trapichea con droga y en los que las opciones de ocio son escasas. Entre otras carencias. Su situación es la de la mitad de los 13 millones de niños argentinos: son pobres. Lo son en el sentido más amplio del concepto: les falta algo más que dinero, están privados de algunos de sus más esenciales derechos.
A diferencia de otras mediciones de la llamada pobreza multidimensional —sufrir varias carencias de un listado—, la Agencia de la ONU para la Infancia en Argentina considera que padecer solo una de las múltiples privaciones posibles convierte a los niños en pobres. «Los derechos no son sustituibles entre sí», razona Jorge Paz, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) y consultor de Unicef sobre esta materia. «Un niño que vaya a la escuela, pero viva en una casa en malas condiciones, sigue siendo pobre», explica. Esto no significa, apostilla, que no se calcule la cantidad e intensidad de las carencias que sufre un crío, «porque no es lo mismo padecer una que cinco».
El tratamiento y seguimiento de los casos detectados han conseguido mejoras, según la entidad competente que, sin embargo, no ha vuelto a publicar resultados sobre qué porcentaje de población infantil padece este problema. La culpa la tienen, dicen los lugareños, las industrias que vierten químicos impunemente, los rellenos de basuras sobre los que se asienta la ciudad, la mala calidad del aire, la falta de saneamiento seguro… El olvido institucional.
Para Sergio Val, vicepresidente de la Fundación Che Pibe, que trabaja por los derechos de la infancia y presta asistencia a los niños de Villa Fiorito desde 1987, la plumbemia y la malnutrición que dificultan el crecimiento de los chavales están detrás de los malos resultados educativos de muchos de ellos. «Hace unos años empezamos a observar que repetían primero, segundo, tercero de primaria…», asegura. «Los retrasos madurativos de los chicos más un sistema educativo que no está hecho para resolver estas dificultades, son una condena para los pibes. Porque si repiten, no decimos que falle el sistema, sino los chavales, que son las víctimas. Y la televisión nos dice que son violentos o inadaptados».
Contra la realidad y el estigma, los esfuerzos de la fundación se centran en proveer de alimento y educación no formal a 600 niños de cero a 18 años en los tres centros de la entidad cada año. Los chicos con padres en exclusión, tienen todas las papeletas de heredar tal situación. «No solo se trata de que no mueran de hambre, sino de las condiciones que tienen después en la vida», reflexiona Val. ¿Qué balance hace de tres décadas de lucha contra la pobreza? «Hemos logrado muchas cosas». Pero se emociona al pensar en todos los chavales a los que la ayuda nos les ha salvado. «Cuando entierras a más de que los que llegan a la universidad…». No puede acabar la frase. «En Villa Fiorito, capaz que de 1.000 llegan dos a la universidad», retoma ya recompuesto su discurso.